Las personas que se marchan no mueren nunca. Simplemente no regresan. Se puede decir que mientras exista un ser vivo que pueda dar fe de la existencia del viajero, de que un día habitó la tierra, seguirá sospechándose que anda en algún recodo, en una calle de casitas con ropa colgada en los balcones, de un pueblo de provincia, uno caluroso, en el que todos lo conocen como Zorba el griego o Maqroll el Gaviero, la gente lo saluda sintiendo envidia o admiración, en el fondo le temen, porque hace tan poco llegó, y partirá nuevamente, dejando una nueva estela de existencia. Los niños que lo vieron se preguntarán, ya adultos, si aún vivirá en alguna parte, en cualquier playa del Mediterráneo, en donde se le conozca como Ernest el Gringo o Paul el francés loco.
Así pues, un viajero que huye, no necesariamente huye hacia el vacío, hacia la nada, no es que huya de la ley o del pasado; no es un hecho inapelable que el viajero huya de una vida convencional. El viajero huye hacia la eternidad.
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