martes, 30 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 11 EL PEQUEÑO RELATO SOBRE LA VENTANA, DURANTE SU ESTADÍA EN EL CLAUSTRO


En el claustro no se veía llover. Todo lo que se percibía de la lluvia era el estruendo que producían las gotas al chocar contra el tejado, el ruido era tal que no era posible hablar. Pheso debería haberse acostumbrado ya a esa situación, pero nada en el claustro le resultaba habitual, se extrañaba de todo y eso lo hacía verse sospechoso a los ojos de los otros residentes del claustro, sobre todo frente a las directivas, que eran precisamente de las que resultaba vital recibir la aceptación.


Su condición de recién llegado, que no se anularía, por más que ya llevara varios meses en el claustro –hasta que entrara alguien más a reemplazarlo en el puesto de recién llegado– lo tenía en una situación más que indeseable. Para él era evidente que lo espiaban todo el tiempo, y sus acciones seguramente eran milimétricamente medidas. Nada parecía ser más importante en el mundo a que él tuviese un mechón de pelo untado con tiza, ni siquiera que el hombre de la cooperativa acosara a las niñas todo el tiempo, acorralándolas muchas veces contra las paredes simulando un juego, pero con una actitud claramente lasciva o que la directora, que según muchos era su esposa, ignorara esto y se preocupara más por regar las matas que invadían todos los corredores. Es posible que si algún día la mujer hubiera encontrado al hombre de la cooperativa recostando a una de las niñas contra una de las matas, los habría espantado quejándose del daño que le hacían a la pobre planta.


Aún con el claro conocimiento de que sus acciones serían juzgadas de forma severa, y hasta irracional, mientras no fuera desplazado de esa injusta posición de novato, él no se mostraba tan sigiloso y calculador como debiera. En su habitación había decorado las paredes con varios dibujos hechos a lápiz por los muchachos e incluso por él mismo, cosa que estaba terminantemente prohibida, a no ser que estos dibujos reprodujeran la cara de un santo o algún miembro de las directivas; pero no, los suyas tenían figuras producto de la imaginación, cosas como animales y paisajes, que ya casi nadie recordaba correctamente, por lo que los transformaban un poco en el dibujo.

 

No era este el único secreto que guardaba. Odiaba la comida del claustro, por lo que sostenía relaciones ilegales con el músico, el cual, por ser el único que tenía contacto frecuente con el exterior, podía traficar con algunas cosas como alimentos, que por dudosa que fuera su procedencia y calidad, no podían ser de peor sabor que los que se comían en el claustro. Así que Pheso corría un gran riesgo cada vez que gastaba una parte de sus reducidas ganancias en esos alimentos, pero no le importaba, pues sentía que se enfermaría terriblemente si seguía recibiendo lo que le daban de comer allí.


Su otro secreto podía guardarse mas fácil y era en verdad más inocente, aunque a él lo atormentaba más. A pesar de que había sido extremadamente cuidadoso en relacionarse con los muchachos, manteniendo siempre una distancia prudente y evitando al máximo encontrarse con la mirada de alguno de ellos, no pudo esquivar los penetrantes ojos de alguien en particular. Una de las niñas lo intrigaba seriamente, había descubierto varias veces sus ojos clavados en él, con un gesto que lo humillaba pero que le resultaba atractivo. La niña bajaba el mentón, inclinaba la frente hacia él y lo señalaba con sus fuertes cejas, lo miraba  a través de ellas, pero a pesar de que sus ojos podían sugerir algo maligno, el resto de su rostro parecía estar en completa tranquilidad, casi como si durmiera, la totalidad de su expresión daba la impresión de un bebé que sueña con algo que le incomoda.


Pero no era sólo eso, Pheso no podía ocultarse del todo que la niña era hermosa. Sus cejas profundas, sus ojos llenos de voluntad, su boca inmensa con los labios demasiado sensuales para su edad, a pesar de que siempre estaban partidos y algo resecos, eran un imán para la vista. La niña lo atraía sin que generara alguna acción en él. Pheso se mantenía casi sin dirigirle la palabra, pero eso no evitaba que se cuestionara constantemente sobre su actitud, su tendencia a favorecerla, aunque no lo llevara a hechos. Sin embargo, estaba decidido a salvarla si alguna vez la veía en las garras del hombre de la cooperativa, pero esto nunca había pasado, lo que lo hacía en cierta forma admirarla por mantenerse al margen de los vicios del claustro, aunque sabía que no dependía tanto de ella sino de una extraña suerte que la protegía.


Así pues, sus pecados estaban ligados a las pocas personas del claustro que en verdad quería ver, por lo que difícilmente encontraría un escondite satisfactorio entre todas esas confusas paredes, esos inexactos corredores, esas gradas retorcidas y demasiado estrechas como para saber a dónde llevan.


El claustro estaba conformado por varios edificios que se entrecruzaban en algunos de sus niveles, por lo que no quedaba claro su número; y por un número igual de indeterminado de patios, pues al no estar divididos por fronteras claras en sus cuatro lados tampoco se podían enumerar sin caer en discusiones y ambigüedades. Pheso recorría diariamente estos patios buscando un lugar a salvo, ya fuera para comerse un bocado de la comida que traficaba con el músico o para simplemente tener un instante de paz y soledad. Esto para las directivas podría resultar como un claro indicio de que algo trataba de ocultar, pero Pheso esperaba que se entendiera como un simple gesto huraño, lo cual sería menos grave. Varias veces, cuando estaba en este proceso de fuga, veía abrirse la ventana del último piso de uno de los edificios en uno de los patios, pero nunca había podido relacionar esa ventana con ningún lugar al que hubiese podido entrar, así que se debía tratar de un lugar desconocido, al que se debía llegar por alguna parte que aun no había encontrado, lo que era realmente inconcebible, pues en esas largas tardes en las que se encontraba completamente  desocupado, o con ocupaciones que aplazaba hasta que ya fuera inevitable darles tiempo, había caminado por todos los recovecos del lugar, que eran muchos, dadas las extrañas condiciones de la estructura, que cada vez le parecía más hecha a retazos, como si varias civilizaciones hubieran puesto sus manos sobre ella marcando su especial sello. Sin embargo, a pesar de eso, la arquitectura y los decorados no dejaban de tener una terrible uniformidad, que en medio de la falta de planeación, resultaba insoportable.


