sábado, 10 de noviembre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 13 LA LOGIA DE LOS PATHOS Y LOS PSICOS


Porque el vampiro no puede ser otra cosa
                                                                                                                                 que vampiro.
                                                                                                       Charles Nodier.

Otra noche como todas. Me tomo una copa de brandy barato para aflojar la garganta, espero mi turno y salgo a contar unos chistes mediocres para un público de borrachos y mujeres feas y, por ende, solitarias. No puedo ser como ellos. En mis días malos, siento que soy su justa medida, pero no, yo tengo algo especial, soy verdaderamente diferente, y ese es mi secreto. Termino la función y salgo a perseguir una mujer que me resulte algo atractiva para morder su cuello. Al principio era excitante, pero ahora es sólo un proceso alimenticio, ya no importa si es bella o si he puesto mi atención en ella, sólo las veo como un dispensador ambulante de líquido necesario, es eso, sólo necesidad. Creo que alguna noche terminaré mordiendo a un hombre, aunque siempre me ha desagradado la idea, pero…


¿Qué hago aquí? Detesto este bar, detesto a la gente que lo frecuenta, detesto al hombre de la barra, detesto al hombre ese de la tarima, detesto sus chistes, si es que a ese perdido estilo de desvariar sandeces se le puede llamar humor, detesto su forma de hablar, detesto su extremado ego, se siente superior al público que asiste al bar a escucharlo, lo sé, parezco ser la única que se da cuenta, piensa que no se lo merecen. Estoy cansada de verlo, pero es inevitable que salga a caminar en las noches y termine tomando una cerveza en el mismo lugar, no sé que me atrae de este antro de perdedores sin gracia, pero siempre termino aquí, como si la decisión no dependiera de mí, ¿Qué pasa conmigo?… Él es mi mejor amigo, es la única persona que me habla, así le paguen para hacerlo, la conversación más importante que tengo en el día es escuchar sus chistes.


Raúl no acostumbraba ponerse sacos de cuello de tortuga, se sentía muy serio, y él siempre había detestado la seriedad, le parecía una de las principales características de un hombre mediocre, su vida entera la había pasado luchando contra la banalidad del mundo, de una forma tan sistemática y consciente que caía en lo insoportable. Pero después de lo del incidente en el que se le creyó muerto sintió la necesidad de vestirse más solemnemente. A partir de ese día, el hecho de usar un atuendo que no acostumbraba, lo hacía sentirse un ser distinto. Dejó la universidad y con el tiempo abandonó por completo su vida social, nunca se le volvió a ver de día, ahora sólo usaba sacos oscuros con cuello de tortuga.


Ahora, para ustedes, Raúl Dacevich.

Buenas noches…eso fue un chiste, nadie aquí está pasando una buena noche, la última buena noche que pasó gente como ustedes fue cuando sus madres les dijeron que eran muy lindos y que triunfarían en la vida, lo peor fue que ustedes lo creyeron. (no hay ni una risa) ¡las madres! Recuerdo que mi mamá, cuando tuve mi primera novia, dijo que esa muchacha tenía mucha suerte, y es curioso que mi madre fuera tan sabia, pues ella terminó su relación conmigo a los dos días y un mes después se casó con un magnate petrolero. (no hay risas, ya no importa) Las mujeres, vaya si nos gusta hablar de las mujeres (¿quién es ella?) son el motivo de la vida de muchos hombres, y vaya que hay vidas vacías. (sus ojos, desde hace tanto no me encontraba con una mirada, es tan extraño sentir que alguien me siente presente, no puedo dejar de mirarla, ¿Qué pasa?) Tuve otra novia, pero comencé a dudar de su amor cuando comenzó a cobrarme por sus servicios (no te levantes, no te vayas, no me dejes otra vez solo), vaya si me dolió, incluso traté de suicidarme, y descubrí cosas tan interesantes como que la sobredosis de arroz con leche no mata pero da una diarrea. (tu silueta me es tan familiar, como si la hubiera soñado, no quiero que te vayas, pero me gusta verte caminar entre las mesas, tratando de ignorar a todos, haces como si nadie estuviera. Sales por la puerta, ¿Qué hay afuera que te impide quedarte? ¿Acaso tienes una vida? Quisiera tomar un café contigo en la madrugada y contarte que estoy muerto, pero no puedo, ¿A dónde vas, silueta sin nombre?) Muchas gracias.


Conseguir un trabajo en la noche no fue tan difícil para Raúl, al contrario, sentía cierta excitación respecto a todo, comprar una cortina oscura, pintar las paredes de su habitación de azul oscuro, dormir en el día, y lo mejor, salir de su casa a la hora en que todos se meten como ratas asustadizas a sus repulsivamente cómodos agujeros. Lo que más le ocupaba la cabeza era el gesto que iba a utilizar para mirar a la gente de ahora en adelante. Soltaba carcajadas entrenando frente al espejo, una elevación de ceja por aquí, una mueca burlona en los labios por acá, hasta que un día decidió no mirarse más en el espejo.


