Otra noche como todas. Me tomo una copa de brandy barato para aflojar la garganta, espero mi turno y salgo a contar unos chistes mediocres para un público de borrachos y mujeres feas y, por ende, solitarias. No puedo ser como ellos. En mis días malos, siento que soy su justa medida, pero no, yo tengo algo especial, soy verdaderamente diferente, y ese es mi secreto. Termino la función y salgo a perseguir una mujer que me resulte algo atractiva para morder su cuello. Al principio era excitante, pero ahora es sólo un proceso alimenticio, ya no importa si es bella o si he puesto mi atención en ella, sólo las veo como un dispensador ambulante de líquido necesario, es eso, sólo necesidad. Creo que alguna noche terminaré mordiendo a un hombre, aunque siempre me ha desagradado la idea, pero…
¿Qué hago aquí? Detesto este bar, detesto a la gente que lo frecuenta, detesto al hombre de la barra, detesto al hombre ese de la tarima, detesto sus chistes, si es que a ese perdido estilo de desvariar sandeces se le puede llamar humor, detesto su forma de hablar, detesto su extremado ego, se siente superior al público que asiste al bar a escucharlo, lo sé, parezco ser la única que se da cuenta, piensa que no se lo merecen. Estoy cansada de verlo, pero es inevitable que salga a caminar en las noches y termine tomando una cerveza en el mismo lugar, no sé que me atrae de este antro de perdedores sin gracia, pero siempre termino aquí, como si la decisión no dependiera de mí, ¿Qué pasa conmigo?… Él es mi mejor amigo, es la única persona que me habla, así le paguen para hacerlo, la conversación más importante que tengo en el día es escuchar sus chistes.
Raúl no acostumbraba ponerse sacos de cuello de tortuga, se sentía muy serio, y él siempre había detestado la seriedad, le parecía una de las principales características de un hombre mediocre, su vida entera la había pasado luchando contra la banalidad del mundo, de una forma tan sistemática y consciente que caía en lo insoportable. Pero después de lo del incidente en el que se le creyó muerto sintió la necesidad de vestirse más solemnemente. A partir de ese día, el hecho de usar un atuendo que no acostumbraba, lo hacía sentirse un ser distinto. Dejó la universidad y con el tiempo abandonó por completo su vida social, nunca se le volvió a ver de día, ahora sólo usaba sacos oscuros con cuello de tortuga.
—Ahora, para ustedes, Raúl Dacevich.
—Buenas noches…eso fue un chiste, nadie aquí está pasando una buena noche, la última buena noche que pasó gente como ustedes fue cuando sus madres les dijeron que eran muy lindos y que triunfarían en la vida, lo peor fue que ustedes lo creyeron. (no hay ni una risa) ¡las madres! Recuerdo que mi mamá, cuando tuve mi primera novia, dijo que esa muchacha tenía mucha suerte, y es curioso que mi madre fuera tan sabia, pues ella terminó su relación conmigo a los dos días y un mes después se casó con un magnate petrolero. (no hay risas, ya no importa) Las mujeres, vaya si nos gusta hablar de las mujeres (¿quién es ella?) son el motivo de la vida de muchos hombres, y vaya que hay vidas vacías. (sus ojos, desde hace tanto no me encontraba con una mirada, es tan extraño sentir que alguien me siente presente, no puedo dejar de mirarla, ¿Qué pasa?) Tuve otra novia, pero comencé a dudar de su amor cuando comenzó a cobrarme por sus servicios (no te levantes, no te vayas, no me dejes otra vez solo), vaya si me dolió, incluso traté de suicidarme, y descubrí cosas tan interesantes como que la sobredosis de arroz con leche no mata pero da una diarrea. (tu silueta me es tan familiar, como si la hubiera soñado, no quiero que te vayas, pero me gusta verte caminar entre las mesas, tratando de ignorar a todos, haces como si nadie estuviera. Sales por la puerta, ¿Qué hay afuera que te impide quedarte? ¿Acaso tienes una vida? Quisiera tomar un café contigo en la madrugada y contarte que estoy muerto, pero no puedo, ¿A dónde vas, silueta sin nombre?) Muchas gracias.
Conseguir un trabajo en la noche no fue tan difícil para Raúl, al contrario, sentía cierta excitación respecto a todo, comprar una cortina oscura, pintar las paredes de su habitación de azul oscuro, dormir en el día, y lo mejor, salir de su casa a la hora en que todos se meten como ratas asustadizas a sus repulsivamente cómodos agujeros. Lo que más le ocupaba la cabeza era el gesto que iba a utilizar para mirar a la gente de ahora en adelante. Soltaba carcajadas entrenando frente al espejo, una elevación de ceja por aquí, una mueca burlona en los labios por acá, hasta que un día decidió no mirarse más en el espejo.
¿Qué estas haciendo? No me mires, es más fácil así, sólo podemos hablar si no sabes que estoy aquí, tengo que irme, tengo que irme, no le tengo permitido a la gente acercarse tanto a mí, y mucho menos si es con la mirada.
Podría seguirte hasta tu casa, presentarme en la puerta y pedirte que me dejaras pasar, contártelo todo, así no me creyeras, y luego quedarme a tu lado, por siempre, sin nunca poder ver un amanecer juntos, podría, podría, claro que podría, desde que estoy muerto puedo hacer lo que quiera, pero mejor sólo vigilaré la puerta de tu casa para cuidarte de los peligros de la noche.
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