Era tal vez el jugador de solitario más grande que había existido en la historia de la humanidad. Comenzó a jugar solitario como se comienzan a hacer la mayoría de cosas de la vida, sin la menor intención de hacer algo importante, tan sólo comenzó a jugar y se quedó en eso. Al principio colocaba las cartas sin poner mayor atención y después de un rato se asombraba por la gran cantidad de tiempo que había pasado desde que comenzó a jugar. Cuando entendió a las mil maravillas el funcionamiento del juego, sintió la necesidad de contabilizar el tiempo que tardaba en cada juego y a esto siguió la necesidad de reducir cada vez este tiempo empleado.
Entonces la cosa tomó otras dimensiones, ahora era un verdadero desafío jugar solitario, un desafío infinito, pues mientras se demorara alguna cantidad de tiempo, sentía que aún podía superarse. Aunque cada vez parecía más difícil lograrlo (los avances comenzaron a ser menos notorios), esto no lo amargaba en lo más mínimo, sólo podía sentir orgullo de su gran capacidad para el juego. Después de llevar su técnica a un grado de perfección inigualable, sintió la necesidad de retar a alguien, de encontrar un contrincante al que obviamente sorprendería dramáticamente, pero precisamente lo que le había llevado a jugar solitario fue el principal impedimento para encontrar a alguien que se enfrentara a él en un reto de solitario.
Sin embargo, su gran capacidad no podía quedarse por más tiempo oculta, así que un día, sin confesarse a sí mismo las verdaderas razones de su acción, decidió ir a un bar que quedaba en la esquina, sentarse solo en una mesa, pedir una cerveza, y ponerse a jugar solitario. Las personas que estaban en el bar, no pudieron evitar observar los movimientos frenéticos del tipo sentado solo, con un naipe desparramado sobre la mesa. La verdad su presencia se hacía molesta y trataban de concentrarse en otras cosas para alejar su atención de aquella inexplicable actitud, mientras que el jugador de solitario parecía estar muy a gusto por la atención que despertaba en las personas del bar.
Con el tiempo los juegos de solitario en el bar se volvieron más frecuentes y los clientes del lugar comenzaron a reconocer al tipo de las cartas, y lo hicieron tema de discusión incluso cuando no se encontraba presente; pero, con el paso de los días, sucedió un raro fenómeno: muchos fieles bebedores dejaron de asistir al bar. Fue un acto casi inconsciente, simplemente cuando pensaban en tomarse una cerveza preferían ir a otro lugar, sin decirse exactamente por qué, sentían algo de tedio al pensar en ir a ese bar de la esquina y encontrarse al jugador de solitario. Esto se volvió notorio para el dueño del lugar, que miraba con preocupación como los clientes más asiduos desaparecían uno a uno desde la aparición del tipo de las cartas y para él fue más que evidente que la presencia de éste era el que ocasionaba dicha deserción, pero igual le resultaba imposible pedirle a un buen hombre, que nada malo le había hecho, excepto alejar su clientela involuntariamente, que no volviera a su humilde establecimiento. Así que el bar terminó siendo visitado únicamente por bebedores ocasionales que, en el mejor de los casos, iban un par de veces y no se les volvía a ver por allí.
Uno de estos visitantes que llegaban por casualidad al bar, que tal vez habían tratado de entrar a un sinnúmero de lugares con un número igual de fracasos, que tal vez ya habían gastado su dinero en otra parte y ahora remataban la noche en un lugar desconocido que se toparon en el camino a casa, uno de estos entró una noche al bar. Era un joven muy bien parecido y estaba acompañado por una bella muchacha que se mostraba todo el tiempo muy cariñosa con él. Desde que el joven entró notó la presencia de un tipo que movía mecánicamente las manos a una velocidad asombrosa. Después de unos instantes logró determinar que realizaba una extraña maniobra con un naipe. No pudo contener su curiosidad, así que se levanto de su mesa y se dirigió hacia donde se realizaba la misteriosa tarea. La muchacha que lo acompañaba pareció mostrar algo de disgusto, pero él no le dio importancia, con un movimiento bastante despectivo se deshizo de ella y llegó hasta el lugar que despertaba tanto su interés, se paró frente a la mesa y descubrió con gran asombro lo que allí sucedía. Frente a él estaba tal vez el mejor jugador de solitario que existiera en la historia de la humanidad. No podía dejar de mirar los precisos movimientos que llevaban una carta hasta su lugar adecuado como si se le pusiera allí caprichosamente, solo con el objetivo de ubicarla rápidamente en cualquier lugar, y más lo asombraba aún la reducida cantidad de tiempo que empleaba en terminar exitosamente un juego.
El joven estuvo ahí parado junto a la mesa durante una decena de juegos sin que el jugador de solitario pareciera inmutarse, pero en realidad, éste ya comenzaba a sentirse molesto con la presencia del joven, y de hecho sentía que su juego desmejoraba, lo que sería captado fácilmente por el joven, sólo que este no comprendería la razón por la que se demoraba más de la cuenta en pensar su siguiente movimiento, y así llegaría a la equivoca conclusión que estaba frente a un jugador de solitario de lo más ordinario. Todas estas ideas no podían más que hacerle perder la calma, por lo que se detuvo a la mitad de una jugada, recogió el naipe de sobre la mesa, pagó apresuradamente al dueño del bar que se hallaba junto a la barra desconsolado y casi dormido, y abandonó el bar como si se le hubiera ofendido profundamente. El joven, muy contento por el espectáculo que había presenciado gracias a la divina providencia que lo había llevado ese día justo a ese lugar, regresó a su mesa y no tardó en contentar a la muchacha que aún lo esperaba, y tras unos minutos, ella lo miraba con sus hermosos ojos mientras él trataba de explicarle con lenguaje lo que era incluso complicado de apreciar con la visión.
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