martes, 21 de agosto de 2012

CUENTOS DE ANIMALES. 3 LAS SARDINAS Y EL PEZ HEROICO

 
La sardina es un animal estúpido. En los grandes manglares que cubrían la tierra hace unos años, las aguas se agitaban por la presencia masiva de estos peces. Detectar su presencia era realmente fácil; sólo bastaba encontrarse con el gran alboroto que producían sobre la superficie del agua.

Las sardinas andaban en grupo y creían que esta era su fortaleza, pero los pescadores sabían que esa era su debilidad. Cualquier trampa o truco ideado por los pescadores atraía a millones de sardinas que no descubrían el engaño, seguían a las otras sardinas sin saber hacia dónde. Todo el cardumen era atrapado por la red sin mayor dificultad.

Después las sardinas —encerradas en latas de aluminio, bañadas en salsa de tomate— no eran conscientes de su situación, y al verse rodeadas por otras compañeras, creían nadar en un agua muy turbia, lo que las preocupaba un poco, pero esperaban llegar algún día a un manglar de mejores condiciones.

Digo que las sardinas son estúpidas porque no todos los peces son de la misma naturaleza. Existía también por esa época un pez solitario y difícil de capturar. No es que fuera más rápido o más hábil, ni siquiera más inteligente, simplemente huía del ruido, de las aguas oscuras, de los rezagos tóxicos. Recorría largas distancias sin reparar en nada más.

Esto  no quiere decir que aquel pez no pudiera caer en la trampa de algún pescador, más cuando estos usan carnadas brillantes tan atractivas para este tipo de peces. Así que un día, y aunque nadie quisiera saber esto, aquel pez cayó en el engaño de un experto pescador y mordió el anzuelo.

El pez inmediatamente notó su error y trato de soltarse: era demasiado tarde, el anzuelo se había enganchado en su mandíbula inferior y lo conducía inevitablemente hacia la superficie.

¿Por qué inevitable? Nada de eso, el pez decidió combatir contra su destino, tirar su cuerpo hacia abajo tratando de desprenderse del anzuelo. Puso en juego todas sus fuerzas, todo su empeño, caería muerto de cansancio antes que ser llevado en contra de su voluntad a la superficie.

Tanta energía puso en esta lucha que desgarró su mandíbula inferior logrando desprenderse del anzuelo. Sin darse respiro empezó a nadar muy rápido, más rápido que antes, más rápido que nunca; todo para alejarse de ese lugar, huyendo hacia un mar más silencioso, más pacífico, más remoto.

Mientras nadaba notó que sus fuerzas se agotaban, no sólo por el gran esfuerzo que había realizado, sino porque sangraba por la herida en su mandíbula. Quiso descansar un rato, quiso comer algo para recargar fuerzas.

Resultó que ahora le era imposible comer, su boca había sido destrozada de tal forma que no podía ingerir los alimentos. Supo que estaba perdido. ¿Qué podía hacer