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viernes, 24 de enero de 2014

CUENTOS DE AMOR VACIO 1: LA NOVIA DEL EXTRANJERO


Al comienzo usted no era más que un rumor, palabras en la boca de mi madre, cháchara inconexa y borrosa. Ruido. Era una mujer, inteligente, con estudios, correctísima ala, trabajadora, de bien, me aburría, se me escapaba la mente mientras mi mamá trataba de vendérmela, pensaba yo en el dolor áspero que tenía en el pecho, la falta de sueño, la inapetencia. Entonces escuché: se va a casar. ¿y a qué viene toda esta charla? Tengo que irme amá.

Por alguna razón su nombre me quedo grabado (Laura) y cuando lo volví a escuchar la recordé, no a usted, sólo la vaga idea de su existencia. Mi mamá tenía una reunión, me pedía que la acompañara, Laura iba a estar, ¿recuerdas…, la mujer de la que te hablé? Sí, la recordaba. No sé por qué. 

Acepté ir a la reunión; forcé a mi mamá para que me fastidiara un poco, insistiéndome en ir con ella, para al final terminar aceptando a regañadientes. La verdad es que tenía curiosidad de saber cómo era usted, no qué personalidad tenía, sólo saber si era bonita. Pienso yo que es natural en un hombre sentir este tipo de curiosidad, lo hacemos todo el tiempo; pero no estamos preparados para que realmente esa curiosidad se convierta en un descubrimiento, en el fondo sólo se espera ser defraudado.

La reunión era en un apartamento en el Centro. De entrada me arrepentí: la situación consistía en una veintena de personas, unos sentados en sofás otros de pie, agrupados en pequeños números, sosteniendo conversaciones de temas que no se dan entre amigos, una mesa con demasiados pasabocas y con muy poco licor. Para fumar había que salir al balcón.

Mi entretención era adivinar quién era usted, mujer, recatada, de veinticinco, blanca, ojos grandes, labios rojos, sin maquillaje, pistas falsas todas, usted según mi capricho. Nadie se ajustaba, sólo habladoras, escotadas, putas elegantes, caras, negadoras de su condición de putas porque estudiaron alguna carrera universitaria de utilidad sospechosa; ni una sola posible ama de casa, sólo mujeres modernas, de esas que hablan fuerte, ríen de manera desproporcionada y se creen más inteligentes que los hombres, como si eso fuera algo de admirar.

Mi mamá se perdió entre los asistentes a la reunión, se hundió entre saludos y abrazos más o menos cordiales, se la tragaron los escotes y los dientes de las mujeres que seguro tuvieron tratamientos de ortodoncia en la adolescencia; yo me quedé muy cerca de la puerta, así no tenía que caminar mucho para entrar, ni mucho para salir. Por poco que sea el licor, siempre ayuda a que pase el tiempo y el peso de la vida social se haga llevadero, ya ni quería irme cuando mi mamá vino caminando hacia mí, la llevaba a usted de la mano. No lo alcancé a imaginar. Me la presentó y sin disimular se fue para dejarnos solos. A mí, un ser vacío y abominable, y a usted, una mujer de futuro prometedor y comprometida, pero es que el futuro no es más que una promesa incumplida y el demonio esta en todas partes, hasta en las buenas intenciones de una madre.

Empezamos a hablar y a los cinco minutos ya estaba enamorado de usted. Veía sus ojos hermosos y hablábamos de cosas de la infancia, usted sonreía y yo deseaba besarla, al menos en la mejilla, sentir su piel de seda, nunca le dije esa tarde que sus ojos eran hermosos, odio ser sincero con las mujeres, creo que la sinceridad es la forma más baja de cortejo: eres muy linda, me gustas, qué bien me caíste; todo eso es cierto, pero ¿decirlo sólo para tenerla desnuda, despeinada y apretujada contra mi cuerpo? Me parece cosa despreciable. Yo sólo quería ser ideal para usted, decir lo correcto, parecerle un buen tipo, aunque no lo fuera, no mencioné mis hábitos parasitarios, soy alcohólico, soy un miserable sin sentimientos bondadosos, ¡váyase! Usted era una buena mujer y nunca antes me había gustado una buena mujer, así que callé. Fue un acto de egoísmo y maldad, no de amor. Creo que nunca tuve un acto de amor frente a usted.

