de una moneda,
o creer en la luz de la luna.
Otra noche como todas. Me tomo una copa de brandy barato para aflojar la garganta, espero mi turno y salgo a contar unos chistes mediocres para un público de borrachos y mujeres feas y, por ende, solitarias. No puedo ser como ellos. En mis días malos, siento que soy su justa medida, pero no, yo tengo algo especial, soy verdaderamente diferente, y ese es mi secreto. Termino la función y salgo a perseguir una mujer que me resulte algo atractiva para morder su cuello. Al principio era excitante, pero ahora es sólo un proceso alimenticio, ya no importa si es bella o si he puesto mi atención en ella, sólo las veo como un dispensador ambulante de líquido necesario, es eso, sólo necesidad. Creo que alguna noche terminaré mordiendo a un hombre, aunque siempre me ha desagradado la idea, pero…
¿Qué hago aquí? Detesto este bar, detesto a la gente que lo frecuenta, detesto al hombre de la barra, detesto al hombre ese de la tarima, detesto sus chistes, si es que a ese perdido estilo de desvariar sandeces se le puede llamar humor, detesto su forma de hablar, detesto su extremado ego, se siente superior al público que asiste al bar a escucharlo, lo sé, parezco ser la única que se da cuenta, piensa que no se lo merecen. Estoy cansada de verlo, pero es inevitable que salga a caminar en las noches y termine tomando una cerveza en el mismo lugar, no sé que me atrae de este antro de perdedores sin gracia, pero siempre termino aquí, como si la decisión no dependiera de mí, ¿Qué pasa conmigo?… Él es mi mejor amigo, es la única persona que me habla, así le paguen para hacerlo, la conversación más importante que tengo en el día es escuchar sus chistes.
Raúl no acostumbraba ponerse sacos de cuello de tortuga, se sentía muy serio, y él siempre había detestado la seriedad, le parecía una de las principales características de un hombre mediocre, su vida entera la había pasado luchando contra la banalidad del mundo, de una forma tan sistemática y consciente que caía en lo insoportable. Pero después de lo del incidente en el que se le creyó muerto sintió la necesidad de vestirse más solemnemente. A partir de ese día, el hecho de usar un atuendo que no acostumbraba, lo hacía sentirse un ser distinto. Dejó la universidad y con el tiempo abandonó por completo su vida social, nunca se le volvió a ver de día, ahora sólo usaba sacos oscuros con cuello de tortuga.
—Ahora, para ustedes, Raúl Dacevich.
—Buenas noches…eso fue un chiste, nadie aquí está pasando una buena noche, la última buena noche que pasó gente como ustedes fue cuando sus madres les dijeron que eran muy lindos y que triunfarían en la vida, lo peor fue que ustedes lo creyeron. (no hay ni una risa) ¡las madres! Recuerdo que mi mamá, cuando tuve mi primera novia, dijo que esa muchacha tenía mucha suerte, y es curioso que mi madre fuera tan sabia, pues ella terminó su relación conmigo a los dos días y un mes después se casó con un magnate petrolero. (no hay risas, ya no importa) Las mujeres, vaya si nos gusta hablar de las mujeres (¿quién es ella?) son el motivo de la vida de muchos hombres, y vaya que hay vidas vacías. (sus ojos, desde hace tanto no me encontraba con una mirada, es tan extraño sentir que alguien me siente presente, no puedo dejar de mirarla, ¿Qué pasa?) Tuve otra novia, pero comencé a dudar de su amor cuando comenzó a cobrarme por sus servicios (no te levantes, no te vayas, no me dejes otra vez solo), vaya si me dolió, incluso traté de suicidarme, y descubrí cosas tan interesantes como que la sobredosis de arroz con leche no mata pero da una diarrea. (tu silueta me es tan familiar, como si la hubiera soñado, no quiero que te vayas, pero me gusta verte caminar entre las mesas, tratando de ignorar a todos, haces como si nadie estuviera. Sales por la puerta, ¿Qué hay afuera que te impide quedarte? ¿Acaso tienes una vida? Quisiera tomar un café contigo en la madrugada y contarte que estoy muerto, pero no puedo, ¿A dónde vas, silueta sin nombre?) Muchas gracias.
Conseguir un trabajo en la noche no fue tan difícil para Raúl, al contrario, sentía cierta excitación respecto a todo, comprar una cortina oscura, pintar las paredes de su habitación de azul oscuro, dormir en el día, y lo mejor, salir de su casa a la hora en que todos se meten como ratas asustadizas a sus repulsivamente cómodos agujeros. Lo que más le ocupaba la cabeza era el gesto que iba a utilizar para mirar a la gente de ahora en adelante. Soltaba carcajadas entrenando frente al espejo, una elevación de ceja por aquí, una mueca burlona en los labios por acá, hasta que un día decidió no mirarse más en el espejo.
¿Qué estas haciendo? No me mires, es más fácil así, sólo podemos hablar si no sabes que estoy aquí, tengo que irme, tengo que irme, no le tengo permitido a la gente acercarse tanto a mí, y mucho menos si es con la mirada.
Podría seguirte hasta tu casa, presentarme en la puerta y pedirte que me dejaras pasar, contártelo todo, así no me creyeras, y luego quedarme a tu lado, por siempre, sin nunca poder ver un amanecer juntos, podría, podría, claro que podría, desde que estoy muerto puedo hacer lo que quiera, pero mejor sólo vigilaré la puerta de tu casa para cuidarte de los peligros de la noche.
Se dice que al interior de la ciudad existe una ciudad oculta. Es un lugar al que no se puede ir por decisión propia, pero estando ya allí no es posible salir. Parece ser que nadie puede desear entrar, pero aunque se desee no es posible acceder a ella por elección. Por eso todo el que está en ella desea salir, al menos en cierta medida, pero no se sabe de nadie que haya estado allí y que haya salido. ¿Entonces cómo se sabe de la existencia de esa ciudad?: pues no hay nada oculto entre cielo y tierra.
Nadie puede explicar a ciencia cierta cómo funciona el lugar, pero al parecer existen unas reglas que son comunes en todas las habladurías. Las personas que ingresan a la ciudad no son elegidas minuciosamente, ni por una habilidad especial, más bien parece cosa del azar. Más que azar, en lo que consideraríamos algún ápice de predisposición, debemos mejor hablar de un hecho aleatorio, sin un sentido superior al de ser elegido entre muchos.
Ya estando en la ciudad las personas son inmediatamente nombradas en un cargo. Para esto se juzgan las condiciones de la persona, descifrando en ellas la labor que más se les adecúa. Aunque no son explícitos los mecanismos de selección, estos pueden estar basados en el más nimio detalle: los nervios que demuestren al entrar por primera vez, tal o cual manía que tengan en el gesto de sus manos, el tono de voz con el que busquen explicaciones sobre el lugar en el que se encuentran o cómo se relacionan con los otros recién llegados. En general todos actúan de forma muy similar, con cierta desesperación y anonadamiento, pera cada caso es único y ellos sabrán reconocer cuál es la inclinación de cada nuevo ciudadano.
Cuando se hace referencia a ellos es una cuestión bastante confusa. Parece ser que hay uno o varios cerebros detrás de toda la organización de la ciudad, ¿de qué otra forma se podría explicar la existencia de leyes y una organización jerárquica tan fuerte? Pero esta cabeza, la verdadera punta de la pirámide, no aparece por ningún lado, no es que sea invisible, o que se mantenga en la clandestinidad, más bien da la impresión de no existir, pero lo más seguro es que sí exista.
Se puede pensar en la figura de una pirámide, pues a pesar de que todos los que ingresan lo hacen en las mismas condiciones, su situación en la ciudad pronto es muy diferente. Hay quienes en muy poco tiempo están controlando un gran grupo de hombres, y son ellos quienes pasan a velar porque las leyes de la ciudad se cumplan, mientras que otros, sin que haya demasiada queja en esto, son elegidos para ser desarrapados, desposeídos, inútiles para todo oficio práctico y en apariencia por fuera de toda la organización, pero no lo están, así muchos ciudadanos no sean conscientes de ello.
