Al comienzo usted no era más que un rumor, palabras en la boca de mi madre, cháchara inconexa y borrosa. Ruido. Era una mujer, inteligente, con estudios, correctísima ala, trabajadora, de bien, me aburría, se me escapaba la mente mientras mi mamá trataba de vendérmela, pensaba yo en el dolor áspero que tenía en el pecho, la falta de sueño, la inapetencia. Entonces escuché: se va a casar. ¿y a qué viene toda esta charla? Tengo que irme amá.
Por alguna razón su nombre me quedo grabado (Laura) y cuando lo volví a escuchar la recordé, no a usted, sólo la vaga idea de su existencia. Mi mamá tenía una reunión, me pedía que la acompañara, Laura iba a estar, ¿recuerdas…, la mujer de la que te hablé? Sí, la recordaba. No sé por qué.
Acepté ir a la reunión; forcé a mi mamá para que me fastidiara un poco, insistiéndome en ir con ella, para al final terminar aceptando a regañadientes. La verdad es que tenía curiosidad de saber cómo era usted, no qué personalidad tenía, sólo saber si era bonita. Pienso yo que es natural en un hombre sentir este tipo de curiosidad, lo hacemos todo el tiempo; pero no estamos preparados para que realmente esa curiosidad se convierta en un descubrimiento, en el fondo sólo se espera ser defraudado.
La reunión era en un apartamento en el Centro. De entrada me arrepentí: la situación consistía en una veintena de personas, unos sentados en sofás otros de pie, agrupados en pequeños números, sosteniendo conversaciones de temas que no se dan entre amigos, una mesa con demasiados pasabocas y con muy poco licor. Para fumar había que salir al balcón.
Mi entretención era adivinar quién era usted, mujer, recatada, de veinticinco, blanca, ojos grandes, labios rojos, sin maquillaje, pistas falsas todas, usted según mi capricho. Nadie se ajustaba, sólo habladoras, escotadas, putas elegantes, caras, negadoras de su condición de putas porque estudiaron alguna carrera universitaria de utilidad sospechosa; ni una sola posible ama de casa, sólo mujeres modernas, de esas que hablan fuerte, ríen de manera desproporcionada y se creen más inteligentes que los hombres, como si eso fuera algo de admirar.
Mi mamá se perdió entre los asistentes a la reunión, se hundió entre saludos y abrazos más o menos cordiales, se la tragaron los escotes y los dientes de las mujeres que seguro tuvieron tratamientos de ortodoncia en la adolescencia; yo me quedé muy cerca de la puerta, así no tenía que caminar mucho para entrar, ni mucho para salir. Por poco que sea el licor, siempre ayuda a que pase el tiempo y el peso de la vida social se haga llevadero, ya ni quería irme cuando mi mamá vino caminando hacia mí, la llevaba a usted de la mano. No lo alcancé a imaginar. Me la presentó y sin disimular se fue para dejarnos solos. A mí, un ser vacío y abominable, y a usted, una mujer de futuro prometedor y comprometida, pero es que el futuro no es más que una promesa incumplida y el demonio esta en todas partes, hasta en las buenas intenciones de una madre.
Empezamos a hablar y a los cinco minutos ya estaba enamorado de usted. Veía sus ojos hermosos y hablábamos de cosas de la infancia, usted sonreía y yo deseaba besarla, al menos en la mejilla, sentir su piel de seda, nunca le dije esa tarde que sus ojos eran hermosos, odio ser sincero con las mujeres, creo que la sinceridad es la forma más baja de cortejo: eres muy linda, me gustas, qué bien me caíste; todo eso es cierto, pero ¿decirlo sólo para tenerla desnuda, despeinada y apretujada contra mi cuerpo? Me parece cosa despreciable. Yo sólo quería ser ideal para usted, decir lo correcto, parecerle un buen tipo, aunque no lo fuera, no mencioné mis hábitos parasitarios, soy alcohólico, soy un miserable sin sentimientos bondadosos, ¡váyase! Usted era una buena mujer y nunca antes me había gustado una buena mujer, así que callé. Fue un acto de egoísmo y maldad, no de amor. Creo que nunca tuve un acto de amor frente a usted.
Cometí dos pecados ese día. No contarle quién era yo realmente, y pedirle su teléfono, la excusa era consultar su opinión sobre unos cuentos que yo había escrito, usted trabajaba en una editorial, pero yo no había escrito nunca un cuento. No hablamos de que usted se iba a casar, pero yo lo sabía. ¿Por qué usted también calló esa parte? ¿Qué estaba pensando de mí? ¿Por qué me dio su teléfono?
Esa noche, regresando a la casa, mi mamá volvió a hablarme de usted, pero esta vez presté toda mi atención. Su novio trabajaba en Australia, en dos meses vendría para el matrimonio, usted quería seguir trabajando, quería seguir en su ciudad, pero eso lo tenían que decidir entre los dos. Dos meses, es muy poco puto tiempo. sentencia de muerte, dos meses para el fusilamiento, cada día viviendo la muerte, ¿se hacen largos o cortos? ¿Cómo será saber que se va a morir? En ese momento pensé en esas cosas, y en la angustia insensata que me vino de repente.
