viernes, 28 de septiembre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 3 EL VECINO DEL AGUJERO EN LA PARED


Junto a la sala, en el apartamento que heredé de mis padres y ellos de mis abuelos maternos, existe un agujero que da al apartamento de junto, o al menos eso pensé siempre, pues jamás me aventuré a asomarme y nadie del otro lado se asomó a mi sala, así que todo quedaba en mera suposición. 


Un día me hallaba escribiendo en la sala una historia sobre hombres sin atributos, inútiles para la vida, pero con demasiadas preguntas por hacer, sobre todo. La sala es el único lugar del apartamento en el que se está confortablemente, el más espacioso y por lo mismo en el que más tardo en aburrirme y sentirme asfixiado. Cuando esto ocurre, porque me ocurre siempre y en cualquier lugar, hasta en la sala, debo salir a dar una caminata, pero después de dar la caminata ya no quiero escribir más. Todo eso sucedió ese día, y al final, terminé sentado en la sala, mirando el computador, sin deseos de tocarlo.


En eso apareció un hombre a través del agujero en la pared. Me sorprendí, porque más que un agujero, parecía una ruina de la segunda guerra mundial, por lo que el hombre, que me resultaba bastante entrado en años, tuvo que dar un paso muy alto para llegar a mi sala, y por lo elegante y enclenque  del hombre, todo era un poco cómico.

—Buenas tardes, vecino —me dijo.

El viejo era un tipo con cierta añeja sofisticación, tenía un acento curiosamente clásico, y toda su ropa parecía utilería de película ambientada en un pasado reciente, de su brazo colgaba una sombrilla con una representación de un animal desconocido, posiblemente fantástico, en el mango.


Conversamos un rato, pero toda la conversación fue tan cotidiana que casi ni existió, no podría reproducir ni una palabra porque no la recuerdo, pero sería fácil reproducir una conversación muy similar a lo que fue por ser tan corriente. Mientras hablábamos, el imprevisto personaje se fue acercando a la puerta de mi apartamento, por lo que supuse que la razón de su visita iba más allá de un simple gesto de cortesía con un vecino con el que posiblemente había convivido años o décadas, misterio irresuelto, y al que nunca había saludado. Comencé a pensar que había algo mal en él, algo que lo había empujado a mi apartamento, pero nada me daba un indicio de qué era aquello.


Cuando llegamos a la puerta dudé un momento en si sería correcto abrirla. Su actitud durante toda la conversación me hacía pensar que quería llegar a la puerta para salir, pero ahora que estábamos junto a esta, sentía que si la abría sin que él lo pidiera podría parecer una grosería, así que nos quedamos parados en silencio. Hubo como un paréntesis, como si el amable vecino desapareciera y fuera reemplazado por un desconocido con expresión de maniquí y yo ahora no fuera el anfitrión sino un tipo perdido en una fiesta en la que no conoce a nadie y sólo desea que se vaya la luz para poder escapar sin ser notado.


Decidí abrir la puerta y la fluidez regreso, el vecino empezó a sonreír y a hablar mientras salía del apartamento, al final me dijo lo único por fuera de la rutina acordada en toda esa situación. No porque realmente estuviera por fuera, sino que al fin preste real atención.

—Me gustaría que conociera a mis hijas, ellas viven conmigo en el apartamento —y se despidió mientras se alejaba por las escaleras.


Pasé los días siguientes pensando en las hijas del vecino, me sentaba en la sala pretendiendo escribir, pero en  verdad sólo intentaba escuchar qué sucedía al otro lado del agujero en la pared, tal vez oír la voz del vecino o de alguna de sus hijas para así poder asomarme a saludar, pero esto era poco lógico, ya que llevaba toda mi vida viviendo en ese apartamento y nunca había escuchado nada del otro lado, así que no tenía por que empezar a escucharse ahora.


La invitación del vecino había sido demasiado imprecisa, no había quedado claro que esperaba de mí. ¿Volvería  a aparecer alguna otra tarde para pedirme que pasara por el agujero, o debía yo algún día tocar a su puerta? Con sus pocas palabras no podía saber cómo sería tomado que tocara a su puerta sin previo aviso. No sabía la hora del día propicia para aparecer, realmente me molestaba la idea de tocar y que no estuviera el vecino, encontrándome así con alguna de sus hijas que desconocían por completo mi existencia y la conversación que sostuve con su padre, por lo que me hallaría en medio de una situación bastante ridícula. Además, tampoco sabía cuál era la puerta indicada a la que debía tocar.


