Cuando era niño disfrutaba viendo la hilera de
hormigas que atravesaba el pequeño solar que tenía mi casa, ellas cargaban
solemnemente las migas del ponqué que yo dejaba intencionalmente sobre el
suelo. Siempre guardaba un poco del postre que mi mamá nos daba después de
comer si yo o mi hermano nos habíamos comportado bien ese día.
Mi hermano disfrutaba aplastando una a una las
hormigas que atravesaban el solar en ese ritual laborioso. Con sus dedos o con
la suela de las chanclas destruía el orden y creaba un caos en ese mundo de organización.
Yo sufría mucho, y con lágrimas en los ojos le suplicaba que se detuviera, él me consolaba
diciendo: Tranquilo, esas hormigas son insignificantes, así mueran mil, la vida
continúa sin ninguna perdida, todo sigue igual.
Ayer murió mi hermano. Tuve que regresar al pueblo
en el que transcurrió mi infancia, y volví a esa vieja y enorme casa. Veo como
inevitablemente las hormigas siguen marchando en el solar de aquella casa que
ya no habito. Veo como todo sigue igual, sin ninguna perdida aparente.
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