Anualmente, en la
selva tropical, existe un día de fiesta en el que se reúnen todos los animales
para pasar un buen rato y reencontrarse con amigos que han tomado los más
diversos rumbos.
El día había
llegado, y el lugar de encuentro tradicional comenzó a verse poblado por variados grupos de animales. No sería apropiado dar cuenta exhaustiva de los
asistentes, basta con decir que Noé no vio jamás ni la mitad de la fauna que
ahora se hallaba reunida.
Y así como sucede
con las fiestas que son entre compañeros sinceros, la diversión comenzó a verse
por doquier sin que nadie le hubiese hecho una invitación solemne.
Cuando ya llegó la
hora en la que ya no se espera que llegaran más animales, apareció el mono. A
medida que los pasos del mono avanzaban por el claro de selva en el que se
realizaba el encuentro, y saludaba a los grupos de los animales que iba
encontrando a su paso, el rumor sobre la cultura del mono que acababa de
llegar crecía.
Muchos sabían de
este famoso mono, que por su largo contacto con los humanos, había aprendido
mucho de sus costumbres, lo que le daba un aire de superioridad respecto a los
demás animales más salvajes que él.
Obviamente, a pesar
de que no oía bien lo que decían los murmullos que crecían a su espalda, el
mono sabía que hablaban de él, y esto lo llenaba de orgullo, así que decidió
tener una participación más activa en la fiesta. El mono se acerco a un grupo
de variados animales que hacían bromas sobre las curiosas costumbres de los
elefantes.
—Tienen el rabo
donde debería estar la nariz y, además, ni comen carne — decía un león.
Todos reían, cuando una jirafa, como haciéndose la
boba, dijo:
—Sí, sí, ni comen
carne, y también son orejones.
Los animales la
miraron con un gesto de maligna lástima, y luego se rieron de la estupidez de
la jirafa. Esta por su parte se sintió satisfecha por el efecto de su
comentario.
El mono aprovechó el instante en que las risas comenzaban a desvanecerse en resoplidos para
hablar:
—Yo les tengo un
chiste buenísimo.
Los animales lo miraron
intrigados.
—Había una vez —y
el mono comenzó a hablar que de franceses, nazis y judíos, que aviones, que
paracaídas; y terminó su narración absolutamente satisfecho de sí mismo, con
una orgullosa sonrisa en los labios.
Tras el cuento, los animales no habían entendido ni
papa. Todos guardaron silencio, se miraron entre ellos confundidos. Después de
unos segundos, en los que se mantuvo el incómodo silencio, la conversación
volvió a surgir, olvidando rápidamente el incidente. El mono, herido en
su alta dignidad, se alejó de allí refunfuñando para sí, quejándose de la
ignorancia y vulgaridad de los salvajes animales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario