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lunes, 11 de noviembre de 2013

HE DICHO

Hoy pido perdón
y perdono a todos,
y a partir de ahora
no existe más el perdón,
porque no existe el pecado y la culpa,
la moral o el remordimiento.

Las acciones de los hombres
son como los movimientos de un mosquito
atrapado en la brea.

¿Quién puede culparnos,
si sólo intentamos vivir,
cuando todo de lo que estamos hechos
esta hecho
para la muerte?

No es un día feliz,
no es un día triste,
es
un día,
y lo comparto
con la galaxia entera.

Me paro en medio de la muchedumbre
de gente, de montañas, de planetas,
muchedumbre de universos.
Trato de estirar mi cabeza
para ver el horizonte,
pero siempre hay algo más grande que lo cubre.

me sumerjo entonces
en la santa paz de los ignorados,
en el anonimato cósmico,
en días de libertad y olvido,
desmemoria
de los himnos y las banderas,
de credos y yo pecadores,
de rituales profanos y sagrados,
de tumbas que están, de tumbas que esperan.

Aleteo en el pesado mar negro
en el que vivo,
y voy quedándome dormido,
mientras un sol
en alguna parte
habrá muerto.

martes, 30 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 11 EL PEQUEÑO RELATO SOBRE LA VENTANA, DURANTE SU ESTADÍA EN EL CLAUSTRO


En el claustro no se veía llover. Todo lo que se percibía de la lluvia era el estruendo que producían las gotas al chocar contra el tejado, el ruido era tal que no era posible hablar. Pheso debería haberse acostumbrado ya a esa situación, pero nada en el claustro le resultaba habitual, se extrañaba de todo y eso lo hacía verse sospechoso a los ojos de los otros residentes del claustro, sobre todo frente a las directivas, que eran precisamente de las que resultaba vital recibir la aceptación.


Su condición de recién llegado, que no se anularía, por más que ya llevara varios meses en el claustro –hasta que entrara alguien más a reemplazarlo en el puesto de recién llegado– lo tenía en una situación más que indeseable. Para él era evidente que lo espiaban todo el tiempo, y sus acciones seguramente eran milimétricamente medidas. Nada parecía ser más importante en el mundo a que él tuviese un mechón de pelo untado con tiza, ni siquiera que el hombre de la cooperativa acosara a las niñas todo el tiempo, acorralándolas muchas veces contra las paredes simulando un juego, pero con una actitud claramente lasciva o que la directora, que según muchos era su esposa, ignorara esto y se preocupara más por regar las matas que invadían todos los corredores. Es posible que si algún día la mujer hubiera encontrado al hombre de la cooperativa recostando a una de las niñas contra una de las matas, los habría espantado quejándose del daño que le hacían a la pobre planta.


Aún con el claro conocimiento de que sus acciones serían juzgadas de forma severa, y hasta irracional, mientras no fuera desplazado de esa injusta posición de novato, él no se mostraba tan sigiloso y calculador como debiera. En su habitación había decorado las paredes con varios dibujos hechos a lápiz por los muchachos e incluso por él mismo, cosa que estaba terminantemente prohibida, a no ser que estos dibujos reprodujeran la cara de un santo o algún miembro de las directivas; pero no, los suyas tenían figuras producto de la imaginación, cosas como animales y paisajes, que ya casi nadie recordaba correctamente, por lo que los transformaban un poco en el dibujo.

 

No era este el único secreto que guardaba. Odiaba la comida del claustro, por lo que sostenía relaciones ilegales con el músico, el cual, por ser el único que tenía contacto frecuente con el exterior, podía traficar con algunas cosas como alimentos, que por dudosa que fuera su procedencia y calidad, no podían ser de peor sabor que los que se comían en el claustro. Así que Pheso corría un gran riesgo cada vez que gastaba una parte de sus reducidas ganancias en esos alimentos, pero no le importaba, pues sentía que se enfermaría terriblemente si seguía recibiendo lo que le daban de comer allí.


Su otro secreto podía guardarse mas fácil y era en verdad más inocente, aunque a él lo atormentaba más. A pesar de que había sido extremadamente cuidadoso en relacionarse con los muchachos, manteniendo siempre una distancia prudente y evitando al máximo encontrarse con la mirada de alguno de ellos, no pudo esquivar los penetrantes ojos de alguien en particular. Una de las niñas lo intrigaba seriamente, había descubierto varias veces sus ojos clavados en él, con un gesto que lo humillaba pero que le resultaba atractivo. La niña bajaba el mentón, inclinaba la frente hacia él y lo señalaba con sus fuertes cejas, lo miraba  a través de ellas, pero a pesar de que sus ojos podían sugerir algo maligno, el resto de su rostro parecía estar en completa tranquilidad, casi como si durmiera, la totalidad de su expresión daba la impresión de un bebé que sueña con algo que le incomoda.


Pero no era sólo eso, Pheso no podía ocultarse del todo que la niña era hermosa. Sus cejas profundas, sus ojos llenos de voluntad, su boca inmensa con los labios demasiado sensuales para su edad, a pesar de que siempre estaban partidos y algo resecos, eran un imán para la vista. La niña lo atraía sin que generara alguna acción en él. Pheso se mantenía casi sin dirigirle la palabra, pero eso no evitaba que se cuestionara constantemente sobre su actitud, su tendencia a favorecerla, aunque no lo llevara a hechos. Sin embargo, estaba decidido a salvarla si alguna vez la veía en las garras del hombre de la cooperativa, pero esto nunca había pasado, lo que lo hacía en cierta forma admirarla por mantenerse al margen de los vicios del claustro, aunque sabía que no dependía tanto de ella sino de una extraña suerte que la protegía.


Así pues, sus pecados estaban ligados a las pocas personas del claustro que en verdad quería ver, por lo que difícilmente encontraría un escondite satisfactorio entre todas esas confusas paredes, esos inexactos corredores, esas gradas retorcidas y demasiado estrechas como para saber a dónde llevan.


El claustro estaba conformado por varios edificios que se entrecruzaban en algunos de sus niveles, por lo que no quedaba claro su número; y por un número igual de indeterminado de patios, pues al no estar divididos por fronteras claras en sus cuatro lados tampoco se podían enumerar sin caer en discusiones y ambigüedades. Pheso recorría diariamente estos patios buscando un lugar a salvo, ya fuera para comerse un bocado de la comida que traficaba con el músico o para simplemente tener un instante de paz y soledad. Esto para las directivas podría resultar como un claro indicio de que algo trataba de ocultar, pero Pheso esperaba que se entendiera como un simple gesto huraño, lo cual sería menos grave. Varias veces, cuando estaba en este proceso de fuga, veía abrirse la ventana del último piso de uno de los edificios en uno de los patios, pero nunca había podido relacionar esa ventana con ningún lugar al que hubiese podido entrar, así que se debía tratar de un lugar desconocido, al que se debía llegar por alguna parte que aun no había encontrado, lo que era realmente inconcebible, pues en esas largas tardes en las que se encontraba completamente  desocupado, o con ocupaciones que aplazaba hasta que ya fuera inevitable darles tiempo, había caminado por todos los recovecos del lugar, que eran muchos, dadas las extrañas condiciones de la estructura, que cada vez le parecía más hecha a retazos, como si varias civilizaciones hubieran puesto sus manos sobre ella marcando su especial sello. Sin embargo, a pesar de eso, la arquitectura y los decorados no dejaban de tener una terrible uniformidad, que en medio de la falta de planeación, resultaba insoportable.


Esa ventana que se abría se convirtió en una de sus fijaciones, tenía que saber en qué lugar se encontraba, y descubrir quien era el que la abría, pues le parecía muy sospechoso que alguien abriera una ventana y nunca se asomara por ella, más cuando en el claustro habían muy pocas ventanas y todas parecían estar clausuradas. 