Este grupo de desposeídos son tal vez uno de los más grandes misterios de la ciudad oculta. ¿Por qué decidirían que un grupo de nuevos integrantes de la ciudad no se dedicaran a nada? Muchos dicen que fue un error haberlos incluido en el plan, pero que lo notaron demasiado tarde y ahora les resultaba imposible dejarlos partir, pero otros en cambio, los más paranoicos, afirman que son agentes con mucho poder, incluso más que aquellos que están a cargo de varios hombres, y que están ahí para recordar a todos los demás lo que les puede pasar si no cumplen sus funciones, serían una especie de instructores, o un tipo muy sofisticado de vallas publicitarias.
Aquellos a lo que les son asignados los trabajos más satisfactorios no están necesariamente más a gusto que los que parecen estar en los oficios indeseables. En un comienzo se quejan bastante y parecen sufrir fuertes depresiones, pero a fuerza del paso del tiempo parecen olvidar su inconformidad, no porque su trabajo merme, es más, aumenta, pero ya no les importa. Tampoco podemos concluir por su actitud que ahora estén conformes con sus labores, simplemente ya no hablan de eso, al menos no de forma negativa.
Las labores verdaderamente creativas son muy pocas y en algunos casos lo son en aspectos muy determinados. Por ejemplo, tenemos que una persona encargada de empacar las cajas del correo, al pasar varios meses en esta labor, tiene la libertad de decidir que tipo de doblez utilizar en cada paquete, lo que en un comienzo le alegra mucho su jornada laboral, pero que con el paso de los días comienza a ser insoportable y decide volver al doblez clásico, mandado por la regla, para todos los paquetes. Incluso se habla de la existencia de un chiste al respecto: hay dos tipos de personas, las que hacen las cosas como la regla lo dice porque se ven obligados a esto y los que siguen la regla porque saben que es la mejor forma.
Sin embargo, están contemplados algunos oficios en los que la carga creativa es muy alta, pero estos carecen de funcionalidad. No están conectados con ningún otro proceso de la ciudad y parece que sus productos son nulos o a lo menos inservibles. Tal vez sólo sean una entretención para el que los hace, para que no pierda el juicio y trate de escapar, tal vez sea una especie de tratamiento para caracteres histéricos, egocéntricos o simplemente inestables, que de otra forma no se adaptarían satisfactoriamente a la estructura del lugar.
Se conoce aún mucho menos de cómo se dan las relaciones personales al interior de la ciudad oculta. Debemos suponer que para que toda la organización funcione muchos sentimientos deben ser excluidos del panorama de los integrantes de la ciudad, sobre todo aquellos que impulsarían la asociación entre ciudadanos, pues esta asociación libre puede dar origen a grupos con quejas, lo que sería en demasía incomodo. Las quejas están bien, son deseadas, pero individuales, así refuerza la idea de que cada uno existe como persona y de que las cosas pueden mejorar para cada uno, esto, en cierta forma, por lo que se dice, podría ser una de las columnas de la organización.
El amor sensual, según muchos comentaristas, debe existir de alguna forma, pues sería demasiado restrictivo no permitirlo, resultando peligroso para la calma de la ciudad. Claro que podemos suponer que se carece de sentimientos sublimes o grandes hazañas de amor, más bien se debe dar de forma muy calculada. Al escoger la pareja se deberán tener en cuenta muchas variables que eviten traumatismos en la relación. No podemos dar más información sobre este aspecto, pues no estamos seguros de que exista la fidelidad o los hijos.
La herencia no existe, pues no existe la propiedad, aunque sí es cierto que cada individuo tiene su residencia y defendería con su vida las cosas que están dentro de ella, pero las cosas no son de los individuos, sino de la ciudad, así esta nunca los reclame y permita que cada quien haga lo que quiera con ellas, incluso dejárselas a sus hijos, aunque no se sepa a ciencia cierta si existe la reproducción en la ciudad oculta.
Aparte del amor deben haber otro tipo de divertimentos, pues resultaría absurdo la sola ausencia de estos, pero no hay rumores claros al respecto. Se habla de la existencia de zonas verdes, pero no es seguro que sean usadas. También se sabe de la fabricación de implementos que podrían servir para el juego, pero nada hace pensar que cumplan esa función específica, pues más bien parecen ser vistos como objetos decorativos. De todos modos, es innegable la existencia del juego y la diversión, sólo que no conocemos sus mecanismos.
Así pues, teniendo un oficio, vivienda, todos los insumos necesarios para la vida, amor sensual y divertimentos, se entiende porque nadie ha escapado. ¿Por qué alguien sentiría la necesidad de salir de allí?
Sin embargo, no podemos afirmar con toda certeza que nadie haya tratado de escapar, pues la mayoría de las versiones dicen que la ciudad oculta está organizada físicamente en círculos concéntricos, y ningún ciudadano puede saber en qué círculo se encuentra, qué tan lejos está de la salida. Así que, si alguien trató de escapar, saltó el muro que encierra su zona circular y cayó en un terreno que creyó sin límites, puede que haya concluido que estaba afuera, pero no era así, sólo estaba en un nuevo círculo, un lugar más amplio que el anterior.
Ese día llegó tarde, como siempre. Entonces entendió. Todo vino a él como una revelación. Cada vez que tenía que salir de su casa para ir a cumplir una cita fijada a una hora exacta, se levantaba con el tiempo suficiente para bañarse con agua caliente y durar disfrutando de aquella sensación hasta que se hartaba. Luego se ponía la toalla en la cintura y dejaba orear su cuerpo mientras estaba tirado sobre la cama. Ya totalmente seco, se dedicaba a escoger cuidadosamente la ropa que iba a usar: tenía en cuenta el clima, su interés en la acción que iba a realizar y hasta su estado de ánimo, que generalmente era tranquilo. Ya vestido y acicalado se preparaba una buena comida, para luego sentarse a degustarla con calma. Entonces, a la hora exacta de la cita salía, es decir, si la cita era a las 9:00 a.m., a las 9:00 a.m. salía de su casa. Pero ese día lo entendió todo: al ir de un lugar a otro, no sólo se recorre una distancia espacial, también se recorre una distancia temporal.
El ya había oído hablar de cómo los descubrimientos científicos podían cambiar una sociedad, pero ahora era su vida, esa nueva forma de concebirlo todo no podía dejar intactas sus costumbres. Comenzó a sentir terror por el movimiento, y a pesar de que por un tiempo siguió trabajando en su local de manufacturas que quedaba a unas cuadras de su casa, la sensación de caminar se volvió totalmente fatigante, pues la idea de que recorría dos distancias a la vez, la del espacio y la del tiempo, no le permitía respirar bien.
Cuando avanzaba, y veía cómo se acortaba el camino por recorrer no había problema, pero caminar por el tiempo, cuan difícil le resultaba, sentía que estaba desaprovechando inútilmente sus energías. Al poco tiempo decidió trasladar su taller de manufacturas a su casa. Lo que hace un tiempo le resultaba totalmente inoportuno, ahora le resultaba muy adecuado, y se preguntaba por qué no lo había ideado antes, ¿para qué eso de pagar el alquiler del local, preocuparse por la seguridad de los equipos? y, sobre todo ¿por qué ese total desperdicio de energías trasladándose todos los días a su taller?
Su único empleado no pareció mostrar mayor oposición a este cambio, así que se adecuó la sala para tal fin, y todo resultó bien por un tiempo, pero habían aún muchas funciones que necesitaban del movimiento para ser realizadas. Las relacionadas con las compras de los insumos para la fabricación de las manufacturas tenían un contrato con un proveedor que las llevaba hasta la misma sala, y si se tenía que reducir o aumentar material se acordaba allí mismo. Para la adquisición y manipulación de los bienes de primera necesidad contrató a un criado, el cual de paso servía de mensajero en casos eventuales, en especial los relacionados con compromisos legales que tenía el taller con tal o cual oficina.
Pero para las funciones biológicas no había nadie que pudiera resolverle el problema, así que decidió acomodar el taller de forma que su silla quedara a unos pocos pasos de la tasa del baño, y así mismo a la ducha. La misma mesa que le servía para trabajar era usada para comer, y la silla se convertía en una apenas confortable cama para descansar en las noches. Acomodó el armario con su ropa junto a la pared del baño, y así él dormía entre la tasa y el armario, a su espalda quedaba la ducha y frente a él estaba la mesa, que quedaba justo fuera del baño. El lavamanos estaba en la misma pared de la tasa entre esta y la mesa.
En un principio, el criado tenía la tarea de alcanzarle cualquier cosa que necesitara, pero este no podía estar presente todo el tiempo, así que él dedicó toda su creatividad para diseñar una serie de aparatos que dejaban a su alcance todos los instrumentos tanto de su trabajo como de la vida cotidiana, sin que se creara un caos por la acumulación de dichos instrumentos. Así pues, podía acceder tanto al cepillo de dientes como a un destornillador casi sin mover sus brazos y sin que los objetos terminaran estorbándose mutuamente.
Cuando el criado realizaba el aseo de la casa, cada vez en menor tiempo a medida que se iban clausurando cuartos y corredores, trataba de ignorar el baño hasta que se hacía inevitable. Ese día tenía el criado que hacer mil contorsiones para limpiar los pisos y las paredes sin mover ni uno sólo de los muebles colocados allí, además, el dueño de casa ni siquiera para estas labores de aseo abandonaba su posición en el baño, así que el criado debía pasar baldes y esponjas por sobre la cabeza de su amo intentando por todos los medios no humedecer la mesa de trabajo, o lo que sería peor, al mismo amo.
El único empleado del taller andaba todo el día por la casa casi desocupado, trabajaba muy poco, sólo lo necesario para que no se notara claramente su holgazanería. En ocasiones se sentaba frente a su jefe, al lado opuesto de la mesa, y trataba de hacer la conversación, pero se aburría rápidamente pues su jefe se quedaba callado, asintiendo la mayor parte del tiempo, y sólo hablaba de lo que había escuchado en el pequeño radio que tenía colocado junto a la tasa, no hacía más que repetir lo dicho por los locutores que leían tan fluidamente su libreto. En esos casos, el empleado trataba de seguir discutiendo sobre tal o cual noticia, pero el jefe perdía el interés y volvía a callar de nuevo asintiendo con la cabeza a las palabras de su empleado, o en el mejor de los casos decía: Yo sólo sé lo que oí, mostrando una total apatía. A decir verdad, a él le importunaba terriblemente su empleado y evitaba a toda costa esas charlas, incluso había pensado en despedirlo, pero sabía que necesitaba el trabajo, así que lo dejaba en el empleo, esperando que un día el empleado se fuera por su propia cuenta.
Un amigo suyo fue un día a visitarlo y no pudo contener la risa al ver la adecuación del baño. Esta risa, más que disgusto, generó en él una profunda curiosidad, sin embargo no dijo nada. Su amigo pareció sentirse en la obligación de explicar el motivo de su risa, y dijo que le recordaba una escena de una película de Chaplin llamada Tiempos modernos. Esto nada le dijo a él, por lo que el amigo sintió la necesidad de seguir explicando, dijo que en dicha película a un trabajador de una fábrica le trataban de imponer un dispositivo que le permitía realizar todas sus acciones diarias y tan vitales como comer sin que abandonara su repetitivo trabajo. Después de esta explicación el amigo calló, y él pensó, mientras asentía con la cabeza, que su amigo era una persona muy superficial, que no lograba ver las verdaderas razones, ni la dimensión del asunto. Su diferencia con Chaplin era abismal, sobre todo por algo que no había reflexionado hasta ese momento, y no lo hubiese hecho si su amigo no hiciera esa tonta comparación. En la película le imponían el mecanismo al trabajador, mientras que él lo había diseñado para sí mismo y lo usaba por decisión propia.
Junto a la sala, en el apartamento que heredé de mis padres y ellos de mis abuelos maternos, existe un agujero que da al apartamento de junto, o al menos eso pensé siempre, pues jamás me aventuré a asomarme y nadie del otro lado se asomó a mi sala, así que todo quedaba en mera suposición.
Un día me hallaba escribiendo en la sala una historia sobre hombres sin atributos, inútiles para la vida, pero con demasiadas preguntas por hacer, sobre todo. La sala es el único lugar del apartamento en el que se está confortablemente, el más espacioso y por lo mismo en el que más tardo en aburrirme y sentirme asfixiado. Cuando esto ocurre, porque me ocurre siempre y en cualquier lugar, hasta en la sala, debo salir a dar una caminata, pero después de dar la caminata ya no quiero escribir más. Todo eso sucedió ese día, y al final, terminé sentado en la sala, mirando el computador, sin deseos de tocarlo.
En eso apareció un hombre a través del agujero en la pared. Me sorprendí, porque más que un agujero, parecía una ruina de la segunda guerra mundial, por lo que el hombre, que me resultaba bastante entrado en años, tuvo que dar un paso muy alto para llegar a mi sala, y por lo elegante y enclenque del hombre, todo era un poco cómico.
—Buenas tardes, vecino —me dijo.
El viejo era un tipo con cierta añeja sofisticación, tenía un acento curiosamente clásico, y toda su ropa parecía utilería de película ambientada en un pasado reciente, de su brazo colgaba una sombrilla con una representación de un animal desconocido, posiblemente fantástico, en el mango.
Conversamos un rato, pero toda la conversación fue tan cotidiana que casi ni existió, no podría reproducir ni una palabra porque no la recuerdo, pero sería fácil reproducir una conversación muy similar a lo que fue por ser tan corriente. Mientras hablábamos, el imprevisto personaje se fue acercando a la puerta de mi apartamento, por lo que supuse que la razón de su visita iba más allá de un simple gesto de cortesía con un vecino con el que posiblemente había convivido años o décadas, misterio irresuelto, y al que nunca había saludado. Comencé a pensar que había algo mal en él, algo que lo había empujado a mi apartamento, pero nada me daba un indicio de qué era aquello.
Cuando llegamos a la puerta dudé un momento en si sería correcto abrirla. Su actitud durante toda la conversación me hacía pensar que quería llegar a la puerta para salir, pero ahora que estábamos junto a esta, sentía que si la abría sin que él lo pidiera podría parecer una grosería, así que nos quedamos parados en silencio. Hubo como un paréntesis, como si el amable vecino desapareciera y fuera reemplazado por un desconocido con expresión de maniquí y yo ahora no fuera el anfitrión sino un tipo perdido en una fiesta en la que no conoce a nadie y sólo desea que se vaya la luz para poder escapar sin ser notado.
Decidí abrir la puerta y la fluidez regreso, el vecino empezó a sonreír y a hablar mientras salía del apartamento, al final me dijo lo único por fuera de la rutina acordada en toda esa situación. No porque realmente estuviera por fuera, sino que al fin preste real atención.
—Me gustaría que conociera a mis hijas, ellas viven conmigo en el apartamento —y se despidió mientras se alejaba por las escaleras.
Pasé los días siguientes pensando en las hijas del vecino, me sentaba en la sala pretendiendo escribir, pero en verdad sólo intentaba escuchar qué sucedía al otro lado del agujero en la pared, tal vez oír la voz del vecino o de alguna de sus hijas para así poder asomarme a saludar, pero esto era poco lógico, ya que llevaba toda mi vida viviendo en ese apartamento y nunca había escuchado nada del otro lado, así que no tenía por que empezar a escucharse ahora.
La invitación del vecino había sido demasiado imprecisa, no había quedado claro que esperaba de mí. ¿Volvería a aparecer alguna otra tarde para pedirme que pasara por el agujero, o debía yo algún día tocar a su puerta? Con sus pocas palabras no podía saber cómo sería tomado que tocara a su puerta sin previo aviso. No sabía la hora del día propicia para aparecer, realmente me molestaba la idea de tocar y que no estuviera el vecino, encontrándome así con alguna de sus hijas que desconocían por completo mi existencia y la conversación que sostuve con su padre, por lo que me hallaría en medio de una situación bastante ridícula. Además, tampoco sabía cuál era la puerta indicada a la que debía tocar.
En esos días hice mis observaciones en las escaleras del edificio, pero todas mis conjeturas me llevaban a concluir que el acceso al apartamento del vecino no era por esas escaleras, tenía que pertenecer a uno de los edificios aledaños, pero ninguno de los edificios aledaños parecía colindar con mi pared, pues según mis observaciones de todos estos años, se comunicaba con el vacío. Así pues, mi único contacto con el vecino era el agujero en la pared.
No sé qué motivación habría podido existir para que un caballero tan recto se atreviera a cruzar el agujero con total naturalidad, pero era obvio que sus hijas lo desaprobaban y por lo mismo no podía yo regresarle su atención. No sé cuántas hijas eran, pero me imaginaba a decenas de vírgenes hermosas en bata y con el cabello alborotado, corriendo alocadas por el terror que despertó en ellas un hombre que irrumpió en su apartamento sin permiso. Huir como un ladrón, anulando para siempre mi posibilidad de visitar las hijas del vecino, me daba pánico.