Esa ventana que se abría se convirtió en una de sus fijaciones, tenía que saber en qué lugar se encontraba, y descubrir quien era el que la abría, pues le parecía muy sospechoso que alguien abriera una ventana y nunca se asomara por ella, más cuando en el claustro habían muy pocas ventanas y todas parecían estar clausuradas. 


Así que Comenzó una pesquisa detallada, desechando los lugares que no podrían acceder a ese lugar, por ser demasiado conocidos o demasiado alejados. En las noches perfeccionaba un plano de las instalaciones, que nunca lo dejaba del todo satisfecho, pues no daba a concretar las proporciones, y siempre los pasillos terminaban desembocando en donde no debían. Llegó a pensar que su plano debería ser la correcta elaboración del edificio, y que era la realidad la que tenía serios errores, pero como la ventana que se abría quedaba en la realidad, debía descubrir su ubicación en ella y no en su plano.


Al fin desechó la idea de encontrar la entrada al lugar oculto de forma racional y se dedicó al tanteo, pero de esta forma no tuvo mayores éxitos. Siempre llegaba a un lugar en el que no había como más seguir, aunque sus cálculos lo hicieran pensar que el piso misterioso debía estar al subir las siguientes gradas que nunca estaban ahí.


Preguntarle a alguien habría sido completamente imposible, no se atrevía a hablar del tema con nadie. Comenzando,  sería muy incomodo explicar la razón de su búsqueda, tendría que hablar de sus escapadas a comer y de la ventana abierta; además, no sentía que podía confiar esa curiosidad a nadie. El músico se había mostrado muy amable con él todo el tiempo, y sentía que era la única persona que parecía ver las cosas como él las veía, pero le resultaba una persona demasiado simple como para acoger su curiosidad sin hacer una mueca de extrañeza y sin que despertara serias sospechas sobre él. De esta forma era la última persona con la que podría hablar del tema, pues no podía perder la confianza del único que parecía no estar espiándolo todo el tiempo. 


Claro que no se confesaba del todo la otra razón para no hablar con el músico del tema. Jamás se había explicado las razones que permitían al músico salir del claustro. Tampoco podía estar seguro que la amabilidad de éste no respondiera a un mero interés monetario. Es más, no existía forma de comprobar que las directivas no estaban ya enteradas de todos los negocios que hacía el músico y que únicamente lo mantuvieran allí como una trampa para todos los residentes en el claustro, para probarlos, prueba que él había fallado rotundamente. Claro, sin la tentación no se podría saber quién caería en ella. ¿Y si el músico estaba de acuerdo con las directivas?


Resultaría cosa de comedia, si no es porque sucedió dentro del claustro, decir que la suerte de Pheso cambió inesperadamente. Pero no cambió a manera de giro, lo cual supondría que se mantendría el mismo eje, simplemente era otra cosa distinta, otra esfera de su destino, que no estaba marcado, sólo se creó espontáneamente. Un día, caminando por un corredor algo habitual en el que ya nada despertaba su interés, se encontró una escalera de madera recostada contra una pared.


Empezó a trepar las escaleras que parecían estar allí por casualidad, sin ninguna finalidad aparente, pero que conducían precisamente a una claraboya que carecía de teja o vidrio protector. Al llegar al final de las escaleras tuvo que colgarse de las barras de madera de la claraboya y subir con la fuerza de sus brazos que en un principio creyó insuficientes, pero que le bastaron en buena medida para asomarse y descubrir que todo un corredor, con piso en madera y varias puertas a los lados, se extendía por unos veinte metros hasta el fondo. Descansó sus brazos apoyando sus pies nuevamente en la escalera, y tomó más impulso esta vez para subir de un sólo jalón hasta el piso del corredor. Lo logró mandando su cabeza hacia el frente y entró dando un bote a ese pasaje oculto al que posiblemente no deseaban que entrara, pero no reflexionó demasiado en eso. Se puso en pie, miró por la claraboya hacia abajo y notó la dificultad que depararía regresar a la escalera. Es más, la escalera podía desaparecer, pues alguien debió dejarla olvidada, así que era muy posible que regresaran por ella y ya no estuviera, lo que lo pondría en una de las situaciones más desesperadas a las que se hubiera enfrentado en el claustro, pero no le importó, pues supuso que estaba en el lugar que tanto había buscado.


Caminó hasta el final del corredor despreciando todas las puertas que estaban a los lados, sólo le interesaba la última, la que estaba en el fondo, pues esa tenía que ser la que lo llevaría a ese cuarto tan esperado. Al llegar frente a la puerta giró la perilla y empujó la puerta con lentitud, evitando tumbar lo que pudiera estar al otro lado, pero no había nada.


Al entrar al cuarto descubrió que la única luz que existía provenía de la ventana que iluminaba apenas el piso aledaño a ella y que estaba cubierto de objetos antiguos de función imprecisa, seguramente algún día la tuvieron, pero ahora ya no servían para nada dentro del claustro. Todo el resto del cuarto estaba a oscuras, pero sabía que había alguien, por lo que no se asustó demasiado cuando escuchó esa voz cansina y bastante maltrecha,

Sabe bien que no debería estar aquí… Aún así es bienvenido y podemos conversar un rato antes de que se tenga que marchar nuevamente.

No sabía que había lugares prohibidos en el claustro para los maestros.

Usted bien lo sabe, nadie lo especificó seguramente, pero usted lo sabe y eso es suficiente para que lo ponga en problemas.

