sábado, 22 de febrero de 2014
CUENTOS DE AMOR VACIO 4: ÚLTIMA NOCHE CON MARCIA
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miércoles, 5 de febrero de 2014
CUENTOS DE AMOR VACIO 3: LOS VIERNES ERAN NUESTRO DIA
—Anoche tuve un sueño, en el cielo habían varias lunas, no blancas como la de anoche, rojizas, el cielo era también rojizo, chulos volaban alrededor de la lunas, parecía que había llegado el fin del mundo…
—¿Y yo estaba con usted?
—No. (Unos segundos de silencio) no sé si había alguien conmigo, tal vez mi mamá.
Saúl tenía muchas ganas de orinar, pero no quería perder ni un segundo del calor del cuerpo de Edith; además, quería escuchar sus historias, no quería dejarla con las palabras en la boca. Al fin no soportó más y se levantó desnudo, fue hasta el baño y después de unos segundos regresó a la cama deseando que Edith no estuviera mirándolo para que no detallara su cuerpo fláccido y su piel imperfecta.
Ella se había dado la vuelta y parecía querer dormir de nuevo, él se metió entre las cobijas y la abrazó, sintió su desnudez y deseó hacer el amor nuevamente, pero no estaba seguro de poder del todo, así que prefirió quedarse en esa cálida tranquilidad. Edith siguió hablando.
—¿Qué significará?
—¿Qué?… ¿El sueño de las lunas?
—Sí.
—Nada.
—Algo ha de significar.
—Nada, los sueños no significan nada, a lo mucho quiere decir que estás angustiada por algo. ¿Estás angustiada por algo?
—No sé, siempre se está un poco angustiado.
—Ahora mismo…
—De pronto la mañana llega a su fin y tenemos que irnos.
—No tenemos…
—Sí, a mí me esperan, tú tienes que trabajar.
—¿Quién te espera? Yo puedo faltar al trabajo si quiero.
—No hablemos de eso.
Sí, fue un error de Saúl comentar esas cosas, no debía hacer preguntas estúpidas, con eso no se juega, pero ella había mencionado que la esperaban, así que fue ella la que empezó a destruir la paz de sus mañanas de viernes.
Estuvieron callados por varios minutos, pero no era un silencio placentero, las palabras justas estaban en el aire, pero sólo podían ser reproches, quejas, exigencias, todo eso que se habían prometido no hacerse, algún día explotarían, pero no sería hoy.
—Definitivamente no voy a ir a trabajar hoy.
—¿Y si te echan?
—No me importa.
–Sé que no te importa, pero tenía que decirlo. Aun así tengo que irme.
—Bien, pero yo me quedo.
—No quiero pelear contigo.
—¿Por qué habríamos de pelear? Sólo es que tengo
pereza.
—Bien.
No, no estaba bien, el viernes se estaba echando a perder. Nada se había dicho, pero no se sentía cómodo ahora el abrazo desnudo bajo las cobijas. Saúl empezó a acariciar a Edith, pero ella seguía fría, no daba respuesta.
—¿Sabe usted, señorita, que mi día favorito de la semana es el viernes?
—Así es como debe ser.
Edith se dio vuelta y quedó de frente a Saúl, lo miro por unos segundos reconviniéndolo, luego perdonándolo y al final lo besó. Se abrazaron y así permanecieron un rato.
—Te tengo una historia.
—Sabes el trato.
—Sí, ésta es de mi infancia, nada del presente.
—De acuerdo, me gustan tus historias, deberías dedicarte a contar historias
—¿Escritor dices?
—No, abuelo tal vez.
Saúl rió sinceramente hasta que se le cruzó la idea: ¿abuelo de quién? Seguramente no de los nietos de Edith; sería padre el día que tuviera hijos con su esposa y abuelo cuando estos tuvieran hijos. Maldición. Siguió riendo aunque ya no había razón.
—Esta es la historia. Tenía yo diez años…
—¿Tuviste alguna vez diez años? No lo puedo creer, eres de esas personas que uno imagina que han sido grandes siempre.
—¿Por qué?
—Tienes un espíritu demasiado pesado como para haber sido un niño alguna vez.
—Qué sabes tú de mi espíritu?
No lo dijo en tono agresivo, sino con verdadera curiosidad. Edith lo entendió perfectamente, así que lo tomó como una invitación a hablar, no como una petición de silencio.
—Sé que no serías feliz ni aunque se dieran todas las cosas para que lo fueras.
—No hay forma de que se den las cosas para ser feliz.
—¿Ves?, eso es lo que digo.
—Soy feliz los viernes, en la mañana.
—No es cierto, pasas las horas pensando que nos vamos a tener que despedir pronto. No disfrutas nada, sólo piensas y piensas, mientras haces el amor temes, mientras me besas temes, nunca logras dormir cuando estamos juntos, todo el tiempo estás pensando en la despedida. El silencio fue un decreto imperial, no se podía discutir nada al respecto. Saúl pensó que Edith estaba hablando por los dos.
Pasados diez segundos Saúl volvió a retomar su historia.
—Tenía yo diez años, mi mamá, para que estés satisfecha, siempre dijo que yo parecía un viejito, serio y amargado. Yo no recuerdo claramente qué pensaba en ese tiempo, tampoco recuerdo ser de alguna forma en particular, creo haber sido como todos los otros niños, pero mi mamá decía que no, que yo tenía un rostro de piedra.