Tantas dificultades me permitieron encontrar alivio olvidando al vecino y su familia. A los pocos días regresé a mis labores con normalidad, incluso escribí una historia inspirada en aquel elegante hombre y después lo saqué del todo de mi cabeza por un tiempo. La historia trataba sobre la relación entre un joven marinero y la hija de un despiadado comerciante. La figura demoníaca del comerciante golpeaba a sus esclavos con un bastón que tenía la figura de un animal fantástico en su mango. Al revisarla , días después de haberla escrito, me vino otra vez a la cabeza el vecino, pero habían desaparecido sus rasgos de amabilidad y sólo me quedaba ese rudo silencio en el que se había mantenido tras su visita. Pensé que era una desfachatez de su parte invitarme a conocer sus hijas y después desaparecer.
Comencé a sentir rencor hacia él, como si fuéramos grandes amigos y de pronto me hubiera abandonado por la razón más nimia, o porque nunca sintió una verdadera amistad por mí. Lo vi como un hipócrita que sólo sonreía para agradar a la gente que en el fondo despreciaba. Toda esa conversación vacía que habíamos sostenido me resultaba desagradable, como si en ella hubiera sacrificado mis principios más sagrados, y fue eso lo que a lo mejor hice.
Empecé a reflexionar por primera vez sobre aquella tarde. Me detuve en aquellos detalles que no había considerado. ¿Sabía el vecino que yo estaría en mi apartamento o por el contrario esperaba encontrarse solo? Él no se detuvo mucho tiempo a hablar conmigo y después partió haciéndome esa desdibujada invitación. ¿No serían sus supuestas hijas no más que un elemento para distraer mi atención? ¿Acaso era la primera vez que había ido a mi apartamento? Esa reflexión me aterrorizó. Imaginarme a un extraño paseando a sus anchas por mi hogar me resultaba asfixiante, lo suponía sentado en la sala leyendo mis escritos con gesto burlón. ¿Y si había manipulado alguna historia?
Esa tarde me senté a releer mis escritos de los últimos años, al menos aquellos a los que les adjudicaba algún valor. Descubrí que no podía recordar si yo había escrito lo que leía. En algunos casos recordaba la narración y los hechos sucedidos en ella, pero sentía ajenas las palabras, como si leyera una historia que alguien me había contado, pero habían casos peores en los que ni siquiera recordaba la trama, no tenía el menor recuerdo de haber escrito algo así.
Esa completa sensación de enajenación no me dejaba nada claro. No podía afirmar que el vecino hubiera escrito esas historias, pero tampoco podía estar seguro de haberlo hecho yo.
Descubrí, por una especie de liberación mental, que jamás había escrito una línea de la que estuviera seguro, que pudiera decir con certeza que me reconozco en ella. ¿Y ahora qué hago con todo lo escrito tras este descubrimiento? No sirve para nada, al menos no a mí.
No es clara la forma en la que fui arrojado a la carretera junto a Susana. Todos los viajeros querían quedarse más tiempo en la playa, mientras que Susana estaba ansiosa por salir lo más pronto posible para adentrarse en los pueblos no costeros de la región que, según ella, deparaban muchos más encantos.
No debí seguirla. Esa mañana salí a dar una caminata por la playa mientras todos los viajeros aún dormían y justo cuando regresé a las cabañas vi que Susana se estaba alistando para salir. Le pregunte si podía acompañarla.
—¿Y su maleta? —fue en lo que pensó ella.
—¿Acaso no pensamos regresar?
—Por mi parte no lo tengo tan seguro.
—Pues yo sí voy a regresar, así que con una muda de ropa me basta.
Temía que ella no me esperara mientras yo iba a recoger mis cosas, no porque estuviera realmente interesado en emprender ese viaje, sólo quería evitar la horrible sensación del rechazo, de ser evitado por alguien tan descaradamente.
Salimos en el auto de Susana. Compartíamos la cabina de un vehículo, pero nuestras experiencias eran totalmente opuestas, como estar en lugares distintos. Lo que para ella era pura expectativa infantil, plena satisfacción, evidenciada en la amenaza perpetua que hacían sus labios de una sonrisa, por dejar de una vez por todas esa quietud que tan insoportable le resultó en los últimos días, para mí era un extraño malestar espiritual justo en la frontera con la dolencia física, una especie de taquicardia, eso que nos avisa que algo anda mal, como una premonición. Digamos que no estaba a la altura de las circunstancias, me angustiaba volverme de piedra por una especie de conjuro, quedándose todo mi ser atrapado adentro, pero sin poder comunicarme.
Todo el camino maravilloso se escurría bajo las llantas desgastadas de un auto manejado con muy poca cordura por una mujer que me resultaba intrigante. Yo calculaba mis acciones y mis palabras, pero eso era lo que me impedía actuar. Esa incapacidad de fluir me hizo sentir rabia, buscaba una razón para estar enfrentándome a ese viaje, buscando en ella la guía para saber cómo comportarme, pero no la había, o al menos no una propia y consciente. Tenía una idea imprecisa sobre que no fui yo quien decidió estar ahí, que alguien me había puesto en esa situación, pero no podía precisar si era Susana, con su carácter intempestivo, los viajeros con sus costumbres insoportables, o una voluntad que habitaba en mí, pero que yo no dominaba del todo.
La carretera parecía deshacerse por el calor y la velocidad. Susana puso algo que parecía ser Joan Jett en la reproductora de disco compacto y su cuerpo tomó la postura de alguien que está fumando. Eso me liberaba de hablar por un rato, pero no podía permitir que el silencio se alargara por mucho tiempo, pues después sería imposible comunicarnos, las palabras se unirían conformando falsos mecanismos para romper el silencio. Además, sentía que me había hecho viejo de repente, el anciano al que sacan a pasear de mala gana, con el que no se busca la menor fuente de diversión, uno de esos tipos anodinos que no sabemos que hacen ahí, por qué vinieron y por qué no se van. En ese momento tuve miedo de ser una persona que no es interesante.
La forma de conducir de Susana era realmente salvaje, como el de esas hermosas chicas que encuentra James Bond en las serpenteantes carreteras europeas, sólo que con mucho menos glamour. Susana era mucho más el tipo de road movie gringa, con la ropa holgada, nada de maquillaje y el cabello crespo, al natural, en desorden, algo como de la tierra estaba en ella, de esas mujeres que sudan y se embriagan hasta la médula, que se untan las manos al comer y tienen las rodillas llenas de cicatrices. No es que me hubiera fijado en sus rodillas o que la hubiera visto comer o embriagarse, era sólo una impresión que me daba al verla.
El disco paró de sonar. Susana se reclinó sobre mí para buscar otro disco en la guantera, rebuscó unos segundos sin mirar el camino, eligió uno y lo introdujo en la ranura para discos compactos de la reproductora del auto. Sonó la introducción de una canción acústica con aires celtas, perfecto, Susana me estaba dando mi línea de entrada.
—¿Qué puso?
—No sé, es un disco que me grabó un amigo, me hizo una etiqueta con el nombre de las canciones, pero la perdí antes de escucharlo por primera vez.
—Lástima
—Por qué?
—… por no saber qué es, me gusta y quisiera escuchar más.
—Pero lo que le gusta es esta canción, escúchela.
Y Susana le subió el volumen a la música. Era una de esas baladas roqueras con vocalista femenina de tono acariciador. La disfrutaba en verdad, el carro en movimiento, el horizonte pasando ante nuestros ojos, la lejanía. En ese momento pareció fácil hablar:
—Qué bien está la carretera,
—Eso depende, si lo que uno quiere es alejarse de todo, es imposible hacerlo en estas condiciones–. Pensé en preguntarle si eso era lo que ella quería, alejarse de todo, pero no lo hice, pues sabía que me respondería que no, que no era eso lo que ella había querido decir y así me habría hecho sentir bastante ridículo.
—¿Cuáles son las condiciones para hacerlo?
—Pensaría más bien en un camino destapado.
Volvimos a guardar silencio, escuchamos completo el compilado que le había regalado el amigo a Susana, todas las canciones tenían un cierto aire romántico, el amigo le hizo una declaración velada a Susana, y ella había perdido la etiqueta.
El paisaje cambió drásticamente. La vegetación se hizo más y más espesa, hasta que no dejaba apreciar el horizonte, estábamos en una especie de valle, rodeados de bosques de guadua.