Ese caso, ¿debería irme ya?

Ya está aquí, si se queda un rato no ahondará la falta.


Ya los ojos de Pheso se acostumbraban a la oscuridad del cuarto y empezó a reconocer la figura del viejo que estaba sentado en medio del cuarto. Podía percibir que a pesar del estado de abandono del cuarto, el viejo no estaba tan mal trajeado, parecía un indigente recién acicalado y con trajes usados que le habían regalado.

—En ese caso me quedo, pero no sé exactamente de qué deberíamos hablar, no estaba preparado para este encuentro.

—Es lamentable, pues supuse que podríamos tener una charla amable, pero descubro que no va a ser así, usted se guarda sus cartas, así que yo también guardaré las mías.


Un pequeño movimiento en la penumbra hizo que Pheso fijara su atención en un punto de la habitación y descubriera allí a la niña de los labios partidos. Eso lo confundió más que todo lo que le había sorprendido en el claustro. Estaba realmente aturdido, estuvo a punto de preguntar bruscamente que hacia esa niña allí, pero se contuvo.

—Perdón si lo decepciono, pero no sé de que cartas habla. No sé si buscaba este encuentro, en todo caso he llegado aquí por accidente y esa es toda la verdad.


El viejo guardó silencio y tomó una postura de encogimiento, como si su charla ya hubiera terminado y sólo esperara que su interlocutor se marchara. Así que a Pheso no le quedó de otra que fijar su atención en la niña.

—Tranquila, salga de ese rincón. Ya la he visto. No le voy a contar a nadie que estaba aquí.

La niña de los labios partidos salió del rincón con un movimiento demasiado brusco, con la alegría del que se halla entre una multitud esperando escuchar su nombre de entre muchos otros nombres y efectivamente lo escucha.


El viejo volvió a la actitud de conversación.

—Es curioso, porque también ella podría decirle lo mismo.

La niña se detuvo justo en medio de Pheso y el viejo, miró a Pheso con cierto saludo despiadado y luego fue a colocarse de rodillas junto al viejo, recostó uno de sus brazos sobre las piernas del viejo, que ahora, mirándolas bien, parecían inertes. Este gesto enfureció a Pheso, aún más tras ver la expresión de la niña que inclinó levemente la barbilla hacia atrás y lo miro fijamente con ese gesto que tanto lo inquietaba en las clases, pero contuvo esa furia, una vez más tenía que mantener la calma.

—Tiene toda la razón, claro está que aún no hemos aclarado cuál es nuestra falta.

—Usted lo sabe, de lo contrario no le habría prometido guardar silencio.

Pheso miraba a la niña tratando de encontrar alguna complicidad en ella, pero no había suficiente luz para descubrir su gesto de forma minuciosa, la penumbra le daba un toque de perversidad a las cuencas de sus ojos.

—De acuerdo, usted debe llevar más tiempo aquí, tal vez me sería útil recibir algunas explicaciones de usted.

—Bueno, en eso esta equivocado. Sí, llevo muchos años viviendo en el claustro, pero desde hace bastante tiempo no estoy enterado de lo que sucede en su interior. Yo fui maestro, como usted, y como usted estuve bastante inadaptado un tiempo. Pero tranquilo, todos terminamos por acostumbrarnos al orden. Míreme, ahora ya estoy retirado.

—Pero, ¿cómo es que no decidió irse? ¿Acaso no le permitieron salir? ¿Es posible que lo hayan encerrado…?

—No se altere. ¿A dónde quería que fuera? Nadie me retiene aquí, ¿acaso usted esta aquí por la fuerza? Aparte del hombre que está en la portería, ¿quién más podría detenerlo? Y no creo que él sólo baste para hacerlo.

—Entonces… ¿Por qué nunca se fue?

—Eso ya perdió importancia, ahora estamos hablando de usted, ¿se siente atrapado?

—No es eso, no es que yo me sienta atrapado o que quiera salir, simplemente quiero entender cómo funciona el claustro.

—Lo que hay para entender lo sabe ya, no hay nada oculto, lo que le resultará útil para su estadía aquí es lo evidente, indagar en lo que está detrás sólo lo perderá y no lo llevará a nada.

—Debo pensar que usted recorrió ese camino y fracasó.

—Se sigue equivocando. No digo porque me haya sucedido, sino porque me funcionó lo contrario.

—Entonces, ¿cómo está tan seguro que nada se oculta en el claustro? Yo siento que todo es fachada, que lo sustancial no lo sabemos.

—Grave error, es un desvarío muy propio de la juventud, pero no por eso menos peligroso. Le repito, el secreto del claustro es vacío.


Pheso comenzó a molestarse, contuvo su siguiente pregunta, que pensó que podía ser la definitiva y miró a su alrededor. Al ver que la luz ya casi no entraba por la ventana entendió que sus ojos se habían acostumbrado demasiado a la oscuridad y no se dio cuenta de que se hacía de noche. No pudo entender cómo se había relajado tanto y había permitido que esta conversación se extendiera durante tanto tiempo. A decir verdad, tenía la impresión de haber estado allí un par de minutos, pero evidentemente había permanecido en ese cuarto por horas. Pensó en las escaleras y en si todavía estarían en el mismo lugar, así que se decidió a despedirse.


Su impaciencia debió resultar muy obvia porque el viejo bajó la cabeza y le dijo, casi con voz de quien está a punto de dormir,

—Sí, creo que ya debería marcharse, espero que algún provecho sacara de esta conversación.


No era el momento para conclusiones. Miró a la niña esperando en ella algún indicio de querer acompañarlo, pero estaba inmutable, así que salió pronto de ahí. No se despidió, pues pensó que el anciano ya había cerrado toda posibilidad para pronunciar otra palabra. Corrió por el corredor y encontró la escalera en donde había quedado, pero ahora parecía parte del mobiliario, siempre debió estar ahí, y estaría cada vez que quisiera regresar, pero por ahora no juzgo necesario hacerlo, tenía que irse. No era éste un hecho que se encadenara con los demás hechos de su vida en el claustro, había sido una desviación insensata.