Cometí dos pecados ese día. No contarle quién era yo realmente, y pedirle su teléfono, la excusa era consultar su opinión sobre unos cuentos que yo había escrito, usted trabajaba en una editorial, pero yo no había escrito nunca un cuento. No hablamos de que usted se iba a casar, pero yo lo sabía. ¿Por qué usted también calló esa parte? ¿Qué estaba pensando de mí? ¿Por qué me dio su teléfono?

Esa noche, regresando a la casa, mi mamá volvió a hablarme de usted, pero esta vez presté toda mi atención. Su novio trabajaba en Australia, en dos meses vendría para el matrimonio, usted quería seguir trabajando, quería seguir en su ciudad, pero eso lo tenían que decidir entre los dos. Dos meses, es muy poco puto tiempo. sentencia de muerte, dos meses para el fusilamiento, cada día viviendo la muerte, ¿se hacen largos o cortos? ¿Cómo será saber que se va a morir? En ese momento pensé en esas cosas, y en la angustia insensata que me vino de repente.

Al recordar esos días sigo sin tener claridad sobre mis verdaderas intenciones frente a usted, puedo decir que obré de manera irreflexiva: la llamé sin siquiera haber escrito los benditos cuentos, tampoco los mencioné en la conversación, nunca más volvimos a hablar de los cuentos, yo nunca escribí un cuento en toda mi vida. Sólo le escribí una nota una vez, la de aquella noche del chiste del aguardiente.

Quedamos de vernos al día siguiente en una cafetería que los dos conocíamos y que al parecer nos quedaba bien. 

Esa tarde nos hicimos amigos, claro, seguía sin mencionarse mi pasado y su matrimonio. Empecé a pensar que usted lo sabía todo, así como yo sabía lo de su novio en el extranjero. Sin mencionar eso, obviando eso, negando eso, fue fácil nuestra amistad. Nos vimos varias veces durante las siguientes semanas; a veces eran cortos encuentros para comer, otras veces largas charlas en cafés hasta que nos avisaban que iban a cerrar ya en la madrugada.

Al mes de conocernos yo desaparecí, usted no supo que pasó conmigo, yo nunca le conté, supongo que sospechaba la razón. En esos días volví a mis antiguas amistades, regresé a mis lugares habituales, tomaba toda la noche, confundía rostros y canciones, besaba prostitutas con o sin pago, abrazaba desconocidos y me daba trompadas con mis amigos, vomitaba bajo las mesas y lloraba sin razón en los baños, me arrastraba en la madrugada hasta la puerta de la casa en donde dormía hasta que alguien me entrara cargado, vivía sólo para despertarme en la tarde siguiente y salir a buscar una cerveza y un compañero con el que pudiera hablar, todo terminaba en borrachera, nos decidíamos por ir al bar ese o al prostíbulo aquel, volvía la música, el grito, el aguardiente, el argumento insensato, el desvarío, los extraños que titilaban en mis ojos como lucecitas y que algunas veces desaparecían sin siquiera existir en mi consciencia, las calles, a veces nuevas, a veces repetidas, los tropezones, el barro en mis rodillas, moretones, sangre en las canillas, reptar hasta la puerta de mi casa, esperar que alguien me lleve a la cama.

Pero esta vez, y aunque suene estúpido, había algo diferente: de repente, usted aparecía varias veces en esas noches. No es que me emborrachara por usted, yo me emborrachaba porque es la única cosa que he sabido hacer en la vida, pero en medio de mi borrachera pensaba en usted, con cierto gustito como de acidez bajo la lengua, con cierta loca esperanza, también con maligna melancolía, como si su existencia me salvara de mi perdición, no de forma material, sólo de manera intangible, etérea si se quiere, pero cierta.

Ahora no sólo me quedaba dormido sobre una mesa húmeda de cerveza y sucia de ceniza, sino que lo hacía sin usted, sin su conocimiento. Pensé cierto día que debía volver a buscarla. Habían pasado tal vez quince días que para mí habían significado apenas unos pocos instantes de confusión, era demasiado tarde para volver a buscarla pero aun así lo hice.

Siempre le agradeceré la forma en la que respondió a mi llamada, se mostró tan alegre, tan satisfecha, con tantos deseos de verme, que de inmediato sentí como todos los tóxicos que habían entrado en mi cuerpo los días anteriores salían y me dejaban en paz.

Esa vez nos vimos en su apartamento. Usted dijo que quería invitarme a almorzar. No llevé vino, me pareció demasiado ridículo llegar a su puerta y esperar a que me abriera mientras sostenía ese detalle de sobria elegancia, adoptando una postura con decorosa etiqueta, a manera de mostrador ambulante. Llevé una botella de aguardiente, a usted le pareció graciosa la ocurrencia.


Pensé en mi mamá como un jugador de ajedrez que desde la primera movida ya preconfigura todo el juego, ¿yo sería su opositor que creía jugar para sí y lo único que hacía era seguir el curso del juego planteado por otro, o mas bien sería una ficha en el tablero sin la menor posibilidad de decidir? ¿Y si no fuera mi mamá la que esta detrás de todo esto, sino una fuerza superior, un jugador que ni se interesa en el juego y sólo mueve las fichas casi sin mirar y sin preocuparse por el destino de esas figuritas de madera talladas por el tiempo y olvidadas en el tablero polvoriento? El jugador todopoderoso mueve las fichas mientras ve su programa de televisión favorito, a continuación se limpia los dedos del polvo con un ligero gesto de malestar y prosigue a tomar una presa de pollo que esta en un plato junto al tablero de juego.

Estaba ebrio, a su lado, como lo he estado un millón de veces más. Jamás mencionamos al hombre con el que usted se iba a casar, tampoco hubo reproches cuando salí demasiado temprano huyendo de lo que sentí esa noche, amor, amor puro, amor de escolar, amor salvador y rejuvenecedor, y sólo, en mi carrera de huida, le deje esa nota: jaque al rey caído, la llamo pronto. No hubo reproches cuando yo regresaba a sus brazos después de desaparecer por semanas. Nadie ganó el juego, todos perdimos. Todos estos años no me atreví a confesármelo, lo veía pero de soslayo, prefería pensar que era una sombra borrosa de otra cosa y no de la derrota de mi madre, del esposo que nunca tuvo, de usted y de mí.








martes, 30 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 11 EL PEQUEÑO RELATO SOBRE LA VENTANA, DURANTE SU ESTADÍA EN EL CLAUSTRO


En el claustro no se veía llover. Todo lo que se percibía de la lluvia era el estruendo que producían las gotas al chocar contra el tejado, el ruido era tal que no era posible hablar. Pheso debería haberse acostumbrado ya a esa situación, pero nada en el claustro le resultaba habitual, se extrañaba de todo y eso lo hacía verse sospechoso a los ojos de los otros residentes del claustro, sobre todo frente a las directivas, que eran precisamente de las que resultaba vital recibir la aceptación.


Su condición de recién llegado, que no se anularía, por más que ya llevara varios meses en el claustro –hasta que entrara alguien más a reemplazarlo en el puesto de recién llegado– lo tenía en una situación más que indeseable. Para él era evidente que lo espiaban todo el tiempo, y sus acciones seguramente eran milimétricamente medidas. Nada parecía ser más importante en el mundo a que él tuviese un mechón de pelo untado con tiza, ni siquiera que el hombre de la cooperativa acosara a las niñas todo el tiempo, acorralándolas muchas veces contra las paredes simulando un juego, pero con una actitud claramente lasciva o que la directora, que según muchos era su esposa, ignorara esto y se preocupara más por regar las matas que invadían todos los corredores. Es posible que si algún día la mujer hubiera encontrado al hombre de la cooperativa recostando a una de las niñas contra una de las matas, los habría espantado quejándose del daño que le hacían a la pobre planta.


Aún con el claro conocimiento de que sus acciones serían juzgadas de forma severa, y hasta irracional, mientras no fuera desplazado de esa injusta posición de novato, él no se mostraba tan sigiloso y calculador como debiera. En su habitación había decorado las paredes con varios dibujos hechos a lápiz por los muchachos e incluso por él mismo, cosa que estaba terminantemente prohibida, a no ser que estos dibujos reprodujeran la cara de un santo o algún miembro de las directivas; pero no, los suyas tenían figuras producto de la imaginación, cosas como animales y paisajes, que ya casi nadie recordaba correctamente, por lo que los transformaban un poco en el dibujo.

 

No era este el único secreto que guardaba. Odiaba la comida del claustro, por lo que sostenía relaciones ilegales con el músico, el cual, por ser el único que tenía contacto frecuente con el exterior, podía traficar con algunas cosas como alimentos, que por dudosa que fuera su procedencia y calidad, no podían ser de peor sabor que los que se comían en el claustro. Así que Pheso corría un gran riesgo cada vez que gastaba una parte de sus reducidas ganancias en esos alimentos, pero no le importaba, pues sentía que se enfermaría terriblemente si seguía recibiendo lo que le daban de comer allí.


