En el claustro no se veía llover. Todo lo que se percibía de la lluvia era el estruendo que producían las gotas al chocar contra el tejado, el ruido era tal que no era posible hablar. Pheso debería haberse acostumbrado ya a esa situación, pero nada en el claustro le resultaba habitual, se extrañaba de todo y eso lo hacía verse sospechoso a los ojos de los otros residentes del claustro, sobre todo frente a las directivas, que eran precisamente de las que resultaba vital recibir la aceptación.
Su condición de recién llegado, que no se anularía, por más que ya llevara varios meses en el claustro –hasta que entrara alguien más a reemplazarlo en el puesto de recién llegado– lo tenía en una situación más que indeseable. Para él era evidente que lo espiaban todo el tiempo, y sus acciones seguramente eran milimétricamente medidas. Nada parecía ser más importante en el mundo a que él tuviese un mechón de pelo untado con tiza, ni siquiera que el hombre de la cooperativa acosara a las niñas todo el tiempo, acorralándolas muchas veces contra las paredes simulando un juego, pero con una actitud claramente lasciva o que la directora, que según muchos era su esposa, ignorara esto y se preocupara más por regar las matas que invadían todos los corredores. Es posible que si algún día la mujer hubiera encontrado al hombre de la cooperativa recostando a una de las niñas contra una de las matas, los habría espantado quejándose del daño que le hacían a la pobre planta.
Aún con el claro conocimiento de que sus acciones serían juzgadas de forma severa, y hasta irracional, mientras no fuera desplazado de esa injusta posición de novato, él no se mostraba tan sigiloso y calculador como debiera. En su habitación había decorado las paredes con varios dibujos hechos a lápiz por los muchachos e incluso por él mismo, cosa que estaba terminantemente prohibida, a no ser que estos dibujos reprodujeran la cara de un santo o algún miembro de las directivas; pero no, los suyas tenían figuras producto de la imaginación, cosas como animales y paisajes, que ya casi nadie recordaba correctamente, por lo que los transformaban un poco en el dibujo.
No era este el único secreto que guardaba. Odiaba la comida del claustro, por lo que sostenía relaciones ilegales con el músico, el cual, por ser el único que tenía contacto frecuente con el exterior, podía traficar con algunas cosas como alimentos, que por dudosa que fuera su procedencia y calidad, no podían ser de peor sabor que los que se comían en el claustro. Así que Pheso corría un gran riesgo cada vez que gastaba una parte de sus reducidas ganancias en esos alimentos, pero no le importaba, pues sentía que se enfermaría terriblemente si seguía recibiendo lo que le daban de comer allí.
Su otro secreto podía guardarse mas fácil y era en verdad más inocente, aunque a él lo atormentaba más. A pesar de que había sido extremadamente cuidadoso en relacionarse con los muchachos, manteniendo siempre una distancia prudente y evitando al máximo encontrarse con la mirada de alguno de ellos, no pudo esquivar los penetrantes ojos de alguien en particular. Una de las niñas lo intrigaba seriamente, había descubierto varias veces sus ojos clavados en él, con un gesto que lo humillaba pero que le resultaba atractivo. La niña bajaba el mentón, inclinaba la frente hacia él y lo señalaba con sus fuertes cejas, lo miraba a través de ellas, pero a pesar de que sus ojos podían sugerir algo maligno, el resto de su rostro parecía estar en completa tranquilidad, casi como si durmiera, la totalidad de su expresión daba la impresión de un bebé que sueña con algo que le incomoda.
Pero no era sólo eso, Pheso no podía ocultarse del todo que la niña era hermosa. Sus cejas profundas, sus ojos llenos de voluntad, su boca inmensa con los labios demasiado sensuales para su edad, a pesar de que siempre estaban partidos y algo resecos, eran un imán para la vista. La niña lo atraía sin que generara alguna acción en él. Pheso se mantenía casi sin dirigirle la palabra, pero eso no evitaba que se cuestionara constantemente sobre su actitud, su tendencia a favorecerla, aunque no lo llevara a hechos. Sin embargo, estaba decidido a salvarla si alguna vez la veía en las garras del hombre de la cooperativa, pero esto nunca había pasado, lo que lo hacía en cierta forma admirarla por mantenerse al margen de los vicios del claustro, aunque sabía que no dependía tanto de ella sino de una extraña suerte que la protegía.
Así pues, sus pecados estaban ligados a las pocas personas del claustro que en verdad quería ver, por lo que difícilmente encontraría un escondite satisfactorio entre todas esas confusas paredes, esos inexactos corredores, esas gradas retorcidas y demasiado estrechas como para saber a dónde llevan.