—Es una lástima –exhale sin pensar que ya había usado esa palabra, sentí una secreta vergüenza al notarlo.
—¿Qué cosa?
—Ya no podemos ver la sabana, no vamos a ver cómo atardece —dije con rapidez para dejar atrás mi error.
—No me había dado cuenta, también me da pesar, pero espero llegar a algún lado antes de que atardezca.
—¿Adónde?
—No sé, a algún lado.
En cierto momento, en que parecía que la civilización había quedado atrás, en el que sospechaba que la carretera se acabaría en cualquier momento encontrándonos de frente con una trocha pantanosa, cuando la vegetación se iba tragando el camino y al auto con él, apareció en nuestra cara un conjunto de edificios. Frente a ellos, un parqueadero vacío de no más de diez puestos en los que había grandes morros de arena, cemento y gravilla. Pensé que por mera condición física debí notar los edificios hace mucho tiempo, pues eran bastante altos, diez o doce pisos, así que debían verse a un kilómetro o algo así, no podía tener una cifra exacta, pero la verdad es que debí verlos mucho antes de que saltaran a mis ojos.
Susana buscó un puesto libre entre los morros y parqueó con una tranquilidad preocupante, como si fuera el lugar que estábamos buscando, es más, como si ya hubiéramos ido varias veces y algún familiar nos estuviera esperando para la celebración de alguna fiesta, tal vez la navidad que por esos días estaba por llegar. Frenó, apagó el carro y me miró.
—Bueno, creo que llegamos.
—¿Llegamos? ¿Qué es este lugar?
—Eso es lo que ahora tenemos que averiguar. —E inmediatamente se bajó del carro y comenzó a caminar hacia los edificios. No me quedó otra que bajarme e ir tras ella.
Los edificios eran demasiado grises, estaban completamente en obra negra, daban la impresión de estar abandonados, como si ya no estuviera en los planes de nadie continuar con su construcción. Carecían de marcos de puertas y ventanas, de pisos, de cualquier tipo de acabado, se podían encontrar algunas pequeñas montañitas de arena desperdigadas por los que serían los cuartos o la sala de una potencial familia que nunca llegó a conocer este lugar.
La luz de la tarde, que se nos iba de manera preocupante, entraba por esas rudas ventanas iluminando el polvo que alborotado, en parte por nuestros pasos que despertaban un lugar totalmente dormido, volaba por todos lados. Muerto parecería todo si no fuera por un continuo mugir del ambiente, un caótico pero leve respirar de algo que parecía estar muy lejos o en todas partes, una inminencia de vida, pero por lo mismo, una cercanía con algo terriblemente aterrador, lo desconocido que habitaba ese desarrapado lugar.
No comenté sobre el ruido con Susana, supuse que ella lo estaba oyendo, y es más, lo estaba rastreando, pues parecía buscar con desespero algo que la llevara al otro lado de los edificios. Yo supuse que tendríamos que salir y darle la vuelta completa al conjunto, pero ella seguía internándose en el apartamento en el que nos encontrábamos, como si supiera algo que yo no. Al fin oí que me llamaba:
–Por aquí podemos seguir.
Efectivamente, los edificios tenían una puerta trasera que conducía a un patio interno de grandes dimensiones, cincuenta metros cada lado, rodeado de edificios, de tal forma que estaba pensado como un espacio comunal privado, para que los habitantes de la ciudadela pudieran salir, sin tener contacto con el mundo exterior. Las condiciones del resto de edificios eran muy similares a las de los primeros, pero estos daban la impresión de ser más antiguos, algo más sucios, como si no fueran obras inacabadas, sino todo lo contrario, edificios que de tantos años de uso se estuvieran derrumbando. El patio era totalmente gris, estaba lleno de pequeñas piedrecillas que casi podrían ser arena, resultando una superficie incómoda para caminar, los pies se hundían y cada paso tomaba el doble del esfuerzo habitual. Enfrentado a lo cómico que resultaba la simple tarea de caminar, vi a Susana, parada en medio de todo, su imagen era demasiado nítida, su alrededor quedaba fuera de foco. Por su postura, a pesar de estar de espaldas, me la imaginaba mirando con una intensidad que hacía que todo pareciera más importante. Daban casi ganas de agradecer el grave error de haberla seguido en este viaje. De repente se volteó hacia mí, sonrió como una niña malvada y salió a correr hacia los edificios.
Sólo reaccioné cuando ya se había hundido a través de una entrada. La luz ya casi no alcanzaba a iluminar el interior de los edificios, así que la sombra pareció tragarse su cuerpo. Nuevamente la seguí. Esta vez seguía también el murmullo, que había aumentado su intensidad. Con torpeza atravesé el patio mientras sentía crecer el palpitar del lugar, las piedrecillas bajo mis pies tronaban, y la brisa de la tarde silbaba como dicen que silban los que con cuidado escuchan, y yo ahora era cuidadoso, ya fuera porque en el fondo estaba asustado o porque todo era ahora una especie de misterio, ese que se oculta tras la absoluta quietud, allí en donde no pasa nada está por saltar a nuestra cara el más horrendo de los temores.
Alcancé por fin la entrada del edificio por la que se acababa de perder Susana. Fue traspasar el umbral y note que había llegado al lugar que estaba buscando. El olor a animal era insoportable, el ruido me confundía y no alcanzaba a concretar su origen , pero era definitivamente la voz de algo vivo, era la hora en la que todo se vuelve silueta, así que no veía más que unos bultos ondeantes que llenaban toda la habitación. Di un paso y toqué algo algodonoso que me hizo dar un salto hacia atrás, pero mis ojos se iban acostumbrando también a la oscuridad, así que por fin pude descubrir que el cuarto estaba lleno de ovejas, estaba tan atestado de ellas que parecía imposible atravesarlo, pero Susana lo había logrado, porque ya no se le veía por ahí.
Iba apenas iniciando mi camino cuando noté que en medio de todo estaba de pie una persona, era demasiado baja y gorda como para ser Susana. Traté de gritarle para llamar su atención, pero aparentemente el ruido de las ovejas no dejaba que me escuchara, lo que me causó una gran ansiedad, casi insoportable, que me obligaba a moverme más y más frenéticamente entre esas nauseabundas ovejas para llegar hasta el otro lado. Me tropecé un par de veces y caí dentro del mar de lana que me rodeaba, temí no lograr levantarme y morir asfixiado o pisoteado por esos animales del demonio.
Por fin llegué hasta el cuerpo humano que resultó ser una viejita milenaria con varias capas de ruanas recubriéndola, lo que la hacía ver como una de esas muñecas rusas que cada vez que la abrimos encontramos una más pequeña adentro, natuska, mariuska, ninotcha, matriochka. Susana.
A pesar de colocarme frente a ella, la anciana mantuvo su postura inexpresiva. Me incliné y traté de saludarla, pero ella no respondía a mi saludo, supuse que no me escuchaba, en parte por el ruido que producían las ovejas, pero también por ser un poco sorda. Al fin la anciana pareció entender mi saludo, pero respondió algo que no le escuché claramente, lo entendí como un saludo, y decidí preguntarle por Susana. Fue una dura tarea.
Yo le gritaba la misma pregunta una y otra vez con sutiles variaciones: ¿Ha visto una mujer rubia pasar por acá?, pero ella se comportaba como una de esas malas actrices que aparecen en papeles pequeños en las películas latinoamericanas, esas que venden algo, o únicamente tienen que dar una dirección, pero en las que resulta demasiado obvio que están tratando de no mirar a la cámara, sólo buscan una cara amable que les dé una indicación de lo que tienen que hacer a continuación porque resulta que al actor le dio por improvisar una conversación con ella. De repente la anciana dijo algo que no le entendí y señaló en cierta dirección a lo que yo respondí con un gesto de agradecimiento con la mano y volví a forcejear entre las ovejas para lograr llegar al lugar indicado por la anciana, que era una abertura a través de una pared contigua, a lo mejor una puerta en potencia, y que parecía conducir a un agujero negro, pues ya no se alcanzaba a ver gran cosa del otro lado.
Tratando de abrirme paso entre las ovejas empecé a sentir una tremenda rabia contra Susana, no podía soportar ese incomprensible gesto de no esperarme, y ¿cómo había encontrado una forma para pasar tan rápido por entre las ovejas? Era como estar con una ebria o una autista, tratando de seguir su paso sin saber si ella notaba mi presencia. Me aumentó la rabia y comencé a empujar las ovejas con más fuerza, como queriendo tumbarlas, casi buscaba hacerles daño, pero ellas se mostraban indiferentes, como si nada, ni siquiera se quejaban de más por mis empujones.