Así que Comenzó una pesquisa detallada, desechando los lugares que no podrían acceder a ese lugar, por ser demasiado conocidos o demasiado alejados. En las noches perfeccionaba un plano de las instalaciones, que nunca lo dejaba del todo satisfecho, pues no daba a concretar las proporciones, y siempre los pasillos terminaban desembocando en donde no debían. Llegó a pensar que su plano debería ser la correcta elaboración del edificio, y que era la realidad la que tenía serios errores, pero como la ventana que se abría quedaba en la realidad, debía descubrir su ubicación en ella y no en su plano.


Al fin desechó la idea de encontrar la entrada al lugar oculto de forma racional y se dedicó al tanteo, pero de esta forma no tuvo mayores éxitos. Siempre llegaba a un lugar en el que no había como más seguir, aunque sus cálculos lo hicieran pensar que el piso misterioso debía estar al subir las siguientes gradas que nunca estaban ahí.


Preguntarle a alguien habría sido completamente imposible, no se atrevía a hablar del tema con nadie. Comenzando,  sería muy incomodo explicar la razón de su búsqueda, tendría que hablar de sus escapadas a comer y de la ventana abierta; además, no sentía que podía confiar esa curiosidad a nadie. El músico se había mostrado muy amable con él todo el tiempo, y sentía que era la única persona que parecía ver las cosas como él las veía, pero le resultaba una persona demasiado simple como para acoger su curiosidad sin hacer una mueca de extrañeza y sin que despertara serias sospechas sobre él. De esta forma era la última persona con la que podría hablar del tema, pues no podía perder la confianza del único que parecía no estar espiándolo todo el tiempo. 


Claro que no se confesaba del todo la otra razón para no hablar con el músico del tema. Jamás se había explicado las razones que permitían al músico salir del claustro. Tampoco podía estar seguro que la amabilidad de éste no respondiera a un mero interés monetario. Es más, no existía forma de comprobar que las directivas no estaban ya enteradas de todos los negocios que hacía el músico y que únicamente lo mantuvieran allí como una trampa para todos los residentes en el claustro, para probarlos, prueba que él había fallado rotundamente. Claro, sin la tentación no se podría saber quién caería en ella. ¿Y si el músico estaba de acuerdo con las directivas?


Resultaría cosa de comedia, si no es porque sucedió dentro del claustro, decir que la suerte de Pheso cambió inesperadamente. Pero no cambió a manera de giro, lo cual supondría que se mantendría el mismo eje, simplemente era otra cosa distinta, otra esfera de su destino, que no estaba marcado, sólo se creó espontáneamente. Un día, caminando por un corredor algo habitual en el que ya nada despertaba su interés, se encontró una escalera de madera recostada contra una pared.


Empezó a trepar las escaleras que parecían estar allí por casualidad, sin ninguna finalidad aparente, pero que conducían precisamente a una claraboya que carecía de teja o vidrio protector. Al llegar al final de las escaleras tuvo que colgarse de las barras de madera de la claraboya y subir con la fuerza de sus brazos que en un principio creyó insuficientes, pero que le bastaron en buena medida para asomarse y descubrir que todo un corredor, con piso en madera y varias puertas a los lados, se extendía por unos veinte metros hasta el fondo. Descansó sus brazos apoyando sus pies nuevamente en la escalera, y tomó más impulso esta vez para subir de un sólo jalón hasta el piso del corredor. Lo logró mandando su cabeza hacia el frente y entró dando un bote a ese pasaje oculto al que posiblemente no deseaban que entrara, pero no reflexionó demasiado en eso. Se puso en pie, miró por la claraboya hacia abajo y notó la dificultad que depararía regresar a la escalera. Es más, la escalera podía desaparecer, pues alguien debió dejarla olvidada, así que era muy posible que regresaran por ella y ya no estuviera, lo que lo pondría en una de las situaciones más desesperadas a las que se hubiera enfrentado en el claustro, pero no le importó, pues supuso que estaba en el lugar que tanto había buscado.


Caminó hasta el final del corredor despreciando todas las puertas que estaban a los lados, sólo le interesaba la última, la que estaba en el fondo, pues esa tenía que ser la que lo llevaría a ese cuarto tan esperado. Al llegar frente a la puerta giró la perilla y empujó la puerta con lentitud, evitando tumbar lo que pudiera estar al otro lado, pero no había nada.


Al entrar al cuarto descubrió que la única luz que existía provenía de la ventana que iluminaba apenas el piso aledaño a ella y que estaba cubierto de objetos antiguos de función imprecisa, seguramente algún día la tuvieron, pero ahora ya no servían para nada dentro del claustro. Todo el resto del cuarto estaba a oscuras, pero sabía que había alguien, por lo que no se asustó demasiado cuando escuchó esa voz cansina y bastante maltrecha,

—Sabe bien que no debería estar aquí… Aún así es bienvenido y podemos conversar un rato antes de que se tenga que marchar nuevamente.

—No sabía que había lugares prohibidos en el claustro para los maestros.

—Usted bien lo sabe, nadie lo especificó seguramente, pero usted lo sabe y eso es suficiente para que lo ponga en problemas.

—Ese caso, ¿debería irme ya?

—Ya está aquí, si se queda un rato no ahondará la falta.


Ya los ojos de Pheso se acostumbraban a la oscuridad del cuarto y empezó a reconocer la figura del viejo que estaba sentado en medio del cuarto. Podía percibir que a pesar del estado de abandono del cuarto, el viejo no estaba tan mal trajeado, parecía un indigente recién acicalado y con trajes usados que le habían regalado.

—En ese caso me quedo, pero no sé exactamente de qué deberíamos hablar, no estaba preparado para este encuentro.

—Es lamentable, pues supuse que podríamos tener una charla amable, pero descubro que no va a ser así, usted se guarda sus cartas, así que yo también guardaré las mías.


Un pequeño movimiento en la penumbra hizo que Pheso fijara su atención en un punto de la habitación y descubriera allí a la niña de los labios partidos. Eso lo confundió más que todo lo que le había sorprendido en el claustro. Estaba realmente aturdido, estuvo a punto de preguntar bruscamente que hacia esa niña allí, pero se contuvo.

—Perdón si lo decepciono, pero no sé de que cartas habla. No sé si buscaba este encuentro, en todo caso he llegado aquí por accidente y esa es toda la verdad.


El viejo guardó silencio y tomó una postura de encogimiento, como si su charla ya hubiera terminado y sólo esperara que su interlocutor se marchara. Así que a Pheso no le quedó de otra que fijar su atención en la niña.

—Tranquila, salga de ese rincón. Ya la he visto. No le voy a contar a nadie que estaba aquí.

La niña de los labios partidos salió del rincón con un movimiento demasiado brusco, con la alegría del que se halla entre una multitud esperando escuchar su nombre de entre muchos otros nombres y efectivamente lo escucha.


El viejo volvió a la actitud de conversación.

—Es curioso, porque también ella podría decirle lo mismo.

La niña se detuvo justo en medio de Pheso y el viejo, miró a Pheso con cierto saludo despiadado y luego fue a colocarse de rodillas junto al viejo, recostó uno de sus brazos sobre las piernas del viejo, que ahora, mirándolas bien, parecían inertes. Este gesto enfureció a Pheso, aún más tras ver la expresión de la niña que inclinó levemente la barbilla hacia atrás y lo miro fijamente con ese gesto que tanto lo inquietaba en las clases, pero contuvo esa furia, una vez más tenía que mantener la calma.

—Tiene toda la razón, claro está que aún no hemos aclarado cuál es nuestra falta.

—Usted lo sabe, de lo contrario no le habría prometido guardar silencio.

Pheso miraba a la niña tratando de encontrar alguna complicidad en ella, pero no había suficiente luz para descubrir su gesto de forma minuciosa, la penumbra le daba un toque de perversidad a las cuencas de sus ojos.

—De acuerdo, usted debe llevar más tiempo aquí, tal vez me sería útil recibir algunas explicaciones de usted.