El claustro estaba conformado por varios edificios que se entrecruzaban en algunos de sus niveles, por lo que no quedaba claro su número; y por un número igual de indeterminado de patios, pues al no estar divididos por fronteras claras en sus cuatro lados tampoco se podían enumerar sin caer en discusiones y ambigüedades. Pheso recorría diariamente estos patios buscando un lugar a salvo, ya fuera para comerse un bocado de la comida que traficaba con el músico o para simplemente tener un instante de paz y soledad. Esto para las directivas podría resultar como un claro indicio de que algo trataba de ocultar, pero Pheso esperaba que se entendiera como un simple gesto huraño, lo cual sería menos grave. Varias veces, cuando estaba en este proceso de fuga, veía abrirse la ventana del último piso de uno de los edificios en uno de los patios, pero nunca había podido relacionar esa ventana con ningún lugar al que hubiese podido entrar, así que se debía tratar de un lugar desconocido, al que se debía llegar por alguna parte que aun no había encontrado, lo que era realmente inconcebible, pues en esas largas tardes en las que se encontraba completamente desocupado, o con ocupaciones que aplazaba hasta que ya fuera inevitable darles tiempo, había caminado por todos los recovecos del lugar, que eran muchos, dadas las extrañas condiciones de la estructura, que cada vez le parecía más hecha a retazos, como si varias civilizaciones hubieran puesto sus manos sobre ella marcando su especial sello. Sin embargo, a pesar de eso, la arquitectura y los decorados no dejaban de tener una terrible uniformidad, que en medio de la falta de planeación, resultaba insoportable.
Esa ventana que se abría se convirtió en una de sus fijaciones, tenía que saber en qué lugar se encontraba, y descubrir quien era el que la abría, pues le parecía muy sospechoso que alguien abriera una ventana y nunca se asomara por ella, más cuando en el claustro habían muy pocas ventanas y todas parecían estar clausuradas.
Así que Comenzó una pesquisa detallada, desechando los lugares que no podrían acceder a ese lugar, por ser demasiado conocidos o demasiado alejados. En las noches perfeccionaba un plano de las instalaciones, que nunca lo dejaba del todo satisfecho, pues no daba a concretar las proporciones, y siempre los pasillos terminaban desembocando en donde no debían. Llegó a pensar que su plano debería ser la correcta elaboración del edificio, y que era la realidad la que tenía serios errores, pero como la ventana que se abría quedaba en la realidad, debía descubrir su ubicación en ella y no en su plano.
Al fin desechó la idea de encontrar la entrada al lugar oculto de forma racional y se dedicó al tanteo, pero de esta forma no tuvo mayores éxitos. Siempre llegaba a un lugar en el que no había como más seguir, aunque sus cálculos lo hicieran pensar que el piso misterioso debía estar al subir las siguientes gradas que nunca estaban ahí.
Preguntarle a alguien habría sido completamente imposible, no se atrevía a hablar del tema con nadie. Comenzando, sería muy incomodo explicar la razón de su búsqueda, tendría que hablar de sus escapadas a comer y de la ventana abierta; además, no sentía que podía confiar esa curiosidad a nadie. El músico se había mostrado muy amable con él todo el tiempo, y sentía que era la única persona que parecía ver las cosas como él las veía, pero le resultaba una persona demasiado simple como para acoger su curiosidad sin hacer una mueca de extrañeza y sin que despertara serias sospechas sobre él. De esta forma era la última persona con la que podría hablar del tema, pues no podía perder la confianza del único que parecía no estar espiándolo todo el tiempo.
Claro que no se confesaba del todo la otra razón para no hablar con el músico del tema. Jamás se había explicado las razones que permitían al músico salir del claustro. Tampoco podía estar seguro que la amabilidad de éste no respondiera a un mero interés monetario. Es más, no existía forma de comprobar que las directivas no estaban ya enteradas de todos los negocios que hacía el músico y que únicamente lo mantuvieran allí como una trampa para todos los residentes en el claustro, para probarlos, prueba que él había fallado rotundamente. Claro, sin la tentación no se podría saber quién caería en ella. ¿Y si el músico estaba de acuerdo con las directivas?
Resultaría cosa de comedia, si no es porque sucedió dentro del claustro, decir que la suerte de Pheso cambió inesperadamente. Pero no cambió a manera de giro, lo cual supondría que se mantendría el mismo eje, simplemente era otra cosa distinta, otra esfera de su destino, que no estaba marcado, sólo se creó espontáneamente. Un día, caminando por un corredor algo habitual en el que ya nada despertaba su interés, se encontró una escalera de madera recostada contra una pared.