Entre más desesperado estaba y entre más braceaba a todos lados queriendo sacar a volar a las ovejas, avanzaba con mayor dificultad, estaba a punto de hundirme en la lana y asfixiarme allí, y precisamente por esa inminencia de asfixia empecé a respirar profundo, el olor de las ovejas se hizo más intenso, como si de un momento a otro el oxígeno hubiera sido reemplazado por olor a oveja, así que respirar no era útil, me ahogaba entre el tufo de lana mugrosa, estiércol y boca rumiante.
Llegué a creer que había una verdadera imposibilidad física para atravesar ese cuarto, pero la idea de que ya había sido atravesado me permitió llegar hasta la abertura en la pared que la anciana había señalado. Ahí estaba la silueta de Susana sentada sobre el primer escalón de unas escaleras de caracol, sus codos recostados sobre la pierna respectiva, sus manos formando una superficie cóncava en donde descansaba su mentón, su cabeza y tronco recostados en esta posición tan típica, pero Susana no lucía para nada típica, no se asociaba con tristeza, aburrimiento o calma, era algo nuevo, cierto gesto de cotidianidad que resultaba misterioso y hasta asombroso en un medio tan ajeno y desconocido, como si Armstrong al pisar la luna se hubiera sentado a leer la prensa.
—¿Qué hace?
—Esperándolo.
Susana comenzó a subir por las escaleras. Sentí como si ella se hubiera vuelto parte del lugar, de lo otro que yo no entendía y que me estaba molestando.
—¿Para dónde va?
—Subamos
—¿Para qué?
—Vamos a ver qué hay.
Ella siguió subiendo las escaleras sin preocuparse por si la discusión ya había terminado. La seguí tratando de tenerla cerca, ya que temía que en cada curva, cuando la perdía de vista, ella desapareciera, tenía una fuerte impresión sobre eso que venía de mis sueños: estoy solo y nada me es familiar, hay una mujer con una presencia efímera y trato de encontrarla, ella se metamorfea hasta no dejarme claro si es ella a la que encuentro, la persigo a veces desviándome de mi objetivo por algún nuevo suceso que se introduce en el sueño, pero siempre vuelve la idea de estarla buscando, hasta que despierto y me queda claro que no era una persona que conociera en mi estado de vigilia, era una mujer que no existía. Ahora sólo podía pensar que Susana era esa mujer, pero aún más escurridiza y ajena que en mis sueños, pues allí al menos era parte de mi imaginación, aquí ella tenía autonomía y eso la hacía huir de mí ya no por una extraña tendencia mía a correr tras lo que sé que no voy a alcanzar, sino por decisión suya, por primera vez sentía que ella huía de mí y no que yo la alejaba para después ir a buscarla.
En cierto punto del ascenso, apareció un resplandor de luz rojiza que se estrellaba contra las paredes claustrofóbicas, nos cubría y luego se iba hacia atrás, cambiaba de formas y de intensidad, no siempre tenía la misma fuerza en el rojo, como si la luz diera un discurso frente a un auditorio y manejara el tono de voz para atrapar a los oyentes. Susana se tinturó de tonos rojizos también, aparecía y desaparecía como la luz y todo se hizo más confuso. Apresuré el paso hasta que estaba corriendo desbocado, casi tropezando, casi cayendo, pero aun así no alcanzaba a Susana, la luz crecía en intensidad, Susana se acercaba, alcance a tocar su franela, la luz se arrojó sobre mi cara, abracé a Susana por la cintura para detenerla, una ola de calor y humo nos bañó, repiqueteaba la madera que se quemaba y olía a ceniza virgen.
Habíamos llegado a la azotea del edificio, en donde hacían un asado. El lugar estaba lleno de festejantes que se nos quedaron mirando apenas entramos. Yo sostuve a Susana por la cintura por unos segundos mientras reconocía el lugar, ella tomó mis manos y las abrió sutilmente, dio unos pasos hacia el frente, sin detenerse se giró hacia mí y sonrió. Su sonrisa fue ambigua. Era una invitación a seguirla, o era la expresión de la alegría por su hallazgo, tal vez era las dos cosas y en ese caso no era ambigua sino muchas cosas a la vez, sentí que todo a lo que había llamado ambiguo alguna vez no lo era, sólo es que necesitaba encontrar una explicación a las cosas, y la explicación debía que ser una, no podían ser varias a la vez, tendría que haber visto antes la sonrisa de Susana para poder comprender que las cosas pasan en varias capas, en varios sentidos, en varias esferas simultáneas, sin que una merme el poder de la otra.
Los festejantes recibieron con naturalidad a Susana, parecía ser una más de las invitadas, unos se acercaron a ella, otros apenas si la saludaron con la vista. Este monstruo social, al estilo de esos seres de historia de terror que están conformados por millones de insectos, abrió su boca y se engulló a Susana. Titubeé un momento en seguirla, pasó muy poco tiempo desde que ella había desaparecido en las fauces del maléfico ser, pero ya era demasiado tarde para rescatarla o incluso para recibir su misma suerte, el monstruo ya no me querría engullir y se limitaría a mirarme con indiferencia, como un león con sueño, así que fui al borde de la azotea y me quedé mirando al horizonte.
Era una noche negra azabache. Debíamos estar rodeados por bosques, pero no alcanzaba a ver nada que sugiriera la existencia de algo allá afuera, más parecía estar en medio de un desierto, la oscuridad era pareja, sin sobresaltos, sólo una sutil promesa de horizonte. Suele ocurrir que en la noche no entendemos las formas, hasta la mañana descubrimos lo que en verdad estaba, la mayoría de las veces nos alivia o nos decepciona ese descubrimiento, pero no puede dejarnos impasibles: sucedió que no me importaba en lo más mínimo como se vería ese paisaje en la mañana, aunque mis ojos apuntaban en una dirección, mi mirada iba hacia Susana, sin verla, imaginando lo que podía estar pensando, deseando que estuviera de malas conmigo por haberme alejado.
No logré abandonar mi posición contemplativa durante varios minutos. Trataba de girar distraídamente mi cuello y echar una ojeada al festejo, pero no me era posible, desistí de la idea. Decidí darme la vuelta de una sacudida e ir a buscar a Susana. ¿Qué acto más natural que ese? Susana y yo habíamos llegado juntos y era lógico que estuviéramos juntos en este festejo de desconocidos. La sacudida tampoco me resultó fácil, tuve un par de tentativas fallidas. Estaba planeando un nuevo intento cuando sentí una suave caricia en la espalda.
—Sí que resultó curiosa esta expedición.
La voz de Susana me hizo dar la vuelta sin siquiera proponérmelo y vi lo fácil que era.
—¿Qué ha descubierto?
—Bueno, que usted es el más extraño de todos. ¿Vamos con ellos?
Sabía a quienes se refería con ellos pero quería dilatar mi respuesta, que sería afirmativa.
—¿Quiénes son ellos?
—Si no quiere puede quedarse aquí, no quiero molestarlo.
Sus palabras no fueron cariñosas, todo lo contrario, había algo autoritario en el fondo de la situación, como si en la intimidad fuera a reprenderme por mi actitud en la fiesta, pero frente a los demás se mostrara condescendiente. Me gustó esa idea.
—Vamos.
Caminé junto a Susana con una sensación de humillación que se borró cuando ella volvió a pasar su mano por mi espalda, esta vez para guiarme hasta el grupo de gente en el que nos detendríamos. Su gesto fue demasiado reconfortante, era un verdadero reencuentro después de estar perdido en un anonimato criminal, incluso más, era un encuentro, una gran amiga había aparecido para salvarme del tedio de tener que estar en esta fiesta a la que me había traído una total desconocida.