Se descolgó por la claraboya y, a pesar de que se lesionó levemente uno de los hombros, se sorprendió de la facilidad con la que puso sus pies sobre las escaleras cuando en un principio pensó que sería más difícil regresar al suelo que subir a aquel corredor. A lo mejor era la premura que lo hacía mas ágil o era simplemente un mensaje que le decía: nada tenía que ir a hacer allá.


La certeza de que esta visita lo perdería no le daba descanso. ¿Para qué fue a ese lugar? ¿Acaso quería una salida? Tal vez la única forma para salir del claustro era ser despedido. Pero esa no era una salida, esa era una expulsión, y así no encontraría alivio. La llamada de la dirección era inminente, ahora sólo tenía en su porvenir una larga espera.



domingo, 14 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 10 SOLITARIO

 

Era tal vez el jugador de solitario más grande que había existido en la historia de la humanidad. Comenzó a jugar solitario como se comienzan a hacer la mayoría de cosas de la vida, sin la menor intención de hacer algo importante, tan sólo comenzó a jugar y se quedó en eso. Al principio colocaba las cartas sin poner mayor atención y después de un rato se asombraba por la gran cantidad de tiempo que había pasado desde que comenzó a jugar. Cuando entendió a las mil maravillas el funcionamiento del juego, sintió la necesidad de contabilizar el tiempo que tardaba en cada juego y a esto siguió la necesidad de reducir cada vez este tiempo empleado. 


Entonces la cosa tomó otras dimensiones, ahora era un verdadero desafío jugar solitario, un desafío infinito, pues mientras se demorara alguna cantidad de tiempo, sentía que aún podía superarse. Aunque cada vez parecía más difícil lograrlo (los avances comenzaron a ser menos notorios), esto no lo amargaba en lo más mínimo, sólo podía sentir orgullo de su gran capacidad para el juego. Después de llevar su técnica a un grado de perfección inigualable, sintió la necesidad de retar a alguien, de encontrar un contrincante al que obviamente sorprendería dramáticamente, pero precisamente lo que le había llevado a jugar solitario fue el principal impedimento para encontrar a alguien que se enfrentara a él en un reto de solitario. 


Sin embargo, su gran capacidad no podía quedarse por más tiempo oculta, así que un día, sin confesarse a sí mismo las verdaderas razones de su acción, decidió ir a un bar que quedaba en la esquina, sentarse solo en una mesa, pedir una cerveza, y ponerse a jugar solitario. Las personas que estaban en el bar, no pudieron evitar observar los movimientos frenéticos del tipo sentado solo, con un naipe desparramado sobre la mesa. La verdad su presencia se hacía molesta y trataban de concentrarse en otras cosas para alejar su atención de aquella inexplicable actitud, mientras que el jugador de solitario parecía estar muy a gusto por la atención que despertaba en las personas del bar.


Con el tiempo los juegos de solitario en el bar se volvieron más frecuentes y los clientes del lugar comenzaron a reconocer al tipo de las cartas, y lo hicieron tema de discusión incluso cuando no se encontraba presente; pero, con el paso de los días, sucedió un raro fenómeno: muchos fieles bebedores dejaron de asistir al bar. Fue un acto casi inconsciente, simplemente cuando pensaban en tomarse una cerveza preferían ir a otro lugar, sin decirse exactamente por qué, sentían algo de tedio al pensar en ir a ese bar de la esquina y encontrarse al jugador de solitario. Esto se volvió notorio para el dueño del lugar, que miraba con preocupación como los clientes más asiduos desaparecían uno a uno desde la aparición del tipo de las cartas y para él fue más que evidente que la presencia de éste era el que ocasionaba dicha deserción, pero igual le resultaba imposible pedirle a un buen hombre, que nada malo le había hecho, excepto alejar su clientela involuntariamente, que no volviera a su humilde establecimiento. Así que el bar terminó siendo visitado únicamente por bebedores ocasionales que, en el mejor de los casos, iban un par de veces y no se les volvía a ver por allí.


Uno de estos visitantes que llegaban por casualidad al bar, que tal vez habían tratado de entrar a un sinnúmero de lugares con un número igual de fracasos, que tal vez ya habían gastado su dinero en otra parte y ahora remataban la noche en un lugar desconocido que se toparon en el camino a casa, uno de estos entró una noche al bar. Era un joven muy bien parecido y estaba acompañado por una bella muchacha que se mostraba todo el tiempo muy cariñosa con él. Desde que el joven entró notó la presencia de un tipo que movía mecánicamente las manos a una velocidad asombrosa. Después de unos instantes logró determinar que realizaba una extraña maniobra con un naipe. No pudo contener su curiosidad, así que se levanto de su mesa y se dirigió hacia donde se realizaba la misteriosa tarea. La muchacha que lo acompañaba pareció mostrar algo de disgusto, pero él no le dio importancia, con un movimiento bastante despectivo se deshizo de ella y llegó hasta el lugar que despertaba tanto su interés, se paró frente a la mesa y descubrió con gran asombro lo que allí sucedía. Frente a él estaba tal vez el mejor jugador de solitario que existiera en la historia de la humanidad. No podía dejar de mirar los precisos movimientos que llevaban una carta hasta su lugar adecuado como si se le pusiera allí caprichosamente, solo con el objetivo de ubicarla rápidamente en cualquier lugar, y más lo asombraba aún la reducida cantidad de tiempo que empleaba en terminar exitosamente un juego.