¿Qué estas haciendo? No me mires, es más fácil así, sólo podemos hablar si no sabes que estoy aquí, tengo que irme, tengo que irme, no le tengo permitido a la gente acercarse tanto a mí, y mucho menos si es con la mirada.


Podría seguirte hasta tu casa, presentarme en la puerta y pedirte que me dejaras pasar, contártelo todo, así no me creyeras, y luego quedarme a tu lado, por siempre, sin nunca poder ver un amanecer juntos, podría, podría, claro que podría, desde que estoy muerto puedo hacer lo que quiera, pero mejor sólo vigilaré la puerta de tu casa para cuidarte de los peligros de la noche.

sábado, 3 de noviembre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 12 NOTICIAS DE LA CIUDAD OCULTA

  

Se dice que al interior de la ciudad existe una ciudad oculta. Es un lugar al que no se puede ir por decisión propia, pero estando ya allí no es posible salir. Parece ser que nadie puede desear entrar, pero aunque se desee no es posible acceder a ella por elección. Por eso todo el que está en ella desea salir, al menos en cierta medida, pero no se sabe de nadie que haya estado allí y que haya salido. ¿Entonces cómo se sabe de la existencia de esa ciudad?: pues no hay nada oculto entre cielo y tierra.


Nadie puede explicar a ciencia cierta cómo funciona el lugar, pero al parecer existen unas reglas que son comunes en todas las habladurías. Las personas que ingresan a la ciudad no son elegidas minuciosamente, ni por una habilidad especial, más bien parece cosa del azar. Más que azar, en lo que consideraríamos algún ápice de predisposición, debemos mejor hablar de un hecho aleatorio, sin un sentido superior al de ser elegido entre muchos.


Ya estando en la ciudad las personas son inmediatamente nombradas en un cargo. Para esto se juzgan las condiciones de la persona, descifrando en ellas la labor que más se les adecúa. Aunque no son explícitos los mecanismos de selección, estos pueden estar basados en el más nimio detalle: los nervios que demuestren al entrar por primera vez, tal o cual manía que tengan en el gesto de sus manos, el tono de voz con el que busquen explicaciones sobre el lugar en el que se encuentran o cómo se relacionan con los otros recién llegados. En general todos actúan de forma muy similar, con cierta desesperación y anonadamiento, pera cada caso es único y ellos sabrán reconocer cuál es la inclinación de cada nuevo ciudadano.


Cuando se hace referencia a ellos es una cuestión bastante confusa. Parece ser que hay uno o varios cerebros detrás de toda la organización de la ciudad, ¿de qué otra forma se podría explicar la existencia de leyes y una organización jerárquica tan fuerte? Pero esta cabeza, la verdadera punta de la pirámide, no aparece por ningún lado, no es que sea invisible, o que se mantenga en la clandestinidad, más bien da la impresión de no existir, pero lo más seguro es que sí exista.


Se puede pensar en la figura de una pirámide, pues a pesar de que todos los que ingresan lo hacen en las mismas condiciones, su situación en la ciudad pronto es muy diferente. Hay quienes en muy poco tiempo están controlando un gran grupo de hombres, y son ellos quienes pasan a velar porque las leyes de la ciudad se cumplan, mientras que otros, sin que haya demasiada queja en esto, son elegidos para ser desarrapados, desposeídos,  inútiles para todo oficio práctico y en apariencia por fuera de toda la organización, pero no lo están, así muchos ciudadanos no sean conscientes de ello.


Este grupo de desposeídos son tal vez uno de los más grandes misterios de la ciudad oculta. ¿Por qué decidirían que un grupo de nuevos integrantes de la ciudad no se dedicaran a nada? Muchos dicen que fue un error haberlos incluido en el plan, pero que lo notaron demasiado tarde y ahora les resultaba imposible dejarlos partir, pero otros en cambio, los más paranoicos, afirman que son agentes con mucho poder, incluso más que aquellos que están a cargo de varios hombres, y que están ahí para recordar a todos los demás lo que les puede pasar si no cumplen sus funciones, serían una especie de instructores, o un tipo muy sofisticado de vallas publicitarias.


Aquellos a lo que les son asignados los trabajos más satisfactorios no están  necesariamente más a gusto que los que parecen estar en los oficios indeseables. En un comienzo se quejan bastante y parecen sufrir fuertes depresiones, pero a fuerza del paso del tiempo parecen olvidar su inconformidad, no porque su trabajo merme, es más, aumenta, pero ya no les importa. Tampoco podemos concluir por su actitud que ahora estén conformes con sus labores, simplemente ya no hablan de eso, al menos no de forma negativa.