Su otro secreto podía guardarse mas fácil y era en verdad más inocente, aunque a él lo atormentaba más. A pesar de que había sido extremadamente cuidadoso en relacionarse con los muchachos, manteniendo siempre una distancia prudente y evitando al máximo encontrarse con la mirada de alguno de ellos, no pudo esquivar los penetrantes ojos de alguien en particular. Una de las niñas lo intrigaba seriamente, había descubierto varias veces sus ojos clavados en él, con un gesto que lo humillaba pero que le resultaba atractivo. La niña bajaba el mentón, inclinaba la frente hacia él y lo señalaba con sus fuertes cejas, lo miraba  a través de ellas, pero a pesar de que sus ojos podían sugerir algo maligno, el resto de su rostro parecía estar en completa tranquilidad, casi como si durmiera, la totalidad de su expresión daba la impresión de un bebé que sueña con algo que le incomoda.


Pero no era sólo eso, Pheso no podía ocultarse del todo que la niña era hermosa. Sus cejas profundas, sus ojos llenos de voluntad, su boca inmensa con los labios demasiado sensuales para su edad, a pesar de que siempre estaban partidos y algo resecos, eran un imán para la vista. La niña lo atraía sin que generara alguna acción en él. Pheso se mantenía casi sin dirigirle la palabra, pero eso no evitaba que se cuestionara constantemente sobre su actitud, su tendencia a favorecerla, aunque no lo llevara a hechos. Sin embargo, estaba decidido a salvarla si alguna vez la veía en las garras del hombre de la cooperativa, pero esto nunca había pasado, lo que lo hacía en cierta forma admirarla por mantenerse al margen de los vicios del claustro, aunque sabía que no dependía tanto de ella sino de una extraña suerte que la protegía.


Así pues, sus pecados estaban ligados a las pocas personas del claustro que en verdad quería ver, por lo que difícilmente encontraría un escondite satisfactorio entre todas esas confusas paredes, esos inexactos corredores, esas gradas retorcidas y demasiado estrechas como para saber a dónde llevan.


El claustro estaba conformado por varios edificios que se entrecruzaban en algunos de sus niveles, por lo que no quedaba claro su número; y por un número igual de indeterminado de patios, pues al no estar divididos por fronteras claras en sus cuatro lados tampoco se podían enumerar sin caer en discusiones y ambigüedades. Pheso recorría diariamente estos patios buscando un lugar a salvo, ya fuera para comerse un bocado de la comida que traficaba con el músico o para simplemente tener un instante de paz y soledad. Esto para las directivas podría resultar como un claro indicio de que algo trataba de ocultar, pero Pheso esperaba que se entendiera como un simple gesto huraño, lo cual sería menos grave. Varias veces, cuando estaba en este proceso de fuga, veía abrirse la ventana del último piso de uno de los edificios en uno de los patios, pero nunca había podido relacionar esa ventana con ningún lugar al que hubiese podido entrar, así que se debía tratar de un lugar desconocido, al que se debía llegar por alguna parte que aun no había encontrado, lo que era realmente inconcebible, pues en esas largas tardes en las que se encontraba completamente  desocupado, o con ocupaciones que aplazaba hasta que ya fuera inevitable darles tiempo, había caminado por todos los recovecos del lugar, que eran muchos, dadas las extrañas condiciones de la estructura, que cada vez le parecía más hecha a retazos, como si varias civilizaciones hubieran puesto sus manos sobre ella marcando su especial sello. Sin embargo, a pesar de eso, la arquitectura y los decorados no dejaban de tener una terrible uniformidad, que en medio de la falta de planeación, resultaba insoportable.


Esa ventana que se abría se convirtió en una de sus fijaciones, tenía que saber en qué lugar se encontraba, y descubrir quien era el que la abría, pues le parecía muy sospechoso que alguien abriera una ventana y nunca se asomara por ella, más cuando en el claustro habían muy pocas ventanas y todas parecían estar clausuradas. 


Así que Comenzó una pesquisa detallada, desechando los lugares que no podrían acceder a ese lugar, por ser demasiado conocidos o demasiado alejados. En las noches perfeccionaba un plano de las instalaciones, que nunca lo dejaba del todo satisfecho, pues no daba a concretar las proporciones, y siempre los pasillos terminaban desembocando en donde no debían. Llegó a pensar que su plano debería ser la correcta elaboración del edificio, y que era la realidad la que tenía serios errores, pero como la ventana que se abría quedaba en la realidad, debía descubrir su ubicación en ella y no en su plano.


