La luz de los salones canta sin ganas,
y el sol no le hace coro,
el eco se esconde en un rincón
para que no lo llamen al frente,
mil jesucristos
castigados por ser hijos de alguien,
se les crucifica en su puesto,
se hace escarnio público
de sus cuerpos masacrados
hasta que aprendan
a hacer escarnio de alguien.
Las venas se vacían
y se llenan de códigos
inapelables,
se cumple la condena de muerte
y al cadáver se le permite vivir,
como un favor.
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