Las labores verdaderamente creativas son muy pocas y en algunos casos lo son en aspectos muy determinados. Por ejemplo, tenemos que una persona encargada de empacar las cajas del correo, al pasar varios meses en esta labor, tiene la libertad de decidir que tipo de doblez utilizar en cada paquete, lo que en un comienzo le alegra mucho su jornada laboral, pero que con el paso de los días comienza a ser insoportable y decide volver al doblez clásico, mandado por la regla, para todos los paquetes. Incluso se habla de la existencia de un chiste al respecto: hay dos tipos de personas, las que hacen las cosas como la regla lo dice porque se ven obligados a esto y los que siguen la regla porque saben que es la mejor forma.


Sin embargo, están contemplados algunos oficios en los que la carga creativa es muy alta, pero estos carecen de funcionalidad. No están conectados con ningún otro proceso de la ciudad y parece que sus productos son nulos o a lo menos inservibles. Tal vez sólo sean una entretención para el que los hace, para que no pierda el juicio y trate de escapar, tal vez sea una especie de tratamiento para caracteres histéricos, egocéntricos o simplemente inestables, que de otra  forma no se adaptarían satisfactoriamente a la estructura del lugar. 


Se conoce aún mucho menos de cómo se dan las relaciones personales al interior de la ciudad oculta. Debemos suponer que para que toda la organización funcione muchos sentimientos deben ser excluidos del panorama de los integrantes de la ciudad, sobre todo aquellos que impulsarían la asociación entre ciudadanos, pues esta asociación libre puede dar origen a grupos con quejas, lo que sería en demasía incomodo. Las quejas están bien, son deseadas, pero individuales, así refuerza la idea de que cada uno existe como persona y de que las cosas pueden mejorar para cada uno, esto, en cierta forma, por lo que se dice, podría ser una de las columnas de la organización.


El amor sensual, según muchos comentaristas, debe existir de alguna forma, pues sería demasiado restrictivo no permitirlo, resultando peligroso para la calma de la ciudad. Claro que podemos suponer que se carece de sentimientos sublimes o grandes hazañas de amor, más bien se debe dar de forma muy calculada. Al escoger la pareja se deberán tener en cuenta muchas variables que eviten traumatismos en la relación. No podemos dar más información sobre este aspecto, pues no estamos seguros de que exista la fidelidad o los hijos.


La herencia no existe, pues no existe la propiedad, aunque sí es cierto que cada individuo tiene su residencia y defendería con su vida las cosas que están dentro de ella, pero las cosas no son de los individuos, sino de la ciudad, así esta nunca los reclame y permita que cada quien haga lo que quiera con ellas, incluso dejárselas a sus hijos, aunque no se sepa a ciencia cierta si existe la reproducción en la ciudad oculta.


Aparte del amor deben haber otro tipo de divertimentos, pues resultaría absurdo la sola ausencia de estos, pero no hay rumores claros al respecto. Se habla de la existencia de zonas verdes, pero no es seguro que sean usadas. También se sabe de la fabricación de implementos que podrían servir para el juego, pero nada hace pensar que cumplan esa función específica, pues más bien parecen ser vistos como objetos decorativos. De todos modos, es innegable la existencia del juego y la diversión, sólo que no conocemos sus mecanismos.


Así pues, teniendo un oficio, vivienda, todos los insumos necesarios para la vida, amor sensual y divertimentos, se entiende porque nadie ha escapado. ¿Por qué alguien sentiría la necesidad de salir de allí? 


Sin embargo, no podemos afirmar con toda certeza que nadie haya tratado de escapar, pues la mayoría de las versiones dicen que la ciudad oculta está organizada físicamente en círculos concéntricos, y ningún ciudadano puede saber en qué círculo se encuentra, qué tan lejos está de la salida. Así que, si alguien trató de escapar, saltó el muro que encierra su zona circular y cayó en un terreno que creyó sin límites, puede que haya concluido que estaba afuera, pero no era así, sólo estaba en un nuevo círculo, un lugar más amplio que el anterior.




martes, 30 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 11 EL PEQUEÑO RELATO SOBRE LA VENTANA, DURANTE SU ESTADÍA EN EL CLAUSTRO


En el claustro no se veía llover. Todo lo que se percibía de la lluvia era el estruendo que producían las gotas al chocar contra el tejado, el ruido era tal que no era posible hablar. Pheso debería haberse acostumbrado ya a esa situación, pero nada en el claustro le resultaba habitual, se extrañaba de todo y eso lo hacía verse sospechoso a los ojos de los otros residentes del claustro, sobre todo frente a las directivas, que eran precisamente de las que resultaba vital recibir la aceptación.