Las conversaciones que se realizaban se escapaban a mi comprensión, tal vez porque ya llevaban un curso y tenían unos antecedentes que desconocía, pero de todos modos resultaban algo incoherentes, las anécdotas no llegaban nunca a demostrar el punto por el que se habían mencionado, los temas parecían saltar sin relación de causa y efecto, y a veces las preguntas más simples eran contestadas por una estúpida pero complicada historia que no respondía para nada a la pregunta. Nadie parecía fijarse en mí o en Susana, al acercarnos no me preguntaron quién era, de dónde venía, o qué hacía, me recibieron como si hubiera estado allí toda la noche y apenas me acabara de ausentar unos segundos. Susana tampoco participaba mucho de la conversación y llegué a pensar que su interés era fingido, que al igual que yo se sentía fuera de sitio. Pensé que ella también se sentía sola, y por eso me había buscado, ahora, eso no implicaba de forma necesaria que yo lograra ser su compañía.
Las conversaciones de los otros grupos comenzaron a crecer en intensidad y parecían todos referirse al mismo asunto. Una ola de murmullos iba arropando a los grupos de personas desperdigados por la azotea e inevitablemente llegaría hasta nosotros. Entonces sucedió, y todos en nuestro grupo comenzaron a celebrar que ya era hora de la representación teatral. Lo decían una y otra vez como malos actores de comedia, como bufones sobreactuados con parlamentos sugerentes y simbólicos, no decían lo que decían, sino otra cosa. Lo entendí como la escenificación de una costumbre, un ritual.
De repente se entusiasmaron con la presencia de Susana, y empezaron a invitarla a la representación sin abandonar ese tono histriónico y juguetón que yo ya no soportaba, la tomaban por la cintura y trataban de jalarla como si la encontraran demasiado pesada. Me pareció una sucia treta para tocarla, pero no podía hacer nada para defenderla, se habría visto fuera de lugar. Me acerqué a su oído para hablarle.
—La verdad… Yo no quiero ir.
Cuando terminé de hablarle al oído y miré otra vez a mi alrededor, los festejantes se habían marchado, rebusqué sorprendido a mi alrededor y descubrí a los últimos que bajaban por una puerta distinta a la que nos sirvió para llegar a la azotea, miré a Susana y noté que estaba sonriendo mientras veía como un par de tipos, a un par de metros de allí, hacían morisquetas que daban a entender que le estaban rogando que fuera con ellos.
Si entre todos ellos prefería venir conmigo, entonces no había más que pensar, era un claro mensaje de lo importante que era mi compañía, pero si no, entonces era peor que lo contrario, era un frontal acto de desprecio, tenía la oportunidad de volver a quedarse a solas conmigo y la desaprovechaba, prefería la compañía de todo el grupo de festejantes que era lo mismo que volver a la playa y desandar los pasos, todo había sido en vano y Susana no era más que otro estúpido viajero que andaba por el mundo en busca de la más fácil y segura diversión. Pensé tanto en esto que estaba dispuesto a decírselo en el caso de que decidiera quedarse con ellos, cosa que yo ya daba por hecha, como si tuviera todo el derecho de estar furioso incluso antes de recibir alguna injuria, casi deseaba ser rechazado para tener la razón, me defendía así de la decepción que sufriría en unos pocos instantes.
—¿Por qué no vamos con ellos?
—Ya dije que yo no pienso ir a ninguna parte, me aburre todo eso del teatro.
—Pero esto parece ser diferente, no esas actuaciones exageradas y realistas, esto parece tener más vida, algo de absurdo también, cosa que no me desagrada.
—No quisiera dejarla sola, pero no creo poder soportar algo tan imbécil.
Definitivamente llevaba la contraria para sentirme fuera del grupo, poco importaban mis razones, poco importaban sus razones, quería estar por fuera, ser diferente, porque si no podía ser mejor o más interesante tenía que considerarme ajeno a todo eso, no sólo para sentirme bien conmigo mismo, sino para resaltar ante los ojos de Susana, que aunque no estuviera de acuerdo conmigo, por lo menos aún me veía separado del grupo de festejantes. Además, fue ella la que desde un principio nos puso en esta situación de aislamiento, y ahora era ella misma quien quería volverse parte de la comparsa, bailar cogida de las manos de esa partida de actores de pacotilla.
—Entonces vamos, tampoco es bueno que usted se quede solo.
Yo ya estaba solo, hace tiempo, tal vez mucho antes de salir de la playa, sólo que hasta ese instante en el que ella quiso evitarme esa soledad lo noté.
Al entrar al cuarto en el que se llevaría a cabo la representación encontré la luz apagada, y parecía ser que el suelo estaba lleno de personas acostadas que debí esquivar hasta llegar a un lugar libre, también en el suelo, en donde pude sentarme. Me sentí algo disgustado al pensar que me perdería de Susana durante toda la representación, pero esto se borró totalmente al sentir su mano sobre mi hombro y escuchar su voz
—¿Hay espacio para mí?
Hice el movimiento como si le estuviera abriendo campo, pero realmente había suficiente espacio para una persona sin que yo hiciera nada. Susana se sentó justo a mi lado, nuestros brazos quedaron presionados uno contra el otro, y ella se recostó un poco en mí. Inmediatamente empecé a sentir como se me pasaba desde ella un calor fascinante, algo de recuerdo de infancia, la total satisfacción.
El silencio se rompió, y sobre cada una de las paredes del cuarto se proyectó una imagen diferente. Como yo había quedado casi en la esquina no alcanzaba a ver claramente sino lo que se proyectaba en las dos paredes que estaban frente a mí. En una se veían los pies de una niña con unos zapatos muy brillantes que bailaban, en la otra los pies de un hombre que parecía estar borracho, muy cansado o algo así, trataban de andar por una carretera sin fin. Veía las imágenes tratando de imaginar lo que podría estar pasando en las otras dos paredes que escapaban de mi ángulo de visión.
A pesar de que las imágenes me intrigaban, estaba más preocupado por la cercanía de Susana que cada vez estaba más recostada sobre mí con una naturalidad pasmosa, casi sentía que estaba a punto de tomarme la mano, así que sin darme cuenta fui yo quien se la tomó y cuando estaba a punto de retirarme asustado note que ella no me rechazaba, la mire, pero estaba demasiado concentrada en las imágenes de la pared como para notar mi mirada, lo que le dio a todo un aire cotidiano que me asombraba.
Al terminar la extraña representación solté sutilmente la mano de Susana, pues esperaba que la luz se encendiera en cualquier momento, sería demasiado incomodo ver nuestras manos entrelazadas, en la oscuridad tenía un manto de irrealidad, al iluminarse tendría que ser confesado. Pero no, las luces no se encendían, la total oscuridad se mantuvo durante varios segundos, y los rumores de la gente no parecían referirse a la oscuridad, todo parecía demasiado acostumbrado, como si las luces no fueran a ser encendidas nunca y la reunión fuera a continuar, cual lo esperado, a oscuras.
Me acerqué a Susana y le hable al oído.
—Esto ya termino, ¿salimos?
—No creo que haya terminado, además no podríamos pasar por entre toda la gente sin ver.
Ella tenía toda la razón, en ambas cosas, pero para mí la oscuridad se había vuelto incómoda, como si no pudiera ver las palabras correctas, y no me importaba pasar por encima de las cabezas de todos los saltimbanquis del lugar, pero lo último que haría en ese momento sería dejar sola a Susana, tal vez hace unas horas me habría sido fácil, ahora ya no podía hacerlo.
—De acuerdo, esperemos.
Tras mis palabras Susana se recostó sobre mí, apoyando su hombro y cabeza sobre la mitad de mi tronco más cercano a ella, puso sus dos manos sobre mi pierna, luego se quedó muy quieta, como dormida. Yo mantuve también mi posición, casi sin respirar, para no destruir el equilibrio de ese frágil estado de plenitud.
Tras unos minutos supuse que Susana estaba dormida y tuve la impresión de que el cuarto se había quedado vacío, había un silencio de muerte, pero nada me indicaba que las personas se habían levantado o que la puerta fuera abierta en algún momento. Tal vez me ganó el cansancio sin notarlo y la gente salió teniendo cuidado de no despertarnos.
La situación era de nuevo ambigua: por un lado era obvio que estaba encantado de quedarme solo con Susana, ahora podríamos salir de esos edificios y volver al auto, tal vez pasar lo que quedaba de noche y apenas clareara, salir a buscar un mejor destino para descansar; pero también sentía algún desasosiego, como cuando tomamos de más en alguna fiesta a la que fuimos sin conocer a nadie y nos despertamos solos en la sala a la mañana siguiente, sin tener idea de qué hora es, cuántas personas nos vieron botados en el sofá, y sin saber exactamente como salir de allí, pues no es posible requerir la ayuda de los dueños de casa, ya que nos da pánico tener que despedirnos de alguien que no conocemos.