Empezó a trepar las escaleras que parecían estar allí por casualidad, sin ninguna finalidad aparente, pero que conducían precisamente a una claraboya que carecía de teja o vidrio protector. Al llegar al final de las escaleras tuvo que colgarse de las barras de madera de la claraboya y subir con la fuerza de sus brazos que en un principio creyó insuficientes, pero que le bastaron en buena medida para asomarse y descubrir que todo un corredor, con piso en madera y varias puertas a los lados, se extendía por unos veinte metros hasta el fondo. Descansó sus brazos apoyando sus pies nuevamente en la escalera, y tomó más impulso esta vez para subir de un sólo jalón hasta el piso del corredor. Lo logró mandando su cabeza hacia el frente y entró dando un bote a ese pasaje oculto al que posiblemente no deseaban que entrara, pero no reflexionó demasiado en eso. Se puso en pie, miró por la claraboya hacia abajo y notó la dificultad que depararía regresar a la escalera. Es más, la escalera podía desaparecer, pues alguien debió dejarla olvidada, así que era muy posible que regresaran por ella y ya no estuviera, lo que lo pondría en una de las situaciones más desesperadas a las que se hubiera enfrentado en el claustro, pero no le importó, pues supuso que estaba en el lugar que tanto había buscado.
Caminó hasta el final del corredor despreciando todas las puertas que estaban a los lados, sólo le interesaba la última, la que estaba en el fondo, pues esa tenía que ser la que lo llevaría a ese cuarto tan esperado. Al llegar frente a la puerta giró la perilla y empujó la puerta con lentitud, evitando tumbar lo que pudiera estar al otro lado, pero no había nada.
Al entrar al cuarto descubrió que la única luz que existía provenía de la ventana que iluminaba apenas el piso aledaño a ella y que estaba cubierto de objetos antiguos de función imprecisa, seguramente algún día la tuvieron, pero ahora ya no servían para nada dentro del claustro. Todo el resto del cuarto estaba a oscuras, pero sabía que había alguien, por lo que no se asustó demasiado cuando escuchó esa voz cansina y bastante maltrecha,
—Sabe bien que no debería estar aquí… Aún así es bienvenido y podemos conversar un rato antes de que se tenga que marchar nuevamente.
—No sabía que había lugares prohibidos en el claustro para los maestros.
—Usted bien lo sabe, nadie lo especificó seguramente, pero usted lo sabe y eso es suficiente para que lo ponga en problemas.
—Ese caso, ¿debería irme ya?
—Ya está aquí, si se queda un rato no ahondará la falta.
Ya los ojos de Pheso se acostumbraban a la oscuridad del cuarto y empezó a reconocer la figura del viejo que estaba sentado en medio del cuarto. Podía percibir que a pesar del estado de abandono del cuarto, el viejo no estaba tan mal trajeado, parecía un indigente recién acicalado y con trajes usados que le habían regalado.
—En ese caso me quedo, pero no sé exactamente de qué deberíamos hablar, no estaba preparado para este encuentro.
—Es lamentable, pues supuse que podríamos tener una charla amable, pero descubro que no va a ser así, usted se guarda sus cartas, así que yo también guardaré las mías.
Un pequeño movimiento en la penumbra hizo que Pheso fijara su atención en un punto de la habitación y descubriera allí a la niña de los labios partidos. Eso lo confundió más que todo lo que le había sorprendido en el claustro. Estaba realmente aturdido, estuvo a punto de preguntar bruscamente que hacia esa niña allí, pero se contuvo.
—Perdón si lo decepciono, pero no sé de que cartas habla. No sé si buscaba este encuentro, en todo caso he llegado aquí por accidente y esa es toda la verdad.
El viejo guardó silencio y tomó una postura de encogimiento, como si su charla ya hubiera terminado y sólo esperara que su interlocutor se marchara. Así que a Pheso no le quedó de otra que fijar su atención en la niña.
—Tranquila, salga de ese rincón. Ya la he visto. No le voy a contar a nadie que estaba aquí.
La niña de los labios partidos salió del rincón con un movimiento demasiado brusco, con la alegría del que se halla entre una multitud esperando escuchar su nombre de entre muchos otros nombres y efectivamente lo escucha.
El viejo volvió a la actitud de conversación.
—Es curioso, porque también ella podría decirle lo mismo.
La niña se detuvo justo en medio de Pheso y el viejo, miró a Pheso con cierto saludo despiadado y luego fue a colocarse de rodillas junto al viejo, recostó uno de sus brazos sobre las piernas del viejo, que ahora, mirándolas bien, parecían inertes. Este gesto enfureció a Pheso, aún más tras ver la expresión de la niña que inclinó levemente la barbilla hacia atrás y lo miro fijamente con ese gesto que tanto lo inquietaba en las clases, pero contuvo esa furia, una vez más tenía que mantener la calma.