Al recordar esos días sigo sin tener claridad sobre mis verdaderas intenciones frente a usted, puedo decir que obré de manera irreflexiva: la llamé sin siquiera haber escrito los benditos cuentos, tampoco los mencioné en la conversación, nunca más volvimos a hablar de los cuentos, yo nunca escribí un cuento en toda mi vida. Sólo le escribí una nota una vez, la de aquella noche del chiste del aguardiente.
Quedamos de vernos al día siguiente en una cafetería que los dos conocíamos y que al parecer nos quedaba bien.
Esa tarde nos hicimos amigos, claro, seguía sin mencionarse mi pasado y su matrimonio. Empecé a pensar que usted lo sabía todo, así como yo sabía lo de su novio en el extranjero. Sin mencionar eso, obviando eso, negando eso, fue fácil nuestra amistad. Nos vimos varias veces durante las siguientes semanas; a veces eran cortos encuentros para comer, otras veces largas charlas en cafés hasta que nos avisaban que iban a cerrar ya en la madrugada.
Al mes de conocernos yo desaparecí, usted no supo que pasó conmigo, yo nunca le conté, supongo que sospechaba la razón. En esos días volví a mis antiguas amistades, regresé a mis lugares habituales, tomaba toda la noche, confundía rostros y canciones, besaba prostitutas con o sin pago, abrazaba desconocidos y me daba trompadas con mis amigos, vomitaba bajo las mesas y lloraba sin razón en los baños, me arrastraba en la madrugada hasta la puerta de la casa en donde dormía hasta que alguien me entrara cargado, vivía sólo para despertarme en la tarde siguiente y salir a buscar una cerveza y un compañero con el que pudiera hablar, todo terminaba en borrachera, nos decidíamos por ir al bar ese o al prostíbulo aquel, volvía la música, el grito, el aguardiente, el argumento insensato, el desvarío, los extraños que titilaban en mis ojos como lucecitas y que algunas veces desaparecían sin siquiera existir en mi consciencia, las calles, a veces nuevas, a veces repetidas, los tropezones, el barro en mis rodillas, moretones, sangre en las canillas, reptar hasta la puerta de mi casa, esperar que alguien me lleve a la cama.
Pero esta vez, y aunque suene estúpido, había algo diferente: de repente, usted aparecía varias veces en esas noches. No es que me emborrachara por usted, yo me emborrachaba porque es la única cosa que he sabido hacer en la vida, pero en medio de mi borrachera pensaba en usted, con cierto gustito como de acidez bajo la lengua, con cierta loca esperanza, también con maligna melancolía, como si su existencia me salvara de mi perdición, no de forma material, sólo de manera intangible, etérea si se quiere, pero cierta.
Ahora no sólo me quedaba dormido sobre una mesa húmeda de cerveza y sucia de ceniza, sino que lo hacía sin usted, sin su conocimiento. Pensé cierto día que debía volver a buscarla. Habían pasado tal vez quince días que para mí habían significado apenas unos pocos instantes de confusión, era demasiado tarde para volver a buscarla pero aun así lo hice.
Siempre le agradeceré la forma en la que respondió a mi llamada, se mostró tan alegre, tan satisfecha, con tantos deseos de verme, que de inmediato sentí como todos los tóxicos que habían entrado en mi cuerpo los días anteriores salían y me dejaban en paz.
Esa vez nos vimos en su apartamento. Usted dijo que quería invitarme a almorzar. No llevé vino, me pareció demasiado ridículo llegar a su puerta y esperar a que me abriera mientras sostenía ese detalle de sobria elegancia, adoptando una postura con decorosa etiqueta, a manera de mostrador ambulante. Llevé una botella de aguardiente, a usted le pareció graciosa la ocurrencia.
Pensé en mi mamá como un jugador de ajedrez que desde la primera movida ya preconfigura todo el juego, ¿yo sería su opositor que creía jugar para sí y lo único que hacía era seguir el curso del juego planteado por otro, o mas bien sería una ficha en el tablero sin la menor posibilidad de decidir? ¿Y si no fuera mi mamá la que esta detrás de todo esto, sino una fuerza superior, un jugador que ni se interesa en el juego y sólo mueve las fichas casi sin mirar y sin preocuparse por el destino de esas figuritas de madera talladas por el tiempo y olvidadas en el tablero polvoriento? El jugador todopoderoso mueve las fichas mientras ve su programa de televisión favorito, a continuación se limpia los dedos del polvo con un ligero gesto de malestar y prosigue a tomar una presa de pollo que esta en un plato junto al tablero de juego.
Estaba ebrio, a su lado, como lo he estado un millón de veces más. Jamás mencionamos al hombre con el que usted se iba a casar, tampoco hubo reproches cuando salí demasiado temprano huyendo de lo que sentí esa noche, amor, amor puro, amor de escolar, amor salvador y rejuvenecedor, y sólo, en mi carrera de huida, le deje esa nota: jaque al rey caído, la llamo pronto. No hubo reproches cuando yo regresaba a sus brazos después de desaparecer por semanas. Nadie ganó el juego, todos perdimos. Todos estos años no me atreví a confesármelo, lo veía pero de soslayo, prefería pensar que era una sombra borrosa de otra cosa y no de la derrota de mi madre, del esposo que nunca tuvo, de usted y de mí.
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