—Bueno, en eso esta equivocado. Sí, llevo muchos años viviendo en el claustro, pero desde hace bastante tiempo no estoy enterado de lo que sucede en su interior. Yo fui maestro, como usted, y como usted estuve bastante inadaptado un tiempo. Pero tranquilo, todos terminamos por acostumbrarnos al orden. Míreme, ahora ya estoy retirado.

—Pero, ¿cómo es que no decidió irse? ¿Acaso no le permitieron salir? ¿Es posible que lo hayan encerrado…?

—No se altere. ¿A dónde quería que fuera? Nadie me retiene aquí, ¿acaso usted esta aquí por la fuerza? Aparte del hombre que está en la portería, ¿quién más podría detenerlo? Y no creo que él sólo baste para hacerlo.

—Entonces… ¿Por qué nunca se fue?

—Eso ya perdió importancia, ahora estamos hablando de usted, ¿se siente atrapado?

—No es eso, no es que yo me sienta atrapado o que quiera salir, simplemente quiero entender cómo funciona el claustro.

—Lo que hay para entender lo sabe ya, no hay nada oculto, lo que le resultará útil para su estadía aquí es lo evidente, indagar en lo que está detrás sólo lo perderá y no lo llevará a nada.

—Debo pensar que usted recorrió ese camino y fracasó.

—Se sigue equivocando. No digo porque me haya sucedido, sino porque me funcionó lo contrario.

—Entonces, ¿cómo está tan seguro que nada se oculta en el claustro? Yo siento que todo es fachada, que lo sustancial no lo sabemos.

—Grave error, es un desvarío muy propio de la juventud, pero no por eso menos peligroso. Le repito, el secreto del claustro es vacío.


Pheso comenzó a molestarse, contuvo su siguiente pregunta, que pensó que podía ser la definitiva y miró a su alrededor. Al ver que la luz ya casi no entraba por la ventana entendió que sus ojos se habían acostumbrado demasiado a la oscuridad y no se dio cuenta de que se hacía de noche. No pudo entender cómo se había relajado tanto y había permitido que esta conversación se extendiera durante tanto tiempo. A decir verdad, tenía la impresión de haber estado allí un par de minutos, pero evidentemente había permanecido en ese cuarto por horas. Pensó en las escaleras y en si todavía estarían en el mismo lugar, así que se decidió a despedirse.


Su impaciencia debió resultar muy obvia porque el viejo bajó la cabeza y le dijo, casi con voz de quien está a punto de dormir,

—Sí, creo que ya debería marcharse, espero que algún provecho sacara de esta conversación.


No era el momento para conclusiones. Miró a la niña esperando en ella algún indicio de querer acompañarlo, pero estaba inmutable, así que salió pronto de ahí. No se despidió, pues pensó que el anciano ya había cerrado toda posibilidad para pronunciar otra palabra. Corrió por el corredor y encontró la escalera en donde había quedado, pero ahora parecía parte del mobiliario, siempre debió estar ahí, y estaría cada vez que quisiera regresar, pero por ahora no juzgo necesario hacerlo, tenía que irse. No era éste un hecho que se encadenara con los demás hechos de su vida en el claustro, había sido una desviación insensata.


Se descolgó por la claraboya y, a pesar de que se lesionó levemente uno de los hombros, se sorprendió de la facilidad con la que puso sus pies sobre las escaleras cuando en un principio pensó que sería más difícil regresar al suelo que subir a aquel corredor. A lo mejor era la premura que lo hacía mas ágil o era simplemente un mensaje que le decía: nada tenía que ir a hacer allá.


La certeza de que esta visita lo perdería no le daba descanso. ¿Para qué fue a ese lugar? ¿Acaso quería una salida? Tal vez la única forma para salir del claustro era ser despedido. Pero esa no era una salida, esa era una expulsión, y así no encontraría alivio. La llamada de la dirección era inminente, ahora sólo tenía en su porvenir una larga espera.



sábado, 29 de septiembre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 4 UN ASOMBROSO DESCUBRIMIENTO

 

Nos resulta curioso y muy estimulante el encontrar que aún existen cosas que escapan al conocimiento, hechos que se mantienen invisibles y pasan desapercibidos, pues eso es lo que impulsa la labor del investigador, del hombre de ciencia. En los últimos días nos ha llegado la noticia del descubrimiento de una variedad de ratas que no pueden sobrevivir si no es en una zona de asentamientos humanos, y no nos referimos a las vulgarmente llamadas ratas de las cloacas, las cuales se adaptaron muy exitosamente a las condiciones de las grandes urbes, pero que podrían sobrevivir fácilmente incluso si la raza humana desapareciera de la faz de la tierra. El descubrimiento que ahora sorprende a los científicos del mundo es de una totalmente nueva y desconocida especie que ha sido llamada la rata del pan, pariente muy evolucionada de la rata común, y que depende ciento por ciento de la cercanía de núcleos humanos para su supervivencia. 


La rata del pan recibe este nombre por sus costumbres reproductivas. La hembra, después de ser fecundada por el macho, deposita su óvulo al interior de la masa de algunos alimentos humanos que han sido almacenados en bodegas húmedas y oscuras; luego, esta masa es llevada al horno para su preparación, y en el calor de la cocción, que el embrión soporta muy bien, se produce un rápido desarrollo del feto, el cual, horas después de haber abandonado el horno, se abre camino tragando de la misma masa en la que se ha gestado, alimento que reemplaza la leche materna. Este recién nacido, si se nos permite usar esta expresión no del todo exacta, aun no está preparado para la vida, ya que esta especie carece de piel, lo cual es solventado con elementos del medio ajenos al ente biológico, por lo que es común ver a estos curiosos animales cubiertos por pedazos de trapo viejos, o en casos más afortunados, por madejas de lana.


Sin embargo, resulta decepcionante para biólogos e investigadores de la fauna mundial que el hallazgo lo realizó por casualidad un grupo de antropólogos. Hace cuatro años, un equipo de estudiosos de las ciencias humanas se dedicó a investigar las condiciones sociales en las que se encontraba un sector del barrio Venecia. La zona comprendida por los investigadores consistía en una larga calle pavimentada con cemento, que colindaba con lotes sin urbanizar, y las pocas viviendas consistían en construcciones de cartón y laminas de cinc. El principal fenómeno que llamó la atención de los académicos y los llevó a emprender dicho estudio fue el extraño intercambio económico que se practica en este sector: las personas para saldar deudas usan pedazos de carne de sus cuerpos. Desde el mismo momento en el que se inicia el camino por esta vía rodeada de viviendas de manufactura primitiva y cierto aire rural, se puede notar que la mayoría de sus habitantes tienen grandes cicatrices en sus brazos y piernas. Adentrándose más por esta pasarela cementada, se observan personas desfiguradas por la ausencia de grandes trozos de mejilla. En el paso de un río aledaño a la calle se encuentran lavanderas profesionales, a las que se les dificulta su trabajo por los heridos que alivian el ardor de las cortadas en la frescura de la corriente del río cerca de su nacimiento, llenando las aguas del característico rojo sangre. 


Muy avanzada la ruta se encuentran personas moribundas, recostadas contra algún árbol con su ropa raída, dejando ver un cuerpo lleno de heridas en carne viva. Es común ver pandillas de niños no mayores de diez años, que siguen a un líder de su misma edad que posee un cuchillo, siendo seguramente el encargado de realizar algunas transacciones comerciales de menor cuantía. Cuando el recorrido está cercano al final se observan cadáveres insepultos que aparentemente son aun fuente de carne aprovechable, por lo que es de algún beneficio para sus allegados, aplazando así el momento de cubrirlo de tierra. Esta última observación hace pensar a los investigadores que tal vez algún miembro del núcleo familiar es destinado a otorgar su capital biológico en su totalidad antes de que se llegue a emplear el de algún otro miembro de la familia, lo cual supondría que no es una organización que carezca de sus jerarquías, pero esto no está aún explicado satisfactoriamente por el equipo de estudiosos. 