Su condición de recién llegado, que no se anularía, por más que ya llevara varios meses en el claustro –hasta que entrara alguien más a reemplazarlo en el puesto de recién llegado– lo tenía en una situación más que indeseable. Para él era evidente que lo espiaban todo el tiempo, y sus acciones seguramente eran milimétricamente medidas. Nada parecía ser más importante en el mundo a que él tuviese un mechón de pelo untado con tiza, ni siquiera que el hombre de la cooperativa acosara a las niñas todo el tiempo, acorralándolas muchas veces contra las paredes simulando un juego, pero con una actitud claramente lasciva o que la directora, que según muchos era su esposa, ignorara esto y se preocupara más por regar las matas que invadían todos los corredores. Es posible que si algún día la mujer hubiera encontrado al hombre de la cooperativa recostando a una de las niñas contra una de las matas, los habría espantado quejándose del daño que le hacían a la pobre planta.


Aún con el claro conocimiento de que sus acciones serían juzgadas de forma severa, y hasta irracional, mientras no fuera desplazado de esa injusta posición de novato, él no se mostraba tan sigiloso y calculador como debiera. En su habitación había decorado las paredes con varios dibujos hechos a lápiz por los muchachos e incluso por él mismo, cosa que estaba terminantemente prohibida, a no ser que estos dibujos reprodujeran la cara de un santo o algún miembro de las directivas; pero no, los suyas tenían figuras producto de la imaginación, cosas como animales y paisajes, que ya casi nadie recordaba correctamente, por lo que los transformaban un poco en el dibujo.

 

No era este el único secreto que guardaba. Odiaba la comida del claustro, por lo que sostenía relaciones ilegales con el músico, el cual, por ser el único que tenía contacto frecuente con el exterior, podía traficar con algunas cosas como alimentos, que por dudosa que fuera su procedencia y calidad, no podían ser de peor sabor que los que se comían en el claustro. Así que Pheso corría un gran riesgo cada vez que gastaba una parte de sus reducidas ganancias en esos alimentos, pero no le importaba, pues sentía que se enfermaría terriblemente si seguía recibiendo lo que le daban de comer allí.


Su otro secreto podía guardarse mas fácil y era en verdad más inocente, aunque a él lo atormentaba más. A pesar de que había sido extremadamente cuidadoso en relacionarse con los muchachos, manteniendo siempre una distancia prudente y evitando al máximo encontrarse con la mirada de alguno de ellos, no pudo esquivar los penetrantes ojos de alguien en particular. Una de las niñas lo intrigaba seriamente, había descubierto varias veces sus ojos clavados en él, con un gesto que lo humillaba pero que le resultaba atractivo. La niña bajaba el mentón, inclinaba la frente hacia él y lo señalaba con sus fuertes cejas, lo miraba  a través de ellas, pero a pesar de que sus ojos podían sugerir algo maligno, el resto de su rostro parecía estar en completa tranquilidad, casi como si durmiera, la totalidad de su expresión daba la impresión de un bebé que sueña con algo que le incomoda.


Pero no era sólo eso, Pheso no podía ocultarse del todo que la niña era hermosa. Sus cejas profundas, sus ojos llenos de voluntad, su boca inmensa con los labios demasiado sensuales para su edad, a pesar de que siempre estaban partidos y algo resecos, eran un imán para la vista. La niña lo atraía sin que generara alguna acción en él. Pheso se mantenía casi sin dirigirle la palabra, pero eso no evitaba que se cuestionara constantemente sobre su actitud, su tendencia a favorecerla, aunque no lo llevara a hechos. Sin embargo, estaba decidido a salvarla si alguna vez la veía en las garras del hombre de la cooperativa, pero esto nunca había pasado, lo que lo hacía en cierta forma admirarla por mantenerse al margen de los vicios del claustro, aunque sabía que no dependía tanto de ella sino de una extraña suerte que la protegía.


Así pues, sus pecados estaban ligados a las pocas personas del claustro que en verdad quería ver, por lo que difícilmente encontraría un escondite satisfactorio entre todas esas confusas paredes, esos inexactos corredores, esas gradas retorcidas y demasiado estrechas como para saber a dónde llevan.


El claustro estaba conformado por varios edificios que se entrecruzaban en algunos de sus niveles, por lo que no quedaba claro su número; y por un número igual de indeterminado de patios, pues al no estar divididos por fronteras claras en sus cuatro lados tampoco se podían enumerar sin caer en discusiones y ambigüedades. Pheso recorría diariamente estos patios buscando un lugar a salvo, ya fuera para comerse un bocado de la comida que traficaba con el músico o para simplemente tener un instante de paz y soledad. Esto para las directivas podría resultar como un claro indicio de que algo trataba de ocultar, pero Pheso esperaba que se entendiera como un simple gesto huraño, lo cual sería menos grave. Varias veces, cuando estaba en este proceso de fuga, veía abrirse la ventana del último piso de uno de los edificios en uno de los patios, pero nunca había podido relacionar esa ventana con ningún lugar al que hubiese podido entrar, así que se debía tratar de un lugar desconocido, al que se debía llegar por alguna parte que aun no había encontrado, lo que era realmente inconcebible, pues en esas largas tardes en las que se encontraba completamente  desocupado, o con ocupaciones que aplazaba hasta que ya fuera inevitable darles tiempo, había caminado por todos los recovecos del lugar, que eran muchos, dadas las extrañas condiciones de la estructura, que cada vez le parecía más hecha a retazos, como si varias civilizaciones hubieran puesto sus manos sobre ella marcando su especial sello. Sin embargo, a pesar de eso, la arquitectura y los decorados no dejaban de tener una terrible uniformidad, que en medio de la falta de planeación, resultaba insoportable.