El joven estuvo ahí parado junto a la mesa durante una decena de juegos sin que el jugador de solitario pareciera inmutarse, pero en realidad, éste ya comenzaba a sentirse molesto con la presencia del joven, y de hecho sentía que su juego desmejoraba, lo que sería captado fácilmente por el joven, sólo que este no comprendería la razón por la que se demoraba más de la cuenta en pensar su siguiente movimiento, y así llegaría a la equivoca conclusión que estaba frente a un jugador de solitario de lo más ordinario. Todas estas ideas no podían más que hacerle perder la calma, por lo que se detuvo a la mitad de una jugada, recogió el naipe de sobre la mesa, pagó apresuradamente al dueño del bar que se hallaba junto a la barra desconsolado y casi dormido, y abandonó el bar como si se le hubiera ofendido profundamente. El joven, muy contento por el espectáculo que había presenciado gracias a la divina providencia que lo había llevado ese día justo a ese lugar, regresó a su mesa y no tardó en contentar a la muchacha que aún lo esperaba, y tras unos minutos, ella lo miraba con sus hermosos ojos mientras él trataba de explicarle con lenguaje lo que era incluso complicado de apreciar con la visión.


El jugador de solitario se sintió tan molesto por el percance sufrido que decidió no volver a ese bar, pero también le resultó imposible ir a otro lugar diferente a jugar solitario en público, así que terminó recluyéndose nuevamente a su intimidad para jugar solitario. Con el paso de los días perdió el interés por el solitario y no lo volvió a jugar nunca más.  

sábado, 6 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 9 TIEMPO Y ESPACIO

Ese día llegó tarde, como siempre. Entonces entendió. Todo vino a él como una revelación. Cada vez que tenía que salir de su casa para ir a cumplir una cita fijada a una hora exacta, se levantaba con el tiempo suficiente para bañarse con agua caliente y durar disfrutando de aquella sensación hasta que se hartaba. Luego se ponía la toalla en la cintura y dejaba orear su cuerpo mientras estaba tirado sobre la cama. Ya totalmente seco, se dedicaba a escoger cuidadosamente la ropa que iba a usar: tenía en cuenta el clima, su interés en la acción que iba a realizar y hasta su estado de ánimo, que generalmente era tranquilo. Ya vestido y acicalado se preparaba una buena comida, para luego sentarse a degustarla con calma. Entonces, a la hora exacta de la cita salía, es decir, si la cita era a las 9:00 a.m., a las 9:00 a.m. salía de su casa. Pero ese día lo entendió todo: al ir de un lugar a otro, no sólo se recorre una distancia espacial, también se recorre una distancia temporal.


El ya había oído hablar de cómo los descubrimientos científicos podían cambiar una sociedad, pero ahora era su vida, esa nueva forma de concebirlo todo no podía dejar intactas sus costumbres. Comenzó a sentir terror por el movimiento, y a pesar de que por un tiempo siguió trabajando en su local de manufacturas que quedaba a unas cuadras de su casa, la sensación de caminar se volvió totalmente fatigante, pues la idea de que recorría dos distancias a la vez, la del espacio y la del tiempo, no le permitía respirar bien.


Cuando avanzaba, y veía cómo se acortaba el camino por recorrer no había problema, pero caminar por el tiempo, cuan difícil le resultaba, sentía que estaba desaprovechando inútilmente sus energías. Al poco tiempo decidió trasladar su taller de manufacturas a su casa. Lo que hace un tiempo le resultaba totalmente inoportuno, ahora le resultaba muy adecuado, y se preguntaba por qué no lo había ideado antes, ¿para qué eso de pagar el alquiler del local, preocuparse por la seguridad de los equipos? y, sobre todo ¿por qué ese total desperdicio de energías trasladándose todos los días a su taller? 


Su único empleado no pareció mostrar mayor oposición a este cambio, así que se adecuó la sala para tal fin, y todo resultó bien por un tiempo, pero habían aún muchas funciones que necesitaban del movimiento para ser realizadas. Las relacionadas con las compras de los insumos para la fabricación de las manufacturas tenían un contrato con un proveedor que las llevaba hasta la misma sala, y si se tenía que reducir o aumentar material se acordaba allí mismo. Para la adquisición y manipulación de los bienes de primera necesidad contrató a un criado, el cual de paso servía de mensajero en casos eventuales, en especial los relacionados con compromisos legales que tenía el taller con tal o cual oficina. 


Pero para las funciones biológicas no había nadie que pudiera resolverle el problema, así que decidió acomodar el taller de forma que su silla quedara a unos pocos pasos de la tasa del baño, y así mismo a la ducha. La misma mesa que le servía para trabajar era usada para comer, y la silla se convertía en una apenas confortable cama para descansar en las noches. Acomodó el armario con su ropa junto a la pared del baño, y así él dormía entre la tasa y el armario, a su espalda quedaba la ducha y frente a él estaba la mesa, que quedaba justo fuera del baño. El lavamanos estaba en la misma pared de la tasa entre esta y la mesa.


En un principio, el criado tenía la tarea de alcanzarle cualquier cosa que necesitara, pero este no podía estar presente todo el tiempo, así que él dedicó toda su creatividad para diseñar una serie de aparatos que dejaban a su alcance todos los instrumentos tanto de su trabajo como de la vida cotidiana, sin que se creara un caos por la acumulación de dichos instrumentos. Así pues, podía acceder tanto al cepillo de dientes como a un destornillador casi sin mover sus brazos y sin que los objetos terminaran estorbándose mutuamente.


Cuando el criado realizaba el aseo de la casa, cada vez en menor tiempo a medida que se iban clausurando cuartos y corredores, trataba de ignorar el baño hasta que se hacía inevitable. Ese día tenía el criado que hacer mil contorsiones para limpiar los pisos y las paredes sin mover ni uno sólo de los muebles colocados allí, además, el dueño de casa ni siquiera para estas labores de aseo abandonaba su posición en el baño, así que el criado debía pasar baldes y esponjas por sobre la cabeza de su amo intentando por todos los medios no humedecer la mesa de trabajo, o lo que sería peor, al mismo amo.