Después de cuatro años de investigación en este marco social se ha hallado el más grandioso descubrimiento científico de las últimas décadas: la rata del pan, descubrimiento que aún asombra al mundo científico y lo llena de esperanzas para el futuro, devolviéndole la función que el mundo moderno le quería arrebatar, el de ser el adalid de los grandes avances de la humanidad.

jueves, 27 de septiembre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 1 EL VIAJE CON SUSANA

 

No es clara la forma en la que fui arrojado a la carretera junto a Susana. Todos los viajeros querían quedarse más tiempo en la playa, mientras que Susana estaba ansiosa por salir lo más pronto posible para adentrarse en los pueblos no costeros de la región que, según ella, deparaban muchos más encantos. 


No debí seguirla. Esa mañana salí a dar una caminata por la playa mientras todos los viajeros aún dormían y justo cuando regresé a las cabañas vi que Susana se estaba alistando para salir. Le pregunte si podía acompañarla.

—¿Y su maleta? —fue en lo que pensó ella.

—¿Acaso no pensamos regresar?

—Por mi parte no lo tengo tan seguro.

—Pues yo sí voy a regresar, así que con una muda de ropa me basta. 

Temía que ella no me esperara mientras yo iba a recoger mis cosas, no porque estuviera realmente interesado en emprender ese viaje, sólo quería evitar la horrible sensación del rechazo, de ser evitado por alguien tan descaradamente.


Salimos en el auto de Susana. Compartíamos la cabina de un vehículo, pero nuestras experiencias eran totalmente opuestas, como estar en lugares distintos. Lo que para ella era pura expectativa infantil, plena satisfacción, evidenciada en la amenaza perpetua que hacían sus labios de una sonrisa, por dejar de una vez por todas esa quietud que tan insoportable le resultó en los últimos días, para mí era un extraño malestar espiritual justo en la frontera con la dolencia física, una especie de taquicardia, eso que nos avisa que algo anda mal, como una premonición. Digamos que no estaba a la altura de las circunstancias, me angustiaba volverme de piedra por una especie de conjuro, quedándose todo mi ser atrapado adentro, pero sin poder comunicarme.


Todo el camino maravilloso se escurría bajo las llantas desgastadas de un auto manejado con muy poca cordura por una mujer que me resultaba intrigante. Yo calculaba mis acciones y mis palabras, pero eso era lo que me impedía actuar. Esa incapacidad de fluir me hizo sentir rabia, buscaba una razón para estar enfrentándome a ese viaje, buscando en ella la guía para saber cómo comportarme, pero no la había, o al menos no una propia y consciente. Tenía una idea imprecisa sobre que no fui yo quien decidió estar ahí, que alguien me había puesto en esa situación, pero no podía precisar si era Susana, con su carácter intempestivo, los viajeros con sus costumbres insoportables, o una voluntad que habitaba en mí, pero que yo no dominaba del todo.


La carretera parecía deshacerse por el calor y la velocidad. Susana puso algo que parecía ser Joan Jett en la reproductora de disco compacto y su cuerpo tomó la postura de alguien que está fumando. Eso me liberaba de hablar por un rato, pero no podía permitir que el silencio se alargara por mucho tiempo, pues después sería imposible comunicarnos, las palabras se unirían conformando falsos mecanismos para romper el silencio. Además, sentía que me había hecho viejo de repente, el anciano al que sacan a pasear de mala gana, con el que no se busca la menor fuente de diversión, uno de esos tipos anodinos que no sabemos que hacen ahí, por qué vinieron y por qué no se van. En ese momento tuve miedo de ser una persona que no es interesante.


La forma de conducir de Susana era realmente salvaje, como el de esas hermosas chicas que encuentra James Bond en las serpenteantes carreteras europeas, sólo que con mucho menos glamour. Susana era mucho más el tipo de road movie gringa, con la ropa holgada, nada de maquillaje y el cabello crespo, al natural, en desorden, algo como de la tierra estaba en ella, de esas mujeres que sudan y se embriagan hasta la médula, que se untan las manos al comer y tienen las rodillas llenas de cicatrices. No es que me hubiera fijado en sus rodillas o que la hubiera visto comer o embriagarse, era sólo una impresión que me daba al verla.


El disco paró de sonar. Susana se reclinó sobre mí para buscar otro disco en la guantera, rebuscó unos segundos sin mirar el camino, eligió uno y lo introdujo en la ranura para discos compactos de la reproductora del auto. Sonó la introducción de una canción acústica con aires celtas, perfecto, Susana me estaba dando mi línea de entrada.

—¿Qué puso?

—No sé, es un disco que me grabó un amigo, me hizo una etiqueta con el nombre de las canciones, pero la perdí antes de escucharlo por primera vez.

—Lástima

—Por qué?

—… por no saber qué es, me gusta y quisiera escuchar más.

—Pero lo que le gusta es esta canción, escúchela.

Y Susana le subió el volumen a la música. Era una de esas baladas roqueras con vocalista femenina de tono acariciador. La disfrutaba en verdad, el carro en movimiento, el horizonte pasando ante nuestros ojos, la lejanía. En ese momento pareció fácil hablar:

—Qué bien está la carretera, 

—Eso depende, si lo que uno quiere es alejarse de todo, es imposible hacerlo en estas condiciones–. Pensé en preguntarle si eso era lo que ella quería, alejarse de todo, pero no lo hice, pues sabía que me respondería que no, que no era eso lo que ella había querido decir y así me habría hecho sentir bastante ridículo.

—¿Cuáles son las condiciones para hacerlo?

—Pensaría más bien en un camino destapado. 


Volvimos a guardar silencio, escuchamos completo el compilado que le había regalado el amigo a Susana, todas las canciones tenían un cierto aire romántico, el amigo le hizo una declaración velada a Susana, y ella había perdido la etiqueta.


El paisaje cambió drásticamente. La vegetación se hizo más y más espesa, hasta que no dejaba apreciar el horizonte, estábamos en una especie de valle, rodeados de bosques de guadua.

—Es una lástima –exhale sin pensar que ya había usado esa palabra, sentí una secreta vergüenza al notarlo.

—¿Qué cosa?

—Ya no podemos ver la sabana, no vamos a ver cómo atardece —dije con rapidez para dejar atrás mi error.

—No me había dado cuenta, también me da pesar, pero espero llegar a algún lado antes de que atardezca.

—¿Adónde?

—No sé, a algún lado.


En cierto momento, en que parecía que la civilización había quedado atrás, en el que sospechaba que la carretera se acabaría en cualquier momento encontrándonos de frente con una trocha pantanosa, cuando la vegetación se iba tragando el camino y al auto con él, apareció en nuestra cara un conjunto de edificios. Frente a ellos, un parqueadero vacío de no más de diez puestos en los que había grandes morros de arena, cemento y gravilla. Pensé que por mera condición física debí notar los edificios hace mucho tiempo, pues eran bastante altos, diez o doce pisos, así  que debían verse a un kilómetro o algo así, no podía tener una cifra exacta, pero la verdad es que debí verlos mucho antes de que saltaran a mis ojos.


Susana buscó un puesto libre entre los morros y parqueó con una tranquilidad preocupante, como si fuera el lugar que estábamos buscando, es más, como si ya hubiéramos ido varias veces y algún familiar nos estuviera esperando para la celebración de alguna fiesta, tal vez la navidad que por esos días estaba por llegar. Frenó, apagó el carro y me miró.


—Bueno, creo que llegamos.

—¿Llegamos? ¿Qué es este lugar?

—Eso es lo que ahora tenemos que averiguar. —E inmediatamente se bajó del carro y comenzó a caminar hacia los edificios. No me quedó otra que bajarme e ir tras ella. 


Los edificios eran demasiado grises, estaban completamente en obra negra, daban la impresión de estar abandonados, como si ya no estuviera en los planes de nadie continuar con su construcción. Carecían de marcos de puertas y ventanas, de pisos, de cualquier tipo de acabado, se podían encontrar algunas pequeñas montañitas de arena desperdigadas por los que serían los cuartos o la sala de una potencial familia que nunca llegó a conocer este lugar.