Esa ventana que se abría se convirtió en una de sus fijaciones, tenía que saber en qué lugar se encontraba, y descubrir quien era el que la abría, pues le parecía muy sospechoso que alguien abriera una ventana y nunca se asomara por ella, más cuando en el claustro habían muy pocas ventanas y todas parecían estar clausuradas. 


Así que Comenzó una pesquisa detallada, desechando los lugares que no podrían acceder a ese lugar, por ser demasiado conocidos o demasiado alejados. En las noches perfeccionaba un plano de las instalaciones, que nunca lo dejaba del todo satisfecho, pues no daba a concretar las proporciones, y siempre los pasillos terminaban desembocando en donde no debían. Llegó a pensar que su plano debería ser la correcta elaboración del edificio, y que era la realidad la que tenía serios errores, pero como la ventana que se abría quedaba en la realidad, debía descubrir su ubicación en ella y no en su plano.


Al fin desechó la idea de encontrar la entrada al lugar oculto de forma racional y se dedicó al tanteo, pero de esta forma no tuvo mayores éxitos. Siempre llegaba a un lugar en el que no había como más seguir, aunque sus cálculos lo hicieran pensar que el piso misterioso debía estar al subir las siguientes gradas que nunca estaban ahí.


Preguntarle a alguien habría sido completamente imposible, no se atrevía a hablar del tema con nadie. Comenzando,  sería muy incomodo explicar la razón de su búsqueda, tendría que hablar de sus escapadas a comer y de la ventana abierta; además, no sentía que podía confiar esa curiosidad a nadie. El músico se había mostrado muy amable con él todo el tiempo, y sentía que era la única persona que parecía ver las cosas como él las veía, pero le resultaba una persona demasiado simple como para acoger su curiosidad sin hacer una mueca de extrañeza y sin que despertara serias sospechas sobre él. De esta forma era la última persona con la que podría hablar del tema, pues no podía perder la confianza del único que parecía no estar espiándolo todo el tiempo. 


Claro que no se confesaba del todo la otra razón para no hablar con el músico del tema. Jamás se había explicado las razones que permitían al músico salir del claustro. Tampoco podía estar seguro que la amabilidad de éste no respondiera a un mero interés monetario. Es más, no existía forma de comprobar que las directivas no estaban ya enteradas de todos los negocios que hacía el músico y que únicamente lo mantuvieran allí como una trampa para todos los residentes en el claustro, para probarlos, prueba que él había fallado rotundamente. Claro, sin la tentación no se podría saber quién caería en ella. ¿Y si el músico estaba de acuerdo con las directivas?


Resultaría cosa de comedia, si no es porque sucedió dentro del claustro, decir que la suerte de Pheso cambió inesperadamente. Pero no cambió a manera de giro, lo cual supondría que se mantendría el mismo eje, simplemente era otra cosa distinta, otra esfera de su destino, que no estaba marcado, sólo se creó espontáneamente. Un día, caminando por un corredor algo habitual en el que ya nada despertaba su interés, se encontró una escalera de madera recostada contra una pared.


Empezó a trepar las escaleras que parecían estar allí por casualidad, sin ninguna finalidad aparente, pero que conducían precisamente a una claraboya que carecía de teja o vidrio protector. Al llegar al final de las escaleras tuvo que colgarse de las barras de madera de la claraboya y subir con la fuerza de sus brazos que en un principio creyó insuficientes, pero que le bastaron en buena medida para asomarse y descubrir que todo un corredor, con piso en madera y varias puertas a los lados, se extendía por unos veinte metros hasta el fondo. Descansó sus brazos apoyando sus pies nuevamente en la escalera, y tomó más impulso esta vez para subir de un sólo jalón hasta el piso del corredor. Lo logró mandando su cabeza hacia el frente y entró dando un bote a ese pasaje oculto al que posiblemente no deseaban que entrara, pero no reflexionó demasiado en eso. Se puso en pie, miró por la claraboya hacia abajo y notó la dificultad que depararía regresar a la escalera. Es más, la escalera podía desaparecer, pues alguien debió dejarla olvidada, así que era muy posible que regresaran por ella y ya no estuviera, lo que lo pondría en una de las situaciones más desesperadas a las que se hubiera enfrentado en el claustro, pero no le importó, pues supuso que estaba en el lugar que tanto había buscado.