En esos días hice mis observaciones en las escaleras del edificio, pero todas mis conjeturas me llevaban a concluir que el acceso al apartamento del vecino no era por esas escaleras, tenía que pertenecer a uno de los edificios aledaños, pero ninguno de los edificios aledaños parecía colindar con mi pared, pues según mis observaciones de todos estos años, se comunicaba con el vacío.  Así pues, mi único contacto con el vecino era el agujero en la pared. 


No sé qué motivación habría podido existir para que un caballero tan recto se atreviera a cruzar el agujero con total naturalidad, pero era obvio que sus hijas lo desaprobaban y por lo mismo no podía yo regresarle su atención. No sé cuántas hijas eran, pero me imaginaba a decenas de vírgenes hermosas en bata y con el cabello alborotado, corriendo alocadas por el terror que despertó en ellas un hombre que irrumpió en su apartamento sin permiso. Huir como un ladrón, anulando para siempre mi posibilidad de visitar las hijas del vecino, me daba pánico.


Tantas dificultades me permitieron encontrar alivio olvidando al vecino y su familia. A los pocos días regresé a mis labores con normalidad, incluso escribí una historia inspirada en aquel elegante hombre y después lo saqué del todo de mi cabeza por un tiempo. La historia trataba sobre la relación entre un joven marinero y la hija de un despiadado comerciante. La figura demoníaca del comerciante golpeaba a sus esclavos con un bastón que tenía la figura de un animal fantástico en su mango. Al revisarla , días después de haberla escrito, me vino otra vez a la cabeza el vecino, pero habían desaparecido sus rasgos de amabilidad y sólo me quedaba ese rudo silencio en el que se había mantenido tras su visita. Pensé que era una desfachatez de su parte invitarme a conocer sus hijas y después desaparecer.


Comencé a sentir rencor hacia él, como si fuéramos grandes amigos y de pronto me hubiera abandonado por la razón más nimia, o porque nunca sintió una verdadera amistad por mí. Lo vi como un hipócrita que sólo sonreía para agradar a la gente que en el fondo despreciaba. Toda esa conversación vacía que habíamos sostenido me resultaba desagradable, como si en ella hubiera sacrificado mis principios más sagrados, y fue eso lo que a lo mejor hice.


Empecé a reflexionar por primera vez sobre aquella tarde. Me detuve en aquellos detalles que no había considerado. ¿Sabía el vecino que yo estaría en mi apartamento o por el contrario esperaba encontrarse solo? Él no se detuvo mucho tiempo a hablar conmigo y después partió haciéndome esa desdibujada invitación. ¿No serían sus supuestas hijas no más que un elemento para distraer mi atención? ¿Acaso era la primera vez que había ido a mi apartamento? Esa reflexión me aterrorizó. Imaginarme a un extraño paseando a sus anchas por mi hogar me resultaba asfixiante, lo suponía sentado en la sala leyendo mis escritos con gesto burlón. ¿Y si había manipulado alguna historia? 


Esa tarde me senté a releer mis escritos de los últimos años, al menos aquellos a los que les adjudicaba algún valor. Descubrí que no podía recordar si yo había escrito lo que leía. En algunos casos recordaba la narración y los hechos sucedidos en ella, pero sentía ajenas las palabras, como si leyera una historia que alguien me había contado, pero habían casos peores en los que ni siquiera recordaba la trama, no tenía el menor recuerdo de haber escrito algo así.


Esa completa sensación de enajenación no me dejaba nada claro. No podía afirmar que el vecino hubiera escrito esas historias, pero tampoco podía estar seguro de haberlo hecho yo.


Descubrí, por una especie de liberación mental, que jamás había escrito una línea de la que estuviera seguro, que pudiera decir con certeza que me reconozco en ella. ¿Y ahora qué hago con todo lo escrito tras este descubrimiento? No sirve para nada, al menos no a mí.


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