La luz de la tarde, que se nos iba de manera preocupante, entraba por esas rudas ventanas iluminando el polvo que alborotado, en parte por nuestros pasos que despertaban un lugar totalmente dormido, volaba por todos lados. Muerto parecería todo si no fuera por un continuo mugir del ambiente, un caótico pero leve respirar de algo que parecía estar muy lejos o en todas partes, una inminencia de vida, pero por lo mismo, una cercanía con algo terriblemente aterrador, lo desconocido que habitaba ese desarrapado lugar. 


No comenté sobre el ruido con Susana, supuse que ella lo estaba oyendo, y es más, lo estaba rastreando, pues parecía buscar con desespero algo que la llevara al otro lado de los edificios. Yo supuse que tendríamos que salir y darle la vuelta completa al conjunto, pero ella seguía internándose en el apartamento en el que nos encontrábamos, como si supiera algo que yo no. Al fin oí que me llamaba:

–Por aquí podemos seguir.


Efectivamente, los edificios tenían una puerta trasera que conducía a un patio interno de grandes dimensiones, cincuenta metros cada lado, rodeado de edificios, de tal forma que estaba pensado como un espacio comunal privado, para que los habitantes de la ciudadela pudieran salir, sin tener contacto con el mundo exterior. Las condiciones del resto de edificios eran muy similares a las de los primeros, pero estos daban la impresión de ser más antiguos, algo más sucios, como si no fueran obras inacabadas, sino todo lo contrario, edificios que de tantos años de uso se estuvieran derrumbando. El patio era totalmente gris, estaba lleno de pequeñas piedrecillas que casi podrían ser arena, resultando una superficie incómoda para caminar, los pies se hundían y cada paso tomaba el doble del esfuerzo habitual. Enfrentado a lo cómico que resultaba la simple tarea de caminar, vi a Susana, parada en medio de todo, su imagen era demasiado nítida, su alrededor quedaba fuera de foco. Por su postura, a pesar de estar de espaldas, me la imaginaba mirando con una intensidad que hacía que todo pareciera más importante. Daban casi ganas de agradecer el grave error de haberla seguido en este viaje. De repente se volteó hacia mí, sonrió como una niña malvada y salió a correr hacia los edificios.


Sólo reaccioné cuando ya se había hundido a través de una entrada. La luz ya casi no alcanzaba a iluminar el interior de los edificios, así que la sombra pareció tragarse su cuerpo. Nuevamente la seguí. Esta vez seguía también el murmullo, que había aumentado su intensidad. Con torpeza atravesé el patio mientras sentía crecer el palpitar del lugar, las piedrecillas bajo mis pies tronaban, y la brisa de la tarde silbaba como dicen que silban los que con cuidado escuchan, y yo ahora era cuidadoso, ya fuera porque en el fondo estaba asustado o porque todo era ahora una especie de misterio, ese que se oculta tras la absoluta quietud, allí en donde no pasa nada está por saltar a nuestra cara el más horrendo de los temores.


Alcancé por fin la entrada del edificio por la que se acababa de perder Susana. Fue traspasar el umbral y note que había llegado al lugar que estaba buscando. El olor a animal era insoportable, el ruido me confundía y no alcanzaba a concretar su origen , pero era definitivamente la voz de algo vivo, era la hora en la que todo se vuelve silueta, así que no veía más que unos bultos ondeantes que llenaban toda la habitación. Di un paso y toqué algo algodonoso que me hizo dar un salto hacia atrás, pero mis ojos se iban acostumbrando también a la oscuridad, así que por fin pude descubrir que el cuarto estaba lleno de ovejas, estaba tan atestado de ellas que parecía imposible atravesarlo, pero Susana lo había logrado, porque ya no se le veía por ahí.


Iba apenas iniciando mi camino cuando noté que en medio de todo estaba de pie una persona, era demasiado baja y gorda como para ser Susana. Traté de gritarle para llamar su atención, pero aparentemente el ruido de las ovejas no dejaba que me escuchara, lo que me causó una gran ansiedad, casi insoportable, que me obligaba a moverme más y más frenéticamente entre esas nauseabundas ovejas para llegar hasta el otro lado. Me tropecé un par de veces y caí dentro del mar de lana que me rodeaba, temí no lograr levantarme y morir asfixiado o pisoteado por esos animales del demonio.


Por fin llegué hasta el cuerpo humano que resultó ser una viejita milenaria con varias capas de ruanas recubriéndola, lo que la hacía ver como una de esas muñecas rusas que cada vez que la abrimos encontramos una más pequeña adentro, natuska, mariuska, ninotcha, matriochka. Susana.


A pesar de colocarme frente a ella, la anciana mantuvo su postura inexpresiva. Me incliné y traté de saludarla, pero ella no respondía a mi saludo, supuse que no me escuchaba, en parte por el ruido que producían las ovejas, pero también por ser un poco sorda. Al fin la anciana pareció entender mi saludo, pero respondió algo que no le escuché claramente, lo entendí como un saludo, y decidí preguntarle por Susana. Fue una dura tarea.


Yo le gritaba la misma pregunta una y otra vez con sutiles variaciones: ¿Ha visto una mujer rubia pasar por acá?, pero ella se comportaba como una de esas malas actrices que aparecen en papeles pequeños en las películas latinoamericanas, esas que venden algo, o únicamente tienen que dar una dirección, pero en las que resulta demasiado obvio que están tratando de no mirar a la cámara, sólo buscan una cara amable que les dé una indicación de lo que tienen que hacer a continuación porque resulta que al actor le dio por improvisar una conversación con ella. De repente la anciana dijo algo que no le entendí y señaló en cierta dirección a lo que yo respondí con un gesto de agradecimiento con la mano y volví a forcejear entre las ovejas para lograr llegar al lugar indicado por la anciana, que era una abertura a través de una pared contigua, a lo mejor una puerta en potencia, y que parecía conducir a un agujero negro, pues ya no se alcanzaba a ver gran cosa del otro lado.


Tratando de abrirme paso entre las ovejas empecé a sentir una tremenda rabia contra Susana, no podía soportar ese incomprensible gesto de no esperarme, y ¿cómo había encontrado una forma para pasar tan rápido por entre las ovejas? Era como estar con una ebria o una autista, tratando de seguir su paso sin saber si ella notaba mi presencia. Me aumentó la rabia y comencé a empujar las ovejas con más fuerza, como queriendo tumbarlas, casi buscaba hacerles daño, pero ellas se mostraban indiferentes, como si nada, ni siquiera se quejaban de más por mis empujones. 


Entre más desesperado estaba y entre más braceaba a todos lados queriendo sacar a volar a las ovejas, avanzaba con mayor dificultad, estaba a punto de hundirme en la lana y asfixiarme allí, y precisamente por esa inminencia de asfixia empecé a respirar profundo, el olor de las ovejas se hizo más intenso, como si de un momento a otro el oxígeno hubiera sido reemplazado por olor a oveja, así que respirar no era útil, me ahogaba entre el tufo de lana mugrosa, estiércol y boca rumiante.


Llegué a creer que había una verdadera imposibilidad física para atravesar ese cuarto, pero la idea de que ya había sido atravesado me permitió llegar hasta la abertura en la pared que la anciana había señalado. Ahí estaba la silueta de Susana sentada sobre el primer escalón de unas escaleras de caracol, sus codos recostados sobre la pierna respectiva, sus manos formando una superficie cóncava en donde descansaba su mentón, su cabeza y tronco recostados en esta posición tan típica, pero Susana no lucía para nada típica, no se asociaba con tristeza, aburrimiento o calma, era algo nuevo, cierto gesto de cotidianidad que resultaba misterioso y hasta asombroso en un medio tan ajeno y desconocido, como si Armstrong al pisar la luna se hubiera sentado a leer la prensa.