Caminó hasta el final del corredor despreciando todas las puertas que estaban a los lados, sólo le interesaba la última, la que estaba en el fondo, pues esa tenía que ser la que lo llevaría a ese cuarto tan esperado. Al llegar frente a la puerta giró la perilla y empujó la puerta con lentitud, evitando tumbar lo que pudiera estar al otro lado, pero no había nada.


Al entrar al cuarto descubrió que la única luz que existía provenía de la ventana que iluminaba apenas el piso aledaño a ella y que estaba cubierto de objetos antiguos de función imprecisa, seguramente algún día la tuvieron, pero ahora ya no servían para nada dentro del claustro. Todo el resto del cuarto estaba a oscuras, pero sabía que había alguien, por lo que no se asustó demasiado cuando escuchó esa voz cansina y bastante maltrecha,

Sabe bien que no debería estar aquí… Aún así es bienvenido y podemos conversar un rato antes de que se tenga que marchar nuevamente.

No sabía que había lugares prohibidos en el claustro para los maestros.

Usted bien lo sabe, nadie lo especificó seguramente, pero usted lo sabe y eso es suficiente para que lo ponga en problemas.

Ese caso, ¿debería irme ya?

Ya está aquí, si se queda un rato no ahondará la falta.


Ya los ojos de Pheso se acostumbraban a la oscuridad del cuarto y empezó a reconocer la figura del viejo que estaba sentado en medio del cuarto. Podía percibir que a pesar del estado de abandono del cuarto, el viejo no estaba tan mal trajeado, parecía un indigente recién acicalado y con trajes usados que le habían regalado.

—En ese caso me quedo, pero no sé exactamente de qué deberíamos hablar, no estaba preparado para este encuentro.

—Es lamentable, pues supuse que podríamos tener una charla amable, pero descubro que no va a ser así, usted se guarda sus cartas, así que yo también guardaré las mías.


Un pequeño movimiento en la penumbra hizo que Pheso fijara su atención en un punto de la habitación y descubriera allí a la niña de los labios partidos. Eso lo confundió más que todo lo que le había sorprendido en el claustro. Estaba realmente aturdido, estuvo a punto de preguntar bruscamente que hacia esa niña allí, pero se contuvo.

—Perdón si lo decepciono, pero no sé de que cartas habla. No sé si buscaba este encuentro, en todo caso he llegado aquí por accidente y esa es toda la verdad.


El viejo guardó silencio y tomó una postura de encogimiento, como si su charla ya hubiera terminado y sólo esperara que su interlocutor se marchara. Así que a Pheso no le quedó de otra que fijar su atención en la niña.

—Tranquila, salga de ese rincón. Ya la he visto. No le voy a contar a nadie que estaba aquí.

La niña de los labios partidos salió del rincón con un movimiento demasiado brusco, con la alegría del que se halla entre una multitud esperando escuchar su nombre de entre muchos otros nombres y efectivamente lo escucha.


El viejo volvió a la actitud de conversación.

—Es curioso, porque también ella podría decirle lo mismo.

La niña se detuvo justo en medio de Pheso y el viejo, miró a Pheso con cierto saludo despiadado y luego fue a colocarse de rodillas junto al viejo, recostó uno de sus brazos sobre las piernas del viejo, que ahora, mirándolas bien, parecían inertes. Este gesto enfureció a Pheso, aún más tras ver la expresión de la niña que inclinó levemente la barbilla hacia atrás y lo miro fijamente con ese gesto que tanto lo inquietaba en las clases, pero contuvo esa furia, una vez más tenía que mantener la calma.

—Tiene toda la razón, claro está que aún no hemos aclarado cuál es nuestra falta.

—Usted lo sabe, de lo contrario no le habría prometido guardar silencio.

Pheso miraba a la niña tratando de encontrar alguna complicidad en ella, pero no había suficiente luz para descubrir su gesto de forma minuciosa, la penumbra le daba un toque de perversidad a las cuencas de sus ojos.

—De acuerdo, usted debe llevar más tiempo aquí, tal vez me sería útil recibir algunas explicaciones de usted.

—Bueno, en eso esta equivocado. Sí, llevo muchos años viviendo en el claustro, pero desde hace bastante tiempo no estoy enterado de lo que sucede en su interior. Yo fui maestro, como usted, y como usted estuve bastante inadaptado un tiempo. Pero tranquilo, todos terminamos por acostumbrarnos al orden. Míreme, ahora ya estoy retirado.

—Pero, ¿cómo es que no decidió irse? ¿Acaso no le permitieron salir? ¿Es posible que lo hayan encerrado…?