Al fin desechó la idea de encontrar la entrada al lugar oculto de forma racional y se dedicó al tanteo, pero de esta forma no tuvo mayores éxitos. Siempre llegaba a un lugar en el que no había como más seguir, aunque sus cálculos lo hicieran pensar que el piso misterioso debía estar al subir las siguientes gradas que nunca estaban ahí.


Preguntarle a alguien habría sido completamente imposible, no se atrevía a hablar del tema con nadie. Comenzando,  sería muy incomodo explicar la razón de su búsqueda, tendría que hablar de sus escapadas a comer y de la ventana abierta; además, no sentía que podía confiar esa curiosidad a nadie. El músico se había mostrado muy amable con él todo el tiempo, y sentía que era la única persona que parecía ver las cosas como él las veía, pero le resultaba una persona demasiado simple como para acoger su curiosidad sin hacer una mueca de extrañeza y sin que despertara serias sospechas sobre él. De esta forma era la última persona con la que podría hablar del tema, pues no podía perder la confianza del único que parecía no estar espiándolo todo el tiempo. 


Claro que no se confesaba del todo la otra razón para no hablar con el músico del tema. Jamás se había explicado las razones que permitían al músico salir del claustro. Tampoco podía estar seguro que la amabilidad de éste no respondiera a un mero interés monetario. Es más, no existía forma de comprobar que las directivas no estaban ya enteradas de todos los negocios que hacía el músico y que únicamente lo mantuvieran allí como una trampa para todos los residentes en el claustro, para probarlos, prueba que él había fallado rotundamente. Claro, sin la tentación no se podría saber quién caería en ella. ¿Y si el músico estaba de acuerdo con las directivas?


Resultaría cosa de comedia, si no es porque sucedió dentro del claustro, decir que la suerte de Pheso cambió inesperadamente. Pero no cambió a manera de giro, lo cual supondría que se mantendría el mismo eje, simplemente era otra cosa distinta, otra esfera de su destino, que no estaba marcado, sólo se creó espontáneamente. Un día, caminando por un corredor algo habitual en el que ya nada despertaba su interés, se encontró una escalera de madera recostada contra una pared.


Empezó a trepar las escaleras que parecían estar allí por casualidad, sin ninguna finalidad aparente, pero que conducían precisamente a una claraboya que carecía de teja o vidrio protector. Al llegar al final de las escaleras tuvo que colgarse de las barras de madera de la claraboya y subir con la fuerza de sus brazos que en un principio creyó insuficientes, pero que le bastaron en buena medida para asomarse y descubrir que todo un corredor, con piso en madera y varias puertas a los lados, se extendía por unos veinte metros hasta el fondo. Descansó sus brazos apoyando sus pies nuevamente en la escalera, y tomó más impulso esta vez para subir de un sólo jalón hasta el piso del corredor. Lo logró mandando su cabeza hacia el frente y entró dando un bote a ese pasaje oculto al que posiblemente no deseaban que entrara, pero no reflexionó demasiado en eso. Se puso en pie, miró por la claraboya hacia abajo y notó la dificultad que depararía regresar a la escalera. Es más, la escalera podía desaparecer, pues alguien debió dejarla olvidada, así que era muy posible que regresaran por ella y ya no estuviera, lo que lo pondría en una de las situaciones más desesperadas a las que se hubiera enfrentado en el claustro, pero no le importó, pues supuso que estaba en el lugar que tanto había buscado.


Caminó hasta el final del corredor despreciando todas las puertas que estaban a los lados, sólo le interesaba la última, la que estaba en el fondo, pues esa tenía que ser la que lo llevaría a ese cuarto tan esperado. Al llegar frente a la puerta giró la perilla y empujó la puerta con lentitud, evitando tumbar lo que pudiera estar al otro lado, pero no había nada.


Al entrar al cuarto descubrió que la única luz que existía provenía de la ventana que iluminaba apenas el piso aledaño a ella y que estaba cubierto de objetos antiguos de función imprecisa, seguramente algún día la tuvieron, pero ahora ya no servían para nada dentro del claustro. Todo el resto del cuarto estaba a oscuras, pero sabía que había alguien, por lo que no se asustó demasiado cuando escuchó esa voz cansina y bastante maltrecha,

—Sabe bien que no debería estar aquí… Aún así es bienvenido y podemos conversar un rato antes de que se tenga que marchar nuevamente.

