El mundo está habitado de nuestras medias naranjas, y de nuestras mujeres y hombres perfectos; el mundo está recubierto a manera de piel de seres amables, queribles, deseables, con los que quisiéramos pasar una noche invernal, fría hasta quebrarnos las manos, en una estación de trenes de un barrio peligroso en Roma, o compartir una caminata madrugadora por las playas desiertas de la calurosa Máncora, mientras se desayuna con comida que se ha traído de otro pueblo.
Estar en el mundo es enamorarse y querer lo imposible; querer que todo lo transitorio, lo fugaz, lo pasajero se quede con nosotros por el resto de una melodía de Piazzolla, antes de que cerremos los ojos para dormir satisfechos, exhaustos, realizados.
Cada amante que nos ha acompañado por unos minutos en el bus de camino al colegio; en la fila de la entrada del cine club cuando íbamos a ver una película clásica; en la plaza central mientras esperábamos a un amigo o a otra mujer con la que la engañábamos; todas esas amantes han quedado en mi corazón como caricias de la vida para hacer más dulce el camino, más recorrible, para que den ganas de andar el mundo y subir y bajar los escalones.
Ahora están las despedidas, el momento en el que vamos a dejar de existir mutuamente para seguir existiendo idílicamente, para ser la pareja perfecta. El momento en el que dejo la estación de Puno y me dirijo con zozobra a la frontera pensando en sus hermosos ojos, en esa sonrisa que me regaló al descubrir mi mirada.
Sólo se ama a los que se van.
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