—¿Qué hace?

—Esperándolo.


Susana comenzó a subir por las escaleras. Sentí como si ella se hubiera vuelto parte del lugar, de lo otro que yo no entendía y que me estaba molestando.

—¿Para dónde va?

—Subamos

—¿Para qué?

—Vamos a ver qué hay.


Ella siguió subiendo las escaleras sin preocuparse por si la discusión ya había terminado. La seguí tratando de tenerla cerca, ya que temía que en cada curva, cuando la perdía de vista, ella desapareciera, tenía una fuerte impresión sobre eso que venía de mis sueños: estoy solo y nada me es familiar, hay una mujer con una presencia efímera y trato de encontrarla,  ella se metamorfea hasta no dejarme claro si es ella a la que encuentro, la persigo a veces desviándome de mi objetivo por algún nuevo suceso que se introduce en el sueño, pero siempre vuelve la idea de estarla buscando, hasta que despierto y me queda claro que no era una persona que conociera en mi estado de vigilia, era una mujer que no existía. Ahora sólo podía pensar que Susana era esa mujer, pero aún más escurridiza y ajena que en mis sueños, pues allí al menos era parte de mi imaginación, aquí ella tenía autonomía y eso la hacía huir de mí ya no por una extraña tendencia mía a correr tras lo que sé que no voy a alcanzar, sino por decisión suya, por primera vez sentía que ella huía de mí y no que yo la alejaba para después ir a buscarla.


En cierto punto del ascenso, apareció un resplandor de luz rojiza que se estrellaba contra las paredes claustrofóbicas, nos cubría y luego se iba hacia atrás, cambiaba de formas y de intensidad, no siempre tenía la misma fuerza en el rojo, como si la luz diera un discurso frente a un auditorio y manejara el tono de voz para atrapar a los oyentes. Susana se tinturó de tonos rojizos también, aparecía y desaparecía como la luz y todo se hizo más confuso. Apresuré el paso hasta que estaba corriendo desbocado, casi tropezando, casi cayendo, pero aun así no alcanzaba a Susana, la luz crecía en intensidad, Susana se acercaba, alcance a tocar su franela, la luz se arrojó sobre mi cara, abracé a Susana por la cintura para detenerla, una ola de calor y humo nos bañó, repiqueteaba la madera que se quemaba y olía a ceniza virgen.


Habíamos llegado a la azotea del edificio, en donde hacían un asado. El lugar estaba lleno de festejantes que se nos quedaron mirando apenas entramos. Yo sostuve a Susana por la cintura por unos segundos mientras reconocía el lugar, ella tomó mis manos y las abrió sutilmente, dio unos pasos hacia el frente, sin detenerse se giró hacia mí y sonrió. Su sonrisa fue ambigua. Era una invitación a seguirla, o era la expresión de la alegría por su hallazgo, tal vez era las dos cosas y en ese caso no era ambigua sino muchas cosas a la vez, sentí que todo a lo que había llamado ambiguo alguna vez no lo era, sólo es que necesitaba encontrar una explicación a las cosas, y la explicación debía que ser una, no podían ser varias a la vez, tendría que haber visto antes la sonrisa de Susana para poder comprender que las cosas pasan en varias capas, en varios sentidos, en varias esferas simultáneas, sin que una merme el poder de la otra.


Los festejantes recibieron con naturalidad a Susana, parecía ser una más de las invitadas, unos se acercaron a ella, otros apenas si la saludaron con la vista. Este monstruo social, al estilo de esos seres de historia de terror que están conformados por millones de insectos, abrió su boca y se engulló a Susana. Titubeé un momento en seguirla, pasó muy poco tiempo desde que ella había desaparecido en las fauces del maléfico ser, pero ya era demasiado tarde para rescatarla o incluso para recibir su misma suerte, el monstruo ya no me querría engullir y se limitaría a mirarme con indiferencia, como un león con sueño, así que fui al borde de la azotea y me quedé mirando al horizonte.


Era una noche negra azabache. Debíamos estar rodeados por bosques, pero no alcanzaba a ver nada que sugiriera la existencia de algo allá afuera, más parecía estar en medio de un desierto, la oscuridad era pareja, sin sobresaltos, sólo una sutil promesa de horizonte. Suele ocurrir que en la noche no entendemos las formas, hasta la mañana descubrimos lo que en verdad estaba, la mayoría de las veces nos alivia o nos decepciona ese descubrimiento, pero no puede dejarnos impasibles: sucedió que no me importaba en lo más mínimo como se vería ese paisaje en la mañana, aunque mis ojos apuntaban en una dirección, mi mirada iba hacia Susana, sin verla, imaginando lo que podía estar pensando, deseando que estuviera de malas conmigo por haberme alejado.


No logré abandonar mi posición contemplativa durante varios minutos. Trataba de girar distraídamente mi cuello y echar una ojeada al festejo, pero no me era posible, desistí de la idea. Decidí darme la vuelta de una sacudida e ir a buscar a Susana. ¿Qué acto más natural que ese? Susana y yo habíamos llegado juntos y era lógico que estuviéramos juntos en este festejo de desconocidos. La sacudida tampoco me resultó fácil, tuve un par de tentativas fallidas. Estaba planeando un nuevo intento cuando sentí una suave caricia en la espalda.

—Sí que resultó curiosa esta expedición.

La voz de Susana me hizo dar la vuelta sin siquiera proponérmelo y vi lo fácil que era.

—¿Qué ha descubierto?

—Bueno, que usted es el más extraño de todos. ¿Vamos con ellos?

Sabía a quienes se refería con ellos pero quería dilatar mi respuesta, que sería afirmativa.

—¿Quiénes son ellos?

—Si no quiere puede quedarse aquí, no quiero molestarlo.

Sus palabras no fueron cariñosas, todo lo contrario, había algo autoritario en el fondo de la situación, como si en la intimidad fuera a reprenderme por mi actitud en la fiesta, pero frente a los demás se mostrara condescendiente. Me gustó esa idea.

—Vamos.


Caminé junto a Susana con una sensación de humillación que se borró cuando ella volvió a pasar su mano por mi espalda, esta vez para guiarme hasta el grupo de gente en el que nos detendríamos. Su gesto fue demasiado reconfortante, era un verdadero reencuentro después de estar perdido en un anonimato criminal, incluso más, era un encuentro, una gran amiga había aparecido para salvarme del tedio de tener que estar en esta fiesta a la que me había traído una total desconocida.


Las conversaciones que se realizaban se escapaban a mi comprensión, tal vez porque ya llevaban un curso y tenían unos antecedentes que desconocía, pero de todos modos resultaban algo incoherentes, las anécdotas no llegaban nunca a demostrar el punto por el que se habían mencionado, los temas parecían saltar sin relación de causa y efecto, y a veces las preguntas más simples eran contestadas por una estúpida pero complicada historia que no respondía para nada a la pregunta. Nadie parecía fijarse en mí o en Susana, al acercarnos no me preguntaron quién era, de dónde venía, o qué hacía, me recibieron como si hubiera estado allí toda la noche y apenas me acabara de ausentar unos segundos. Susana tampoco participaba mucho de la conversación y llegué a pensar que su interés era fingido, que al igual que yo se sentía fuera de sitio. Pensé que ella también se sentía sola, y por eso me había buscado, ahora, eso no implicaba de forma necesaria que yo lograra ser su compañía.


Las conversaciones de los otros grupos comenzaron a crecer en intensidad y parecían todos referirse al mismo asunto. Una ola de murmullos iba arropando a los grupos de personas desperdigados por la azotea e inevitablemente llegaría hasta nosotros. Entonces sucedió, y todos en nuestro grupo comenzaron a celebrar que ya era hora de la representación teatral. Lo decían una y otra vez como malos actores de comedia, como bufones sobreactuados con parlamentos sugerentes y simbólicos, no decían lo que decían, sino otra cosa. Lo entendí como la escenificación de una costumbre, un ritual.