—No sabía que había lugares prohibidos en el claustro para los maestros.

—Usted bien lo sabe, nadie lo especificó seguramente, pero usted lo sabe y eso es suficiente para que lo ponga en problemas.

—Ese caso, ¿debería irme ya?

—Ya está aquí, si se queda un rato no ahondará la falta.


Ya los ojos de Pheso se acostumbraban a la oscuridad del cuarto y empezó a reconocer la figura del viejo que estaba sentado en medio del cuarto. Podía percibir que a pesar del estado de abandono del cuarto, el viejo no estaba tan mal trajeado, parecía un indigente recién acicalado y con trajes usados que le habían regalado.

—En ese caso me quedo, pero no sé exactamente de qué deberíamos hablar, no estaba preparado para este encuentro.

—Es lamentable, pues supuse que podríamos tener una charla amable, pero descubro que no va a ser así, usted se guarda sus cartas, así que yo también guardaré las mías.


Un pequeño movimiento en la penumbra hizo que Pheso fijara su atención en un punto de la habitación y descubriera allí a la niña de los labios partidos. Eso lo confundió más que todo lo que le había sorprendido en el claustro. Estaba realmente aturdido, estuvo a punto de preguntar bruscamente que hacia esa niña allí, pero se contuvo.

—Perdón si lo decepciono, pero no sé de que cartas habla. No sé si buscaba este encuentro, en todo caso he llegado aquí por accidente y esa es toda la verdad.


El viejo guardó silencio y tomó una postura de encogimiento, como si su charla ya hubiera terminado y sólo esperara que su interlocutor se marchara. Así que a Pheso no le quedó de otra que fijar su atención en la niña.

—Tranquila, salga de ese rincón. Ya la he visto. No le voy a contar a nadie que estaba aquí.

La niña de los labios partidos salió del rincón con un movimiento demasiado brusco, con la alegría del que se halla entre una multitud esperando escuchar su nombre de entre muchos otros nombres y efectivamente lo escucha.


El viejo volvió a la actitud de conversación.

—Es curioso, porque también ella podría decirle lo mismo.

La niña se detuvo justo en medio de Pheso y el viejo, miró a Pheso con cierto saludo despiadado y luego fue a colocarse de rodillas junto al viejo, recostó uno de sus brazos sobre las piernas del viejo, que ahora, mirándolas bien, parecían inertes. Este gesto enfureció a Pheso, aún más tras ver la expresión de la niña que inclinó levemente la barbilla hacia atrás y lo miro fijamente con ese gesto que tanto lo inquietaba en las clases, pero contuvo esa furia, una vez más tenía que mantener la calma.

—Tiene toda la razón, claro está que aún no hemos aclarado cuál es nuestra falta.

—Usted lo sabe, de lo contrario no le habría prometido guardar silencio.

Pheso miraba a la niña tratando de encontrar alguna complicidad en ella, pero no había suficiente luz para descubrir su gesto de forma minuciosa, la penumbra le daba un toque de perversidad a las cuencas de sus ojos.

—De acuerdo, usted debe llevar más tiempo aquí, tal vez me sería útil recibir algunas explicaciones de usted.

—Bueno, en eso esta equivocado. Sí, llevo muchos años viviendo en el claustro, pero desde hace bastante tiempo no estoy enterado de lo que sucede en su interior. Yo fui maestro, como usted, y como usted estuve bastante inadaptado un tiempo. Pero tranquilo, todos terminamos por acostumbrarnos al orden. Míreme, ahora ya estoy retirado.

—Pero, ¿cómo es que no decidió irse? ¿Acaso no le permitieron salir? ¿Es posible que lo hayan encerrado…?

—No se altere. ¿A dónde quería que fuera? Nadie me retiene aquí, ¿acaso usted esta aquí por la fuerza? Aparte del hombre que está en la portería, ¿quién más podría detenerlo? Y no creo que él sólo baste para hacerlo.

—Entonces… ¿Por qué nunca se fue?

—Eso ya perdió importancia, ahora estamos hablando de usted, ¿se siente atrapado?

—No es eso, no es que yo me sienta atrapado o que quiera salir, simplemente quiero entender cómo funciona el claustro.

—Lo que hay para entender lo sabe ya, no hay nada oculto, lo que le resultará útil para su estadía aquí es lo evidente, indagar en lo que está detrás sólo lo perderá y no lo llevará a nada.