—No se altere. ¿A dónde quería que fuera? Nadie me retiene aquí, ¿acaso usted esta aquí por la fuerza? Aparte del hombre que está en la portería, ¿quién más podría detenerlo? Y no creo que él sólo baste para hacerlo.

—Entonces… ¿Por qué nunca se fue?

—Eso ya perdió importancia, ahora estamos hablando de usted, ¿se siente atrapado?

—No es eso, no es que yo me sienta atrapado o que quiera salir, simplemente quiero entender cómo funciona el claustro.

—Lo que hay para entender lo sabe ya, no hay nada oculto, lo que le resultará útil para su estadía aquí es lo evidente, indagar en lo que está detrás sólo lo perderá y no lo llevará a nada.

—Debo pensar que usted recorrió ese camino y fracasó.

—Se sigue equivocando. No digo porque me haya sucedido, sino porque me funcionó lo contrario.

—Entonces, ¿cómo está tan seguro que nada se oculta en el claustro? Yo siento que todo es fachada, que lo sustancial no lo sabemos.

—Grave error, es un desvarío muy propio de la juventud, pero no por eso menos peligroso. Le repito, el secreto del claustro es vacío.


Pheso comenzó a molestarse, contuvo su siguiente pregunta, que pensó que podía ser la definitiva y miró a su alrededor. Al ver que la luz ya casi no entraba por la ventana entendió que sus ojos se habían acostumbrado demasiado a la oscuridad y no se dio cuenta de que se hacía de noche. No pudo entender cómo se había relajado tanto y había permitido que esta conversación se extendiera durante tanto tiempo. A decir verdad, tenía la impresión de haber estado allí un par de minutos, pero evidentemente había permanecido en ese cuarto por horas. Pensó en las escaleras y en si todavía estarían en el mismo lugar, así que se decidió a despedirse.


Su impaciencia debió resultar muy obvia porque el viejo bajó la cabeza y le dijo, casi con voz de quien está a punto de dormir,

—Sí, creo que ya debería marcharse, espero que algún provecho sacara de esta conversación.


No era el momento para conclusiones. Miró a la niña esperando en ella algún indicio de querer acompañarlo, pero estaba inmutable, así que salió pronto de ahí. No se despidió, pues pensó que el anciano ya había cerrado toda posibilidad para pronunciar otra palabra. Corrió por el corredor y encontró la escalera en donde había quedado, pero ahora parecía parte del mobiliario, siempre debió estar ahí, y estaría cada vez que quisiera regresar, pero por ahora no juzgo necesario hacerlo, tenía que irse. No era éste un hecho que se encadenara con los demás hechos de su vida en el claustro, había sido una desviación insensata.


Se descolgó por la claraboya y, a pesar de que se lesionó levemente uno de los hombros, se sorprendió de la facilidad con la que puso sus pies sobre las escaleras cuando en un principio pensó que sería más difícil regresar al suelo que subir a aquel corredor. A lo mejor era la premura que lo hacía mas ágil o era simplemente un mensaje que le decía: nada tenía que ir a hacer allá.


La certeza de que esta visita lo perdería no le daba descanso. ¿Para qué fue a ese lugar? ¿Acaso quería una salida? Tal vez la única forma para salir del claustro era ser despedido. Pero esa no era una salida, esa era una expulsión, y así no encontraría alivio. La llamada de la dirección era inminente, ahora sólo tenía en su porvenir una larga espera.



domingo, 14 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 10 SOLITARIO

 

Era tal vez el jugador de solitario más grande que había existido en la historia de la humanidad. Comenzó a jugar solitario como se comienzan a hacer la mayoría de cosas de la vida, sin la menor intención de hacer algo importante, tan sólo comenzó a jugar y se quedó en eso. Al principio colocaba las cartas sin poner mayor atención y después de un rato se asombraba por la gran cantidad de tiempo que había pasado desde que comenzó a jugar. Cuando entendió a las mil maravillas el funcionamiento del juego, sintió la necesidad de contabilizar el tiempo que tardaba en cada juego y a esto siguió la necesidad de reducir cada vez este tiempo empleado. 


Entonces la cosa tomó otras dimensiones, ahora era un verdadero desafío jugar solitario, un desafío infinito, pues mientras se demorara alguna cantidad de tiempo, sentía que aún podía superarse. Aunque cada vez parecía más difícil lograrlo (los avances comenzaron a ser menos notorios), esto no lo amargaba en lo más mínimo, sólo podía sentir orgullo de su gran capacidad para el juego. Después de llevar su técnica a un grado de perfección inigualable, sintió la necesidad de retar a alguien, de encontrar un contrincante al que obviamente sorprendería dramáticamente, pero precisamente lo que le había llevado a jugar solitario fue el principal impedimento para encontrar a alguien que se enfrentara a él en un reto de solitario. 