De repente se entusiasmaron con la presencia de Susana, y empezaron a invitarla a la representación sin abandonar ese tono histriónico y juguetón que yo ya no soportaba, la tomaban por la cintura y trataban de jalarla como si la encontraran demasiado pesada. Me pareció una sucia treta para tocarla, pero no podía hacer nada para defenderla, se habría visto fuera de lugar. Me acerqué a su oído para hablarle.

—La verdad… Yo no quiero ir.

Cuando terminé de hablarle al oído y miré otra vez a mi alrededor, los festejantes se habían marchado, rebusqué sorprendido a mi alrededor y descubrí a los últimos que bajaban por una puerta distinta a la que nos sirvió para llegar a la azotea, miré a Susana y noté que estaba sonriendo mientras veía como un par de tipos, a un par de metros de allí, hacían morisquetas que daban a entender que le estaban rogando que fuera con ellos.


Si entre todos ellos prefería venir conmigo, entonces no había más que pensar, era un claro mensaje de lo importante que era mi compañía, pero si no, entonces era peor que lo contrario, era un frontal acto de desprecio, tenía la oportunidad de volver a quedarse a solas conmigo y la desaprovechaba, prefería la compañía de todo el grupo de festejantes que era lo mismo que volver a la playa y desandar los pasos, todo había sido en vano y Susana no era más que otro estúpido viajero que andaba por el mundo en busca de la más fácil y segura diversión. Pensé tanto en esto que estaba dispuesto a decírselo en el caso de que decidiera quedarse con ellos, cosa que yo ya daba por hecha, como si tuviera todo el derecho de estar furioso incluso antes de recibir alguna injuria, casi deseaba ser rechazado para tener la razón, me defendía así de la decepción que sufriría en unos pocos instantes.


—¿Por qué no vamos con ellos?

—Ya dije que yo no pienso ir a ninguna parte, me aburre todo eso del teatro.

—Pero esto parece ser diferente, no esas actuaciones exageradas y realistas, esto parece tener más vida, algo de absurdo también, cosa que no me desagrada.

—No quisiera dejarla sola, pero no creo poder soportar algo tan imbécil.


Definitivamente llevaba la contraria para sentirme fuera del grupo, poco importaban mis razones, poco importaban sus razones, quería estar por fuera, ser diferente, porque si no podía ser mejor o más interesante tenía que considerarme ajeno a todo eso, no sólo para sentirme bien conmigo mismo, sino para resaltar ante los ojos de Susana, que aunque no estuviera de acuerdo conmigo, por lo menos aún me veía separado del grupo de festejantes. Además, fue ella la que desde un principio nos puso en esta situación de aislamiento, y ahora era ella misma quien quería volverse parte de la comparsa, bailar cogida de las manos de esa partida de actores de pacotilla. 


—Entonces vamos, tampoco es bueno que usted se quede solo.


Yo ya estaba solo, hace tiempo, tal vez mucho antes de salir de la playa, sólo que hasta ese instante en el que ella quiso evitarme esa soledad lo noté.


Al entrar al cuarto en el que se llevaría a cabo la representación encontré la luz apagada, y parecía ser que el suelo estaba lleno de personas acostadas que debí esquivar hasta llegar a un lugar libre, también en el suelo, en donde pude sentarme. Me sentí algo disgustado al pensar que me perdería de Susana durante toda la representación, pero esto se borró totalmente al sentir su mano sobre mi hombro y escuchar su voz


—¿Hay espacio para mí?


Hice el movimiento como si le estuviera abriendo campo, pero realmente había suficiente espacio para una persona sin que yo hiciera nada. Susana se sentó justo a mi lado, nuestros brazos quedaron presionados uno contra el otro, y ella se recostó un poco en mí. Inmediatamente empecé a sentir como se me pasaba desde ella un calor fascinante, algo de recuerdo de infancia, la total satisfacción.


El silencio se rompió, y sobre cada una de las paredes del cuarto se proyectó una imagen diferente. Como yo había quedado casi en la esquina no alcanzaba a ver claramente sino lo que se proyectaba en las dos paredes que estaban frente a mí. En una se veían los pies de una niña con unos zapatos muy brillantes que bailaban, en la otra los pies de un hombre que parecía estar borracho, muy cansado o algo así, trataban de andar por una carretera sin fin. Veía las imágenes tratando de imaginar lo que podría estar pasando en las otras dos paredes que escapaban de mi ángulo de visión.


A pesar de que las imágenes me intrigaban, estaba más preocupado por la cercanía de Susana que cada vez estaba más recostada sobre mí con una naturalidad pasmosa, casi sentía que estaba a punto de tomarme la mano, así que sin darme cuenta fui yo quien se la tomó y cuando estaba a punto de retirarme asustado note que ella no me rechazaba, la mire, pero estaba demasiado concentrada en las imágenes de la pared como para notar mi mirada, lo que le dio a todo un aire cotidiano que me asombraba.


Al terminar la extraña representación solté sutilmente la mano de Susana, pues esperaba que la luz se encendiera en cualquier momento, sería demasiado incomodo ver nuestras manos entrelazadas, en la oscuridad tenía un manto de irrealidad, al iluminarse tendría que ser confesado. Pero no, las luces no se encendían, la total oscuridad se mantuvo durante varios segundos, y los rumores de la gente no parecían referirse a la oscuridad, todo parecía demasiado acostumbrado, como si las luces no fueran a ser encendidas nunca y la reunión fuera a continuar, cual lo esperado, a oscuras.


Me acerqué a Susana y le hable al oído.


—Esto ya termino, ¿salimos?

—No creo que haya terminado, además no podríamos pasar por entre toda la gente sin ver.


Ella tenía toda la razón, en ambas cosas, pero para mí la oscuridad se había vuelto incómoda, como si no pudiera ver las palabras correctas, y no me importaba pasar por encima de las cabezas de todos los saltimbanquis del lugar, pero lo último que haría en ese momento sería dejar sola a Susana, tal vez hace unas horas me habría sido fácil, ahora ya no podía hacerlo.


—De acuerdo, esperemos.


Tras mis palabras Susana se recostó sobre mí, apoyando su hombro y cabeza sobre la mitad de mi tronco más cercano a ella, puso sus dos manos sobre mi pierna, luego se quedó muy quieta, como dormida. Yo mantuve también mi posición, casi sin respirar, para no destruir el equilibrio de ese frágil estado de plenitud.


Tras unos minutos supuse que Susana estaba dormida y tuve la impresión de que el cuarto se había quedado vacío, había un silencio de muerte, pero nada me indicaba que las personas se habían levantado o que la puerta fuera abierta en algún momento. Tal vez me ganó el cansancio sin notarlo y la gente salió teniendo cuidado de no despertarnos.


La situación era de nuevo ambigua: por un lado era obvio que estaba encantado de quedarme solo con Susana, ahora podríamos salir de esos edificios y volver al auto, tal vez pasar lo que quedaba de noche y apenas clareara, salir a buscar un mejor destino para descansar; pero también sentía algún desasosiego, como cuando tomamos de más en alguna fiesta a la que fuimos sin conocer a nadie y nos despertamos solos en la sala a la mañana siguiente, sin tener idea de qué hora es, cuántas personas nos vieron botados en el sofá, y sin saber exactamente como salir de allí, pues no es posible requerir la ayuda de los dueños de casa, ya que nos da pánico tener que despedirnos de alguien que no conocemos. 


Toda esa indisposición se borró cuando sentí que Susana se movió.

—¿Está despierta?

—Sí, lo he estado todo este tiempo —y mientras decía esto giró su cabeza hacia arriba, como si pudiera mirarme, y se quedó en esa posición. Yo sabía, por la cercanía de su aliento, por el olor a piel húmeda, que sus labios habían quedado muy cerca de mi nariz. Yo no quería decir nada por temor a que mi aliento no fuera tan caluroso como el suyo, pero lo hice.