—Ahora no puedo imaginar un niño con un rostro de piedra…
Saúl siguió hablando, fingiendo estar serio, mientras Edith sonreía y le hacía cosquillas en la panza, haciéndole entender que sólo jugaba.
—Eso nada tiene que ver con la historia. Resulta que mi tío paterno más joven, visitaba constantemente a mi papá y me daba la impresión de que sentía una profunda admiración por él, por lo que había despertado un especial cariño hacia mí, su sobrino primogénito. Siempre pasaba por mi habitación y hablábamos un rato. Puedo jurar que mi tío estaba realmente interesado en mi vida, en los sucesos del colegio o las peleas de barrio. Él se sentaba en mi cama y me escuchaba atentamente, hacia preguntas, comentarios, daba consejos, como si fuéramos dos adultos discutiendo de la vida. Mi tío era un tipo muy solitario, tendría él en esa época unos veinte años, tal vez un poco más, y nadie le conocía amigos o novias.
Mi tío conoció al fin a una mujer, y cierto día la llevó a la casa a presentársela a mi papá, y de paso a mí. Era una mujer muy hermosa. No recuerdo de esa tarde más que un par de caricias de esa mujer en mi cabeza, pero esa noche tuve una pesadilla que no olvido: Mi tío hablaba con mis padres en la cocina, mientras la novia estaba parada cerca de él, estaban tomados de la mano, de repente ella se le suelta y camina hacia la sala como queriendo ir al baño, yo estoy parado en la sala y la veo pasar, descubro que no tiene pupilas, ni iris, ni nada, sus ojos son completamente blancos, ella pasa junto a mí y me mira con sus ojos vacíos, así que no era ciega del todo, y sigue su camino, yo entro en pánico y no puedo moverme, ni gritar, estoy atrapado en mi cuerpo poseído por el miedo. La mujer regresa y vuelve a tomar a mi tío de la mano y de vez en cuando vuelve a lanzarme sus miradas vacías, nadie más parece notarlo, quiero correr, quiero gritar, hago fuerza para despegarme del suelo, trato de llorar, me esfuerzo tanto que al fin me despierto con un nudo en la garganta.
Después de eso no volví a ver a la novia de mi tío con los mismos ojos, me refiero a los de ella, es decir, había cambiado ante mis ojos, pero lo que había cambiado sobre todo eran los ojos de ella. Ahora no podía mirarle los ojos, pero a la vez quería mirárselos, es decir…
—Sé que quieres decir.
—Bueno, mi tío siguió frecuentando la casa normalmente, algunas veces con ella y otras veces sólo. Al cabo de un año pararon las visitas por un par de semanas. Cuando mi tío reapareció era otro, estaba destruido. Hasta yo, que nada sabía de la vida, podía verlo, algo había pasado con la novia que yo nunca supe qué era. Recuerdo que entró en mi habitación, olía muy raro; hoy en día supongo que había bebido, pero no puedo asegurarlo, de pronto sólo estaba sin bañarse por varios días. Mi tío se sentó en mi cama, yo me senté a su lado y permanecimos en silencio. Al fin me cogió la nuca y me habló con un tono horrible –prométeme que nunca vas a confiar en una mujer– como yo no decía nada volvió a repetirlo aún más agresivo —prométeme que nunca vas a creer en las palabras de una mujer, que jamás vas a confiar en una mujer— yo asustado le dije que se lo prometía. Él pareció descansar, siguió un rato más sentado a mi lado, después me acarició la nuca que antes me había presionado y salió.
Saúl se quedó en silencio. Parecía que la historia ya no iba a continuar.
—¿Eso es todo, la historia no tiene desenlace?
—Sí, mi tío se casó unos meses después con esa novia, se reconciliarían o algo, luego de unos años, ya yo adolescente, lo escuché hablar con mi papá, le contaba que se había enamorado de otra mujer, que ella también estaba casada, así que tenían que verse a escondidas, uno o dos días a la semana por apenas unas horas, pero que hasta que no había conocido a esta mujer, con la que estaba traicionando todo lo que él creía sagrado, no había conocido el amor ni acariciado la felicidad. Recuerdo lo que le dijo mi papá: No existe la felicidad, sólo estás engañado por una pasión juvenil, déjala, no vas a ser más feliz o menos feliz con tu esposa, pero al menos vas a estar tranquilo.
—Es la historia más estúpida y desagradable que me has contado. Ahora entiendo por qué eres como eres. ¿Qué tiene que ver el sueño de la mujer sin mirada en todo esto?
—Me lo recordó tu pregunta sobre si los sueños significan algo.
—¿Y qué conclusión debo sacar sobre eso?
—Nada, no todas las historias tienen una conclusión, a lo mejor no son más que una serpiente que se muerde la cola.
—Bueno, me voy.
Edith se levantó. Saúl apreció su cuerpo desnudo, el cuarto estaba en penumbra y la luz que entraba por la ventana hacía ver sus formas aún más circulares, ahora sí definitivamente podría hacer el amor de nuevo, pero ya era tarde.
—¿Nos vemos el próximo viernes?
—Ya veremos.
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