Sin embargo, su gran capacidad no podía quedarse por más tiempo oculta, así que un día, sin confesarse a sí mismo las verdaderas razones de su acción, decidió ir a un bar que quedaba en la esquina, sentarse solo en una mesa, pedir una cerveza, y ponerse a jugar solitario. Las personas que estaban en el bar, no pudieron evitar observar los movimientos frenéticos del tipo sentado solo, con un naipe desparramado sobre la mesa. La verdad su presencia se hacía molesta y trataban de concentrarse en otras cosas para alejar su atención de aquella inexplicable actitud, mientras que el jugador de solitario parecía estar muy a gusto por la atención que despertaba en las personas del bar.


Con el tiempo los juegos de solitario en el bar se volvieron más frecuentes y los clientes del lugar comenzaron a reconocer al tipo de las cartas, y lo hicieron tema de discusión incluso cuando no se encontraba presente; pero, con el paso de los días, sucedió un raro fenómeno: muchos fieles bebedores dejaron de asistir al bar. Fue un acto casi inconsciente, simplemente cuando pensaban en tomarse una cerveza preferían ir a otro lugar, sin decirse exactamente por qué, sentían algo de tedio al pensar en ir a ese bar de la esquina y encontrarse al jugador de solitario. Esto se volvió notorio para el dueño del lugar, que miraba con preocupación como los clientes más asiduos desaparecían uno a uno desde la aparición del tipo de las cartas y para él fue más que evidente que la presencia de éste era el que ocasionaba dicha deserción, pero igual le resultaba imposible pedirle a un buen hombre, que nada malo le había hecho, excepto alejar su clientela involuntariamente, que no volviera a su humilde establecimiento. Así que el bar terminó siendo visitado únicamente por bebedores ocasionales que, en el mejor de los casos, iban un par de veces y no se les volvía a ver por allí.


Uno de estos visitantes que llegaban por casualidad al bar, que tal vez habían tratado de entrar a un sinnúmero de lugares con un número igual de fracasos, que tal vez ya habían gastado su dinero en otra parte y ahora remataban la noche en un lugar desconocido que se toparon en el camino a casa, uno de estos entró una noche al bar. Era un joven muy bien parecido y estaba acompañado por una bella muchacha que se mostraba todo el tiempo muy cariñosa con él. Desde que el joven entró notó la presencia de un tipo que movía mecánicamente las manos a una velocidad asombrosa. Después de unos instantes logró determinar que realizaba una extraña maniobra con un naipe. No pudo contener su curiosidad, así que se levanto de su mesa y se dirigió hacia donde se realizaba la misteriosa tarea. La muchacha que lo acompañaba pareció mostrar algo de disgusto, pero él no le dio importancia, con un movimiento bastante despectivo se deshizo de ella y llegó hasta el lugar que despertaba tanto su interés, se paró frente a la mesa y descubrió con gran asombro lo que allí sucedía. Frente a él estaba tal vez el mejor jugador de solitario que existiera en la historia de la humanidad. No podía dejar de mirar los precisos movimientos que llevaban una carta hasta su lugar adecuado como si se le pusiera allí caprichosamente, solo con el objetivo de ubicarla rápidamente en cualquier lugar, y más lo asombraba aún la reducida cantidad de tiempo que empleaba en terminar exitosamente un juego.


El joven estuvo ahí parado junto a la mesa durante una decena de juegos sin que el jugador de solitario pareciera inmutarse, pero en realidad, éste ya comenzaba a sentirse molesto con la presencia del joven, y de hecho sentía que su juego desmejoraba, lo que sería captado fácilmente por el joven, sólo que este no comprendería la razón por la que se demoraba más de la cuenta en pensar su siguiente movimiento, y así llegaría a la equivoca conclusión que estaba frente a un jugador de solitario de lo más ordinario. Todas estas ideas no podían más que hacerle perder la calma, por lo que se detuvo a la mitad de una jugada, recogió el naipe de sobre la mesa, pagó apresuradamente al dueño del bar que se hallaba junto a la barra desconsolado y casi dormido, y abandonó el bar como si se le hubiera ofendido profundamente. El joven, muy contento por el espectáculo que había presenciado gracias a la divina providencia que lo había llevado ese día justo a ese lugar, regresó a su mesa y no tardó en contentar a la muchacha que aún lo esperaba, y tras unos minutos, ella lo miraba con sus hermosos ojos mientras él trataba de explicarle con lenguaje lo que era incluso complicado de apreciar con la visión.


El jugador de solitario se sintió tan molesto por el percance sufrido que decidió no volver a ese bar, pero también le resultó imposible ir a otro lugar diferente a jugar solitario en público, así que terminó recluyéndose nuevamente a su intimidad para jugar solitario. Con el paso de los días perdió el interés por el solitario y no lo volvió a jugar nunca más.