—¿Nos vamos?

Y entonces, mientras me contestaba, sus labios casi rozaban los míos.

–No creo que sea aún el momento de salir —y aquí su voz se volvió demasiado cariñosa, pero sin sobreactuar—: ¿Por qué usted siempre está pensando en abandonar las cosas? Esperemos, creo que falta el desenlace.


Repito, durante todo este tiempo sus labios rozaban los míos, en el movimiento de cada pequeña sílaba volvía a ocurrir, era imposible que no lo notara, casi me tragaba sus palabras, pero más que eso, casi podía comprenderla, casi podía entender todo este viaje lleno de desatinos. En cambio, todo era confusión en torno a la decisión de besarla, mis labios se sentían como sumergidos en brandy, besarla destruiría esa deliciosa y placentera tensión, si ella no lo deseaba la comunión que teníamos en ese momento se derrumbaría; pero, y esto era lo más problemático,  si ella lo deseaba y yo no lo hacía, sería el más ridículo y penoso de los resultados, como ver una película en el que la música crece en intensidad mientras dos amantes, en un luminoso bosque, se encuentran por fin en un abrazo suspendido por una separación forzosa, la cámara se acercara a sus rostros, que se miran trémulos y sonrientes, luego vemos el primer plano de sus labios, y justo en el momento de la proximidad del beso, suena un disparo, el plano se abre y un tiro entra por la cabeza del hombre salpicando de sangre la cara de la mujer. Tal vez al ver esta escena nos desternillaríamos de risa, muy a nuestro pesar.


La luz del cuarto se encendió, y descubrí que aún estaba completamente abarrotado de gente. Todo el mundo comenzó a levantarse, el silencio desapareció reemplazado por un murmullo, y luego por un verdadero alboroto. La puerta de la habitación se abrió furiosa, como si la fuerza de voluntad de los festejantes la empujara, todos comenzaron a salir con amistosos empujones, saltando y cantando tonadas desconocidas y arrítmicas, no existían aires violentos, los choques entre las personas no generaban agresión, sólo un sonido que yo relacionaba con la risa, pero que no lo era, más bien era continuación del canto.


Aún no me levantaba del suelo, tampoco Susana. Seguimos ahí sentados viendo el espectáculo a nuestro alrededor sin estar seguros de si era parte de la representación. Desde nuestra perspectiva parecía más caótico de lo que sería en verdad, estábamos sumergidos en el núcleo de esa especie de danza espontánea, veíamos la aglomeración de piernas, las voces se mezclaban todas, retumbaban hasta hacerse incomprensibles, y los dos, en el centro, esperando que todo pasara para levantarnos.


Cuando apenas una decena de danzantes se mantenían revoloteando por el cuarto, un tipo tomó de la mano a Susana y la levantó de un sólo envión, reconocí en aquel tipo a uno de los bufones que insistieron, con sus muecas, para que Susana los acompañara a la representación. Cuando tuve certeza de eso ya no había nadie en el cuarto. La ira me invadió como una enfermedad, sentí fiebre y la cabeza a punto de estallar. Respiré, respiré muy fuerte, y me puse de pie. Salí de la habitación marcando cada uno de mis pasos como si quisiera dejar mis huellas sobre el cemento.


Amanecía. Una débil claridad me permitía con delicadeza ver la parafernalia que se ponía en escena. Por las escaleras todo el mundo corría como loco, ya no había un lugar de concentración, ahora andaban por todos lados, nadie estaba quieto, los pocos que no se desplazaban se movían en su sitio, bailando creo, pero ante mis ojos resultaban intérpretes de alguna pantomima, en su mayoría parecían labores cotidianas y mecánicas, pero no eran imitaciones, cada uno de los intérpretes tenía algo único que no se alcanzaba a concretar, un ritmo especial, una falla en la secuencia, no sé.


Al ver a los festejantes tan concentrados en su celebración me tranquilicé, ahora caminaba por las escaleras de un lado para otro mirando a la gente, tal vez para ellos también parecería que yo formara parte de la celebración y que esta fuera mi danza, pero nada más lejos de eso. Caminaba y miraba, pero en el fondo buscaba a Susana, y me lo confesé abiertamente, por primera vez en todo este viaje con Susana era capaz de encontrar una verdadera motivación para mis actos: estaba buscando a Susana porque tenía ganas de verla.


No sé para qué quería verla, no sé qué iba a hacer cuando la encontrara, no sé cuál sería mi actitud de la infinita gama de posibilidades, pero tampoco me preocupaba mucho por eso, sólo caminaba, miraba y buscaba a Susana.


Me tardé más tiempo del que se podría pensar en encontrarla. Subí y baje las escaleras varias veces y siempre había gente diferente, como si fueran otras escaleras, y tal vez lo fueran, a esas alturas ya había perdido todo mi sentido de orientación, ya no entendía la organización espacial que tenía la construcción en la que me hallaba metido, como en uno de esos cuadros en donde no se sabe si las escaleras están invertidas, si es posible caminarlas o nos veríamos precipitados hacia el suelo, en donde el suelo puede ser también el techo y las ventanas están sobre cualquiera de las superficies que conforman una construcción, un laberinto que no respeta las leyes físicas de la gravedad o de las relaciones de arriba, abajo, atrás, adelante, no sé cómo explicarlo, son de un artista con apellido germánico, Malck, Dick, Golk, Escher. Susana.


Encontré a Susana danzando junto al tipo que se la llevó del cuarto de la representación. No estaban solos, había otras personas bastante cerca, pero era obvio por sus actitudes corporales que ellos dos estaban juntos. Lo primero que pensé, con un profundo sentimiento de tristeza, fue: ni siquiera se acuerda que me dejó abandonado en el cuarto de la representación. Caminé hacia ella por inercia, porque era lo que tenía que hacer, pero en ningún momento fui consciente que al llegar a ella tendría que hacer algo. Seguí caminando hasta pararme justo al lado de ella.

—Yo me voy ya.

Susana se volteó realmente sorprendida, era la primera vez que Susana no sabía cómo reaccionar ante algo que yo le dijera. De todos modos me di media vuelta y empecé a alejarme.


Ya era suficiente, salí huyendo de ese lugar, no porque Susana no me importara, sino porque era esa la única forma de demostrarle que me importaba. De todos modos tenía la certeza de no volver a verla, pensaba caminar hasta la playa, así me tardara más de un día, así tuviera que dormir en la carretera donde el cansancio me tumbara, llegaría caminando hasta la playa y luego… seguir caminando, más allá de las atracciones turísticas, lejos de la zona de viajeros a donde ya no podía regresar. En mi fuga iría pensando en lo que podría haber pasado con Susana si me hubiera quedado, pensando en lo que habría pasado con ella por quedarse con los festejantes, tal vez un poco preocupado, pero al fin y al cabo ¿Quién es ella, qué tenemos en común, qué hay entre los dos?


Bajé corriendo las escaleras, hallé fácil la ruta de salida, crucé los apartamentos, encontré todo el camino vacío, llegué al parqueadero y comencé a huir, alcancé la carretera y sólo miraba al frente, caminaba muy rápido, decidí trotar un rato, corrí luego muy rápido y me detuve, seguí caminando algo acalorado, me fui refrescando pero sin detenerme, iba a paso normal, como si estuviera en la ciudad y saliera a dar un paseo. 


Escuché el ruido de un motor, volteé ligeramente y vi el auto de Susana, seguro era ella, y seguro estaba sola. Yo seguí caminando, girando de vez en cuando para mirar de reojo el carro de Susana acercarse. Cuando estuvo al alcancé de mi vista, confirmé que era definitivamente Susana la que venía manejando, había abandonado a los festejantes y sin lugar a dudas lo había hecho por mí, porque yo me fui ella también decidió irse, eso no tenía discusión, pero mientras escuchaba que el auto se acercaba a mí, no estaba tan seguro de que Susana se detuviera a recogerme.