Toda esa indisposición se borró cuando sentí que Susana se movió.
—¿Está despierta?
—Sí, lo he estado todo este tiempo —y mientras decía esto giró su cabeza hacia arriba, como si pudiera mirarme, y se quedó en esa posición. Yo sabía, por la cercanía de su aliento, por el olor a piel húmeda, que sus labios habían quedado muy cerca de mi nariz. Yo no quería decir nada por temor a que mi aliento no fuera tan caluroso como el suyo, pero lo hice.
—¿Nos vamos?
Y entonces, mientras me contestaba, sus labios casi rozaban los míos.
–No creo que sea aún el momento de salir —y aquí su voz se volvió demasiado cariñosa, pero sin sobreactuar—: ¿Por qué usted siempre está pensando en abandonar las cosas? Esperemos, creo que falta el desenlace.
Repito, durante todo este tiempo sus labios rozaban los míos, en el movimiento de cada pequeña sílaba volvía a ocurrir, era imposible que no lo notara, casi me tragaba sus palabras, pero más que eso, casi podía comprenderla, casi podía entender todo este viaje lleno de desatinos. En cambio, todo era confusión en torno a la decisión de besarla, mis labios se sentían como sumergidos en brandy, besarla destruiría esa deliciosa y placentera tensión, si ella no lo deseaba la comunión que teníamos en ese momento se derrumbaría; pero, y esto era lo más problemático, si ella lo deseaba y yo no lo hacía, sería el más ridículo y penoso de los resultados, como ver una película en el que la música crece en intensidad mientras dos amantes, en un luminoso bosque, se encuentran por fin en un abrazo suspendido por una separación forzosa, la cámara se acercara a sus rostros, que se miran trémulos y sonrientes, luego vemos el primer plano de sus labios, y justo en el momento de la proximidad del beso, suena un disparo, el plano se abre y un tiro entra por la cabeza del hombre salpicando de sangre la cara de la mujer. Tal vez al ver esta escena nos desternillaríamos de risa, muy a nuestro pesar.
La luz del cuarto se encendió, y descubrí que aún estaba completamente abarrotado de gente. Todo el mundo comenzó a levantarse, el silencio desapareció reemplazado por un murmullo, y luego por un verdadero alboroto. La puerta de la habitación se abrió furiosa, como si la fuerza de voluntad de los festejantes la empujara, todos comenzaron a salir con amistosos empujones, saltando y cantando tonadas desconocidas y arrítmicas, no existían aires violentos, los choques entre las personas no generaban agresión, sólo un sonido que yo relacionaba con la risa, pero que no lo era, más bien era continuación del canto.
Aún no me levantaba del suelo, tampoco Susana. Seguimos ahí sentados viendo el espectáculo a nuestro alrededor sin estar seguros de si era parte de la representación. Desde nuestra perspectiva parecía más caótico de lo que sería en verdad, estábamos sumergidos en el núcleo de esa especie de danza espontánea, veíamos la aglomeración de piernas, las voces se mezclaban todas, retumbaban hasta hacerse incomprensibles, y los dos, en el centro, esperando que todo pasara para levantarnos.
Cuando apenas una decena de danzantes se mantenían revoloteando por el cuarto, un tipo tomó de la mano a Susana y la levantó de un sólo envión, reconocí en aquel tipo a uno de los bufones que insistieron, con sus muecas, para que Susana los acompañara a la representación. Cuando tuve certeza de eso ya no había nadie en el cuarto. La ira me invadió como una enfermedad, sentí fiebre y la cabeza a punto de estallar. Respiré, respiré muy fuerte, y me puse de pie. Salí de la habitación marcando cada uno de mis pasos como si quisiera dejar mis huellas sobre el cemento.
Amanecía. Una débil claridad me permitía con delicadeza ver la parafernalia que se ponía en escena. Por las escaleras todo el mundo corría como loco, ya no había un lugar de concentración, ahora andaban por todos lados, nadie estaba quieto, los pocos que no se desplazaban se movían en su sitio, bailando creo, pero ante mis ojos resultaban intérpretes de alguna pantomima, en su mayoría parecían labores cotidianas y mecánicas, pero no eran imitaciones, cada uno de los intérpretes tenía algo único que no se alcanzaba a concretar, un ritmo especial, una falla en la secuencia, no sé.
Al ver a los festejantes tan concentrados en su celebración me tranquilicé, ahora caminaba por las escaleras de un lado para otro mirando a la gente, tal vez para ellos también parecería que yo formara parte de la celebración y que esta fuera mi danza, pero nada más lejos de eso. Caminaba y miraba, pero en el fondo buscaba a Susana, y me lo confesé abiertamente, por primera vez en todo este viaje con Susana era capaz de encontrar una verdadera motivación para mis actos: estaba buscando a Susana porque tenía ganas de verla.
No sé para qué quería verla, no sé qué iba a hacer cuando la encontrara, no sé cuál sería mi actitud de la infinita gama de posibilidades, pero tampoco me preocupaba mucho por eso, sólo caminaba, miraba y buscaba a Susana.
Me tardé más tiempo del que se podría pensar en encontrarla. Subí y baje las escaleras varias veces y siempre había gente diferente, como si fueran otras escaleras, y tal vez lo fueran, a esas alturas ya había perdido todo mi sentido de orientación, ya no entendía la organización espacial que tenía la construcción en la que me hallaba metido, como en uno de esos cuadros en donde no se sabe si las escaleras están invertidas, si es posible caminarlas o nos veríamos precipitados hacia el suelo, en donde el suelo puede ser también el techo y las ventanas están sobre cualquiera de las superficies que conforman una construcción, un laberinto que no respeta las leyes físicas de la gravedad o de las relaciones de arriba, abajo, atrás, adelante, no sé cómo explicarlo, son de un artista con apellido germánico, Malck, Dick, Golk, Escher. Susana.
Encontré a Susana danzando junto al tipo que se la llevó del cuarto de la representación. No estaban solos, había otras personas bastante cerca, pero era obvio por sus actitudes corporales que ellos dos estaban juntos. Lo primero que pensé, con un profundo sentimiento de tristeza, fue: ni siquiera se acuerda que me dejó abandonado en el cuarto de la representación. Caminé hacia ella por inercia, porque era lo que tenía que hacer, pero en ningún momento fui consciente que al llegar a ella tendría que hacer algo. Seguí caminando hasta pararme justo al lado de ella.
—Yo me voy ya.
Susana se volteó realmente sorprendida, era la primera vez que Susana no sabía cómo reaccionar ante algo que yo le dijera. De todos modos me di media vuelta y empecé a alejarme.
Ya era suficiente, salí huyendo de ese lugar, no porque Susana no me importara, sino porque era esa la única forma de demostrarle que me importaba. De todos modos tenía la certeza de no volver a verla, pensaba caminar hasta la playa, así me tardara más de un día, así tuviera que dormir en la carretera donde el cansancio me tumbara, llegaría caminando hasta la playa y luego… seguir caminando, más allá de las atracciones turísticas, lejos de la zona de viajeros a donde ya no podía regresar. En mi fuga iría pensando en lo que podría haber pasado con Susana si me hubiera quedado, pensando en lo que habría pasado con ella por quedarse con los festejantes, tal vez un poco preocupado, pero al fin y al cabo ¿Quién es ella, qué tenemos en común, qué hay entre los dos?
Bajé corriendo las escaleras, hallé fácil la ruta de salida, crucé los apartamentos, encontré todo el camino vacío, llegué al parqueadero y comencé a huir, alcancé la carretera y sólo miraba al frente, caminaba muy rápido, decidí trotar un rato, corrí luego muy rápido y me detuve, seguí caminando algo acalorado, me fui refrescando pero sin detenerme, iba a paso normal, como si estuviera en la ciudad y saliera a dar un paseo.
Escuché el ruido de un motor, volteé ligeramente y vi el auto de Susana, seguro era ella, y seguro estaba sola. Yo seguí caminando, girando de vez en cuando para mirar de reojo el carro de Susana acercarse. Cuando estuvo al alcancé de mi vista, confirmé que era definitivamente Susana la que venía manejando, había abandonado a los festejantes y sin lugar a dudas lo había hecho por mí, porque yo me fui ella también decidió irse, eso no tenía discusión, pero mientras escuchaba que el auto se acercaba a mí, no estaba tan seguro de que Susana se detuviera a recogerme.