—Debo pensar que usted recorrió ese camino y fracasó.

—Se sigue equivocando. No digo porque me haya sucedido, sino porque me funcionó lo contrario.

—Entonces, ¿cómo está tan seguro que nada se oculta en el claustro? Yo siento que todo es fachada, que lo sustancial no lo sabemos.

—Grave error, es un desvarío muy propio de la juventud, pero no por eso menos peligroso. Le repito, el secreto del claustro es vacío.


Pheso comenzó a molestarse, contuvo su siguiente pregunta, que pensó que podía ser la definitiva y miró a su alrededor. Al ver que la luz ya casi no entraba por la ventana entendió que sus ojos se habían acostumbrado demasiado a la oscuridad y no se dio cuenta de que se hacía de noche. No pudo entender cómo se había relajado tanto y había permitido que esta conversación se extendiera durante tanto tiempo. A decir verdad, tenía la impresión de haber estado allí un par de minutos, pero evidentemente había permanecido en ese cuarto por horas. Pensó en las escaleras y en si todavía estarían en el mismo lugar, así que se decidió a despedirse.


Su impaciencia debió resultar muy obvia porque el viejo bajó la cabeza y le dijo, casi con voz de quien está a punto de dormir,

—Sí, creo que ya debería marcharse, espero que algún provecho sacara de esta conversación.


No era el momento para conclusiones. Miró a la niña esperando en ella algún indicio de querer acompañarlo, pero estaba inmutable, así que salió pronto de ahí. No se despidió, pues pensó que el anciano ya había cerrado toda posibilidad para pronunciar otra palabra. Corrió por el corredor y encontró la escalera en donde había quedado, pero ahora parecía parte del mobiliario, siempre debió estar ahí, y estaría cada vez que quisiera regresar, pero por ahora no juzgo necesario hacerlo, tenía que irse. No era éste un hecho que se encadenara con los demás hechos de su vida en el claustro, había sido una desviación insensata.


Se descolgó por la claraboya y, a pesar de que se lesionó levemente uno de los hombros, se sorprendió de la facilidad con la que puso sus pies sobre las escaleras cuando en un principio pensó que sería más difícil regresar al suelo que subir a aquel corredor. A lo mejor era la premura que lo hacía mas ágil o era simplemente un mensaje que le decía: nada tenía que ir a hacer allá.


La certeza de que esta visita lo perdería no le daba descanso. ¿Para qué fue a ese lugar? ¿Acaso quería una salida? Tal vez la única forma para salir del claustro era ser despedido. Pero esa no era una salida, esa era una expulsión, y así no encontraría alivio. La llamada de la dirección era inminente, ahora sólo tenía en su porvenir una larga espera.



domingo, 14 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 10 SOLITARIO

 

Era tal vez el jugador de solitario más grande que había existido en la historia de la humanidad. Comenzó a jugar solitario como se comienzan a hacer la mayoría de cosas de la vida, sin la menor intención de hacer algo importante, tan sólo comenzó a jugar y se quedó en eso. Al principio colocaba las cartas sin poner mayor atención y después de un rato se asombraba por la gran cantidad de tiempo que había pasado desde que comenzó a jugar. Cuando entendió a las mil maravillas el funcionamiento del juego, sintió la necesidad de contabilizar el tiempo que tardaba en cada juego y a esto siguió la necesidad de reducir cada vez este tiempo empleado. 


Entonces la cosa tomó otras dimensiones, ahora era un verdadero desafío jugar solitario, un desafío infinito, pues mientras se demorara alguna cantidad de tiempo, sentía que aún podía superarse. Aunque cada vez parecía más difícil lograrlo (los avances comenzaron a ser menos notorios), esto no lo amargaba en lo más mínimo, sólo podía sentir orgullo de su gran capacidad para el juego. Después de llevar su técnica a un grado de perfección inigualable, sintió la necesidad de retar a alguien, de encontrar un contrincante al que obviamente sorprendería dramáticamente, pero precisamente lo que le había llevado a jugar solitario fue el principal impedimento para encontrar a alguien que se enfrentara a él en un reto de solitario. 


Sin embargo, su gran capacidad no podía quedarse por más tiempo oculta, así que un día, sin confesarse a sí mismo las verdaderas razones de su acción, decidió ir a un bar que quedaba en la esquina, sentarse solo en una mesa, pedir una cerveza, y ponerse a jugar solitario. Las personas que estaban en el bar, no pudieron evitar observar los movimientos frenéticos del tipo sentado solo, con un naipe desparramado sobre la mesa. La verdad su presencia se hacía molesta y trataban de concentrarse en otras cosas para alejar su atención de aquella inexplicable actitud, mientras que el jugador de solitario parecía estar muy a gusto por la atención que despertaba en las personas del bar.