—Tiene toda la razón, claro está que aún no hemos aclarado cuál es nuestra falta.
—Usted lo sabe, de lo contrario no le habría prometido guardar silencio.
Pheso miraba a la niña tratando de encontrar alguna complicidad en ella, pero no había suficiente luz para descubrir su gesto de forma minuciosa, la penumbra le daba un toque de perversidad a las cuencas de sus ojos.
—De acuerdo, usted debe llevar más tiempo aquí, tal vez me sería útil recibir algunas explicaciones de usted.
—Bueno, en eso esta equivocado. Sí, llevo muchos años viviendo en el claustro, pero desde hace bastante tiempo no estoy enterado de lo que sucede en su interior. Yo fui maestro, como usted, y como usted estuve bastante inadaptado un tiempo. Pero tranquilo, todos terminamos por acostumbrarnos al orden. Míreme, ahora ya estoy retirado.
—Pero, ¿cómo es que no decidió irse? ¿Acaso no le permitieron salir? ¿Es posible que lo hayan encerrado…?
—No se altere. ¿A dónde quería que fuera? Nadie me retiene aquí, ¿acaso usted esta aquí por la fuerza? Aparte del hombre que está en la portería, ¿quién más podría detenerlo? Y no creo que él sólo baste para hacerlo.
—Entonces… ¿Por qué nunca se fue?
—Eso ya perdió importancia, ahora estamos hablando de usted, ¿se siente atrapado?
—No es eso, no es que yo me sienta atrapado o que quiera salir, simplemente quiero entender cómo funciona el claustro.
—Lo que hay para entender lo sabe ya, no hay nada oculto, lo que le resultará útil para su estadía aquí es lo evidente, indagar en lo que está detrás sólo lo perderá y no lo llevará a nada.
—Debo pensar que usted recorrió ese camino y fracasó.
—Se sigue equivocando. No digo porque me haya sucedido, sino porque me funcionó lo contrario.
—Entonces, ¿cómo está tan seguro que nada se oculta en el claustro? Yo siento que todo es fachada, que lo sustancial no lo sabemos.
—Grave error, es un desvarío muy propio de la juventud, pero no por eso menos peligroso. Le repito, el secreto del claustro es vacío.
Pheso comenzó a molestarse, contuvo su siguiente pregunta, que pensó que podía ser la definitiva y miró a su alrededor. Al ver que la luz ya casi no entraba por la ventana entendió que sus ojos se habían acostumbrado demasiado a la oscuridad y no se dio cuenta de que se hacía de noche. No pudo entender cómo se había relajado tanto y había permitido que esta conversación se extendiera durante tanto tiempo. A decir verdad, tenía la impresión de haber estado allí un par de minutos, pero evidentemente había permanecido en ese cuarto por horas. Pensó en las escaleras y en si todavía estarían en el mismo lugar, así que se decidió a despedirse.
Su impaciencia debió resultar muy obvia porque el viejo bajó la cabeza y le dijo, casi con voz de quien está a punto de dormir,
—Sí, creo que ya debería marcharse, espero que algún provecho sacara de esta conversación.
No era el momento para conclusiones. Miró a la niña esperando en ella algún indicio de querer acompañarlo, pero estaba inmutable, así que salió pronto de ahí. No se despidió, pues pensó que el anciano ya había cerrado toda posibilidad para pronunciar otra palabra. Corrió por el corredor y encontró la escalera en donde había quedado, pero ahora parecía parte del mobiliario, siempre debió estar ahí, y estaría cada vez que quisiera regresar, pero por ahora no juzgo necesario hacerlo, tenía que irse. No era éste un hecho que se encadenara con los demás hechos de su vida en el claustro, había sido una desviación insensata.
Se descolgó por la claraboya y, a pesar de que se lesionó levemente uno de los hombros, se sorprendió de la facilidad con la que puso sus pies sobre las escaleras cuando en un principio pensó que sería más difícil regresar al suelo que subir a aquel corredor. A lo mejor era la premura que lo hacía mas ágil o era simplemente un mensaje que le decía: nada tenía que ir a hacer allá.
La certeza de que esta visita lo perdería no le daba descanso. ¿Para qué fue a ese lugar? ¿Acaso quería una salida? Tal vez la única forma para salir del claustro era ser despedido. Pero esa no era una salida, esa era una expulsión, y así no encontraría alivio. La llamada de la dirección era inminente, ahora sólo tenía en su porvenir una larga espera.