jueves, 27 de septiembre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 2 EL HOMBRE EN LA HABITACIÓN

 

Las escaleras del edificio estaban pobremente iluminadas, casi no se notaba que la pintura de las paredes se caía a pedazos y que el suelo estaba recubierto de una capa espesa de mugre apelmazado en grasa, pero que de tanto ser pisada ya no era viscosa, todo lo contrario, parecía ser que el piso fuera diseñado así desde un comienzo.


Pollock caminó sosteniéndose en los muros de las escaleras, a ratos parecía que era para no caerse y a veces parecía acariciar las paredes como buscando el interruptor. Al fin llegó a la puerta que consideró la correcta y la empujó levemente para comprobar si aún estaba abierta. Lo estaba. Entró al mismo tiempo que iba moviendo la puerta, como un mal actor que no sabe entrar naturalmente a un recinto.


Inmediatamente lo sorprendió la presencia de Helen, venía a buscarla pero no esperaba encontrarla tan fácil. Seguro ella lo estaba esperando, pues estaba de pie en la sala. Lo único contradictorio era que ella no miraba hacia la puerta, sino a una de las esquinas contrarias de la sala. ¿Conque ahí estás? Dijo Helen sin girarse, y le siguió una retahíla de imprecaciones sin mucho sentido, todas ellas hechas sin mirarlo. Helen se mantenía en su posición inicial, dándole ligeramente la espalda a la puerta, mirando fijamente hacia una de las esquinas, como si hubiera alguien allí y fuera a ese alguien al que le hablara, seguramente había alguien allí, sólo que Pollock no alcanzaba a verlo por la penumbra en la que estaba la sala.


¿Para dónde vas ahora? ¿Hay una historia que ahora me vayas a contar? Lamentablemente no, Pollock no tenía nada que decir, sólo regresó porque no encontró nada mejor que hacer. ¿No supo a dónde ir? ¿Qué caso tenía regresar? Pero ya lo había hecho, y ahora estaba obligado a darle fin a esta cuestión de cualquier forma. Si se quedaba en silencio por un momento podía intentar que alguien más decidiera como seguirían las cosas, y ese era su plan, esperaba que Helen y el hombre de la penumbra arreglaran el asunto, sin que él tuviera que mediar, ya había tratado de abandonarlo todo, quería abandonarlo todo, pero había regresado y ahora tenía que ver qué pasaba.


Pero entonces lo peor: Helen empezó a bajar el tono de sus reproches y se quedó callada.


Así terminaría todo, atrapados en esa sala sin poder dar fin, sin poder moverse, congelados como retrato absurdo. Para Helen seguro estaría bien, ella no parecía existir para un futuro, su fugacidad era insoportable, pero Pollock tenía que seguir, ya fuera para adentro, para quedarse y seguir viviendo en la historia de Helen, o ya fuera saliendo de nuevo, intentar no regresar y vivir en su realidad, de la que había regresado por no encontrar nada, pero tal vez si lo intentara de nuevo…


Helen cayó de rodillas, se desvanecía, y Pollock sufría al verla deshacerse, eso lo liberaría, pero no le daría paz, sólo lo enfrentaría nuevamente a las escaleras brumosas y a lo que fuera que existiera más allá de ellas, no, necesitaba darle un final a esto pero con Helen, en ausencia suya todo quedaría en una especie de inconclusión insoportable.


El hombre de la esquina, el que no existía porque la penumbra no lo dejaba ver, apareció, se irguió rasgando la oscuridad y caminó como en un drama burgués, alcanzó a Helen y la ayudó a levantarse, al estar ya ella de pie la tomó de la cintura, con demasiada confianza, con algo de sensualidad que asustó a Pollock, pero que lo hizo hablar con algo de rabia, ¡Ah, ya veo!, ya que están en confianza me despido. ¿Te vas? Helen jamás giró para ver a Pollock a la cara. ¡Ya que están acompañados me voy más tranquilo! Y era verdad, se moría por abrazar a Helen, por quedarse con ella, pero ahora que estaba con el hombre de la esquina podía irse tranquilo, sabiendo que si él nunca regresaba Helen iba a estar segura y nada malo le podría pasar.



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