Con el tiempo los juegos de solitario en el bar se volvieron más frecuentes y los clientes del lugar comenzaron a reconocer al tipo de las cartas, y lo hicieron tema de discusión incluso cuando no se encontraba presente; pero, con el paso de los días, sucedió un raro fenómeno: muchos fieles bebedores dejaron de asistir al bar. Fue un acto casi inconsciente, simplemente cuando pensaban en tomarse una cerveza preferían ir a otro lugar, sin decirse exactamente por qué, sentían algo de tedio al pensar en ir a ese bar de la esquina y encontrarse al jugador de solitario. Esto se volvió notorio para el dueño del lugar, que miraba con preocupación como los clientes más asiduos desaparecían uno a uno desde la aparición del tipo de las cartas y para él fue más que evidente que la presencia de éste era el que ocasionaba dicha deserción, pero igual le resultaba imposible pedirle a un buen hombre, que nada malo le había hecho, excepto alejar su clientela involuntariamente, que no volviera a su humilde establecimiento. Así que el bar terminó siendo visitado únicamente por bebedores ocasionales que, en el mejor de los casos, iban un par de veces y no se les volvía a ver por allí.


Uno de estos visitantes que llegaban por casualidad al bar, que tal vez habían tratado de entrar a un sinnúmero de lugares con un número igual de fracasos, que tal vez ya habían gastado su dinero en otra parte y ahora remataban la noche en un lugar desconocido que se toparon en el camino a casa, uno de estos entró una noche al bar. Era un joven muy bien parecido y estaba acompañado por una bella muchacha que se mostraba todo el tiempo muy cariñosa con él. Desde que el joven entró notó la presencia de un tipo que movía mecánicamente las manos a una velocidad asombrosa. Después de unos instantes logró determinar que realizaba una extraña maniobra con un naipe. No pudo contener su curiosidad, así que se levanto de su mesa y se dirigió hacia donde se realizaba la misteriosa tarea. La muchacha que lo acompañaba pareció mostrar algo de disgusto, pero él no le dio importancia, con un movimiento bastante despectivo se deshizo de ella y llegó hasta el lugar que despertaba tanto su interés, se paró frente a la mesa y descubrió con gran asombro lo que allí sucedía. Frente a él estaba tal vez el mejor jugador de solitario que existiera en la historia de la humanidad. No podía dejar de mirar los precisos movimientos que llevaban una carta hasta su lugar adecuado como si se le pusiera allí caprichosamente, solo con el objetivo de ubicarla rápidamente en cualquier lugar, y más lo asombraba aún la reducida cantidad de tiempo que empleaba en terminar exitosamente un juego.


El joven estuvo ahí parado junto a la mesa durante una decena de juegos sin que el jugador de solitario pareciera inmutarse, pero en realidad, éste ya comenzaba a sentirse molesto con la presencia del joven, y de hecho sentía que su juego desmejoraba, lo que sería captado fácilmente por el joven, sólo que este no comprendería la razón por la que se demoraba más de la cuenta en pensar su siguiente movimiento, y así llegaría a la equivoca conclusión que estaba frente a un jugador de solitario de lo más ordinario. Todas estas ideas no podían más que hacerle perder la calma, por lo que se detuvo a la mitad de una jugada, recogió el naipe de sobre la mesa, pagó apresuradamente al dueño del bar que se hallaba junto a la barra desconsolado y casi dormido, y abandonó el bar como si se le hubiera ofendido profundamente. El joven, muy contento por el espectáculo que había presenciado gracias a la divina providencia que lo había llevado ese día justo a ese lugar, regresó a su mesa y no tardó en contentar a la muchacha que aún lo esperaba, y tras unos minutos, ella lo miraba con sus hermosos ojos mientras él trataba de explicarle con lenguaje lo que era incluso complicado de apreciar con la visión.


El jugador de solitario se sintió tan molesto por el percance sufrido que decidió no volver a ese bar, pero también le resultó imposible ir a otro lugar diferente a jugar solitario en público, así que terminó recluyéndose nuevamente a su intimidad para jugar solitario. Con el paso de los días perdió el interés por el solitario y no lo volvió a jugar nunca más.