El único empleado del taller andaba todo el día por la casa casi desocupado, trabajaba muy poco, sólo lo necesario para que no se notara claramente su holgazanería. En ocasiones se sentaba frente a su jefe, al lado opuesto de la mesa, y trataba de hacer la conversación, pero se aburría rápidamente pues su jefe se quedaba callado, asintiendo la mayor parte del tiempo, y sólo hablaba de lo que había escuchado en el pequeño radio que tenía colocado junto a la tasa, no hacía más que repetir lo dicho por los locutores que leían tan fluidamente su libreto. En esos casos, el empleado trataba de seguir discutiendo sobre tal o cual noticia, pero el jefe perdía el interés y volvía a callar de nuevo asintiendo con la cabeza a las palabras de su empleado, o en el mejor de los casos decía: Yo sólo sé lo que oí, mostrando una total apatía. A decir verdad, a él le importunaba terriblemente su empleado y evitaba a toda costa esas charlas, incluso había pensado en despedirlo, pero sabía que necesitaba el trabajo, así que lo dejaba en el empleo, esperando que un día el empleado se fuera por su propia cuenta.


Un amigo suyo fue un día a visitarlo y no pudo contener la risa al ver la adecuación del baño. Esta risa, más que disgusto, generó en él una profunda curiosidad, sin embargo no dijo nada. Su amigo pareció sentirse en la obligación de explicar el motivo de su risa, y dijo que le recordaba una escena de una película de Chaplin llamada Tiempos modernos. Esto nada le dijo a él, por lo que el amigo sintió la necesidad de seguir explicando, dijo que en dicha película a un trabajador de una fábrica le trataban de imponer un dispositivo que le permitía realizar todas sus acciones diarias y tan vitales como comer sin que abandonara su repetitivo trabajo. Después de esta explicación el amigo calló, y él pensó, mientras asentía con la cabeza, que su amigo era una persona muy superficial, que no lograba ver las verdaderas razones, ni la dimensión del asunto. Su diferencia con Chaplin era abismal, sobre todo por algo que no había reflexionado hasta ese momento, y no lo hubiese hecho si su amigo no hiciera esa tonta comparación. En la película le imponían el mecanismo al trabajador, mientras que él lo había diseñado para sí mismo y lo usaba por decisión propia.

jueves, 4 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 8 UNA LIVIANA DAMA SE CONVIERTE EN PESADILLA O UN HERMOSO DEMONIO O MI SOLEDAD

 

Ya sabía yo que los extraños acontecimientos que han trastornado por completo mi vida en estos últimos días iban a tener un desenlace tan peculiar y más que eso aterrador.


Hace poco más de una semana que tuve ese sueño. Estaba con un grupo de gente en un lugar desconocido y siniestro. A mí en particular no me causaba más que indiferencia, pero al parecer encerraba muchos misterios amenazantes, pues toda la gente me recomendaba, que al igual que ellos, me guardara en el único lugar en el que estaría seguro, que consistía en una olla inmensa en cuyo interior se hallaban unos garbanzos cocinados y unas patas de pollo. Esto despertaba una gran repugnancia en mí, así que me fue imposible entrar allí, y decidí quedarme afuera. De repente me vi solo, en la mitad de un lugar que prometía algo maligno, pero mi temor no era muy grande.


Mi inquietud fue creciendo. Vi caminar a un anciano de apariencia repugnante hacia mí, no pude sino fijarme en sus dientes, que se asomaban entre una débil sonrisa, estaban deshechos y podridos, luego llevé mis ojos a una hermosa niña que andaba cogida de la mano del anciano. Caí en pánico, y con una decisión nerviosa les decía que se alejaran de mí, cada vez repetía aléjense, aléjense, con más furia y terror. A medida que se acercaban veía mejor al anciano, y noté que su sonrisa era acompañada por una mirada de angustiosa melancolía, pero no, se fue acercando y no era melancolía, cuando ya casi me tocaba noté que era un temor reprimido lo que denunciaba su rostro ¿Me temía a mí? ¿Temía por él o por aquello que me ocurriría a mí?. Entonces gire apresuradamente mi cabeza hacia la niña y comprendí todo. Ella era un demonio. 


Desperté con la imagen del rostro de ese ser infernal. Una absoluta ternura, ausencia de algún tipo de expresión, y aun así sentía que sus ojos encerraban la maldad. Eran apenas las tres de la madrugada y yo tenía todas las luces del apartamento encendidas. Tenía el televisor a todo volumen y evitaba a toda costa percatarme de cualquier cosa que sucediera por fuera de la pantalla, ni siquiera el vuelo de una mosca. Ese mismo día, apenas amaneció, ya estaba en la calle, caminando en los lugares en donde más gente hallara, hasta que llegó la hora de ir al trabajo. Durante todo el día volvía a mí la última imagen del sueño, como un relámpago, de manera involuntaria. Contarle el sueño a alguien me resultaba necesario para tratar de exorcizar mi sufrimiento, pero nadie me escucharía, y al finalizar la jornada laboral me di cuenta de que no podría dormir esa noche en mi apartamento.


Pensé que no visitaba a mi hermano hacía tiempo, así que decidí que este sería un buen momento para hacerlo. Mi hermano y su novia me recibieron con agrado, y aunque disimulé perfectamente con ella el motivo de mi visita, cuando por fin se fue a dormir y nos quedamos mi hermano y yo, le conté todo lo sucedido. Al final de mi relato él soltó una carcajada, así lo esperaba, pero ya está acostumbrado a mis ocurrencias, como él mismo dijo, por lo que no se sorprendió de mi forma un poco infantil de reaccionar a un sueño y me permitió, sin ninguna aparente molestia, quedarme a dormir en su apartamento. 


Desocupamos una habitación llena de cajas cuyo contenido posiblemente fuera desconocido para mi hermano y su novia. Allí acondicionamos mi cama con una colchoneta en el suelo y un par de cobijas.  


Todo parecía estar calmado, mi terror desaparecería con una noche de buen sueño, y tal vez al día siguiente podría regresar a mi apartamento. A eso de las once de la noche, mi hermano me llamó. Yo fui a su habitación aún en un estado híbrido entre la vigilia y el sueño, él me pasó la bocina del teléfono mientras me decía en tono de cordial reproche: Qué horas de llamar las de su amiguita. Recibí la bocina y, algo amodorrado, me la llevé a la oreja mientras pensaba en quién podría ser, entonces, un segundo antes de poder oír la comunicación me sacudí las ideas de sopetón y desperté, un momento, nadie sabe que estoy aquí, pensé, e inmediatamente oí una delicada y enfadada voz femenina al otro lado del auricular que me decía: ¿Por qué no has llegado a casa?, te estoy esperando.


Dejé caer la bocina al piso y los ojos se nublaron por las lágrimas nerviosas, sentí como si esas palabras fuesen dedos helados que tocaran el pabellón de mi oído en un cuarto oscuro en el que se supone que estoy solo. Mi hermano saltó de la cama y prendió la luz del cuarto, al ver la expresión de mi rostro me preguntó con la mayor seriedad: ¿Qué pasó? ¿Qué le dijeron?.


Enteré a mi hermano y a su novia, que con el desorden se había despertado, sobre lo sucedido. Mi hermano trataba de razonar al respecto, proponía que tal vez fuera la broma de una amiga, pero eso no tenía ningún sentido, mi contacto con las mujeres hacía tiempo que era bastante limitado, así que con ellas no existía más que una relación laboral que no sobrepasaba el saludo y una que otra indicación sobre algún aspecto del trabajo en el que necesitaran mi ayuda, incluso muchas de ellas, a pesar de haber acudido a mí para una consulta, no conocían mi nombre, mucho menos donde vivía. Nadie en el trabajo sabía de la existencia de mi hermano y por ende, resultaría inverosímil siquiera creer que tuvieran el número de su teléfono. Debo reconocer que para ese momento no contaba con ningún amigo, hombre o mujer, que supiera lo suficiente de mi vida como para hacerme una broma, así que en medio de mi confusión tenía la certeza de que no habían sospechosos posibles detrás de la llamada.


Sin embargo, como es de imaginar, eso lo expongo claramente ahora, pues en ese momento sólo pude, mientras tomaba tembloroso una tasa de té, explicar confusamente que nadie podía hacer esa llamada, lo que no dejó muy satisfecho a mi hermano que se mostraba alterado e inconforme por mi estado y por mi voz trémula, casi al borde del llanto. No quise reflexionar sobre lo que él pensaba. No tenía yo ninguna razón para mentir, así que sólo quedaba la posibilidad de la locura.


Mis nervios se mostraron realmente perturbados en los días siguientes. Me llevaba a un estado similar al de la visión de un ser sobrenatural la sola presencia de cualquier mujer que me resultara hermosa o que me cruzara una mirada. Seguí quedándome en la casa de mi hermano sin discutir con él su aprobación, asistía al trabajo sólo para tratar de sacudirme un poco de tantos pensamientos sobre el terrible suceso, y evitaba al máximo cualquier momento de silencio, pues esa voz parecía haber quedado estampada en el aire callado, su eco rebotaba, sutil pero inagotable, en las cavidades de mi oreja.


A los cinco días de la infernal llamada, mi hermano volvió a tocar el tema. Como ya era su costumbre desde que éramos niños, salió en mi defensa sin importarle cuan justa o injusta era mi causa. Después de una corta conversación en la que poco participé, él me dijo que si iba a pasar unos días en su apartamento era recomendable que fuera por algunos de mis objetos personales, pues sería más fácil nuestra convivencia si yo no usaba su ropa, su cuchilla de afeitar, su cepillo de dientes y otras cosillas por ahí. 


Al día siguiente fui a trabajar, pero sólo podía preocuparme por la excursión de esa tarde a mi apartamento. Apenas terminé mi jornada salí lo más rápido que pude hacia allí para evitar que llegara la tarde estando aún en ese lugar. Lo más difícil era lograr abrir la puerta, pues lo que pudiera estar esperándome, tal vez sentado en la sala tomándose un café o algo así, en la posición más natural y cotidiana, era lo que más me aterraba.


Duré un largo instante parado frente a la puerta, pero la sensación que en cualquier momento podía escuchar algún ruido al otro lado me obligó a abrir la puerta rápidamente. Nada estaba del otro lado. Entré y dejé la puerta abierta, pero después recapacité y decidí cerrarla, pues si nada estaba adentro era mejor evitar cualquier visita inoportuna que alterara mis nervios. Inmediatamente corrí al cuarto, saqué una maleta del armario y comencé a llenarla con el más absoluto caos de las cosas que se me cruzaban en el camino y que rápidamente consideraba iban a serme necesarias. En este proceso evitaba mirar a las ventanas o a los espejos, por precaución, cualquier figura medianamente humana que apareciera me sería en extremo desagradable. Incluso mi reflejo podría sobresaltarme.


Estaba en esa tarea cuando involuntariamente fijé mi vista en un cuadro de Jesucristo que me regaló mi madre cuando decidí irme a vivir solo. Sentí que el cuadro me miraba, lo cual me había sucedido ya otras veces, pero en esa situación resultaba totalmente agresivo, ¿cómo se le ocurría mirarme en el estado en el que se encontraban mis nervios en ese momento? Bajé la mirada, pero tras unos segundos volví a dirigir mis ojos hacía el cuadro. Ahora el cuadro me miró con una expresión totalmente viva, y no sólo eso, su cara giró un poco para mirarme totalmente de frente. Su expresión se tornaba cada vez más malvada y parecía adelantarse por fuera del cuadro. Salí corriendo, pero era necesario pasar muy cerca del Jesucristo para abandonar el apartamento, por lo que alcancé a sentir el roce con su cuerpo. Abrí la puerta y huí mientras escuchaba una voz que me decía, llena de odio, espera.


Cuando estuve varias cuadras lejos del edificio paré mi carrera desenfrenada. Debo haber parecido un loco, estaba tan desencajado que no recuerdo si iba gritando. Después de respirar unos segundos noté que al huir había soltado la maleta dejándola abandonada en el corredor repleta con mis pertenencias y que, además, la puerta quedó abierta, pero no tenía la menor intención de regresar, eso ni se dudaba.


Ya en la noche, llegué al apartamento de mi hermano, pero no dije nada de lo sucedido, sólo me disculpe de no haber ido al apartamento por mis cosas argumentando que estuve muy ocupado en el trabajo y se me había hecho de noche. A pesar que mi mentira había sido recibida sin reproches ni dudas, yo no podía prolongar por tiempo indefinido esa situación. Obviamente sería más fácil enfrentarme a mi hermano que regresar a buscar la maleta, pero preferí esperar a que nos quedáramos solos.


Sin embargo, no llegué a decirle nada a mi hermano aunque tuve toda la noche para hacerlo, pues después de que su novia se fue a dormir y cuando él ya se estaba disponiendo para lo mismo, yo forcé una conversación sobre cosas de la niñez que luego se transformó en un diálogo fluido. Estuvimos hasta el amanecer recordando cosas del pasado e incluso quedamos en la promesa de visitar la tumba de nuestra madre. Mi hermano seguramente sospechaba que algo raro estaba pasándome, pero parecía no querer enfrentarlo, incluso ni ante él mismo, así que mostró mucha discreción, evitando hacerme preguntas incómodas y no hizo más que seguirme la cuerda.


Apenas clareaba el día y yo estaba ya en la calle. Fui caminando hasta el trabajo, evitando mirar a las personas de frente, soportando difícilmente la visión de los pies de aquellos desgraciados que transitaban por la acera, alejándome sobresaltado cada vez que sentía que algunos pasos se encaminaban hacia mí, más aún si eran pies femeninos.


Llegué al trabajo bastante temprano. Siempre uso las escaleras para subir al piso en el que se encuentra mi oficina, pero ante la soledad en la que se encontraban, preferí usar el ascensor. Ya en mi oficina, me dediqué a mis tareas diarias con bastante dedicación, recapacitando cada cierto tiempo en la necesidad de confesarle a mi hermano mi real situación. Mentalmente redactaba el discurso para exponerle el caso, de forma que causara en él la menor impresión y así reducir su preocupación, lo que al final de cuentas sería prácticamente imposible. Comencé a sentir, con gran desasosiego, que se volvía impensable regresar con mi hermano en esa situación.


A la hora del almuerzo decidí ir a un restaurante que es de mi entero agrado, en donde trabajan muchas caras que me eran conocidas y amistosas, lo cual era justo lo que necesitaba en ese momento. Volví a usar el ascensor para descender, pues las escaleras estaban solas casi a cualquier hora del día, mientras que el ascensor, sobre todo a la hora del almuerzo, se hallaba atestado de gente. No podía mirar a nadie, pero me reconfortaba el que estuvieran allí. Entré difícilmente al ascensor, pero me logré colocar en la parte del fondo, pues no podía soportar la idea de tener una mirada desconocida por encima del hombro.

 

El ascensor se detuvo en un piso inesperado y la gente comenzó a abandonarlo masivamente. Cuando la puerta del ascensor se cerró nuevamente, sólo quedamos en su interior yo y una mujer que estaba parada junto a los botones de control, de espaldas a mí. Comencé a sudar frío, sentí una sensación de irrealidad, ¿qué rayos estaba pasando?, esto no es normal, quise huir, pero no podía hacerlo sin tener que toparme con la mujer, incluso tendría que tocarla y llegar a verle la cara, eso no me era posible. El ascensor parecía estacionado, no había movimiento alguno. 


Con el tiempo comencé a sentir que la mujer sabía que pensaba en ella y le temía, por lo que tendría una sonrisa en sus labios, me pareció oír una suave risa. Si esa mujer se giraba a mirarme la mataría, juro que si ella se atrevía a mirarme con una sonrisa yo me lanzaría sobre ella y la ahorcaría.


El ascensor por fin se abrió y salí disparado de allí, no corría, pero caminé sin detenerme siquiera a pensar hacia dónde iba. Cuando desperté, recordé que deseaba ir a aquel restaurante. Pensándolo con cabeza fría, concluí que nada grave había ocurrido, todo era producto de mis nervios alterados, por lo que no consideré necesario cambiar mis planes originarios.


Llegué al restaurante e inmediatamente me recibió uno de los meseros conocidos que me entretuvo un rato hablándome de lo arduo de su labor de ese día, pero que, como él lo dijo, no había que quejarse porque con esta situación hay que dar gracias a Dios por el trabajo, y acto seguido pronunció las palabras que más podrían sacarme de quicio en ese momento: Siga por aquí, en esa mesa lo espera una dama.


Miré completamente alterado y fuera de mí hacia el lugar que señalaba el mesero, reconocí a la mujer del ascensor, que estaba sentada de espaldas. Mi reacción fue darle un empujón al mesero, que me conducía hacia la mesa colocando suavemente su mano sobre mi espalda, y salí corriendo de allí.


¿A dónde iría? No podía volver a mi apartamento, ella sabía dónde trabajaba, incluso en casa de mi hermano podía ubicarme, y ahora me esperaba en los lugares como si se adelantara a mis actos. No podía sentirme más indefenso, más desterrado de todo lo familiar. Estaba en la ciudad, evitando a las personas, alejándome de los lugares conocidos, no tenía ya nada seguro, me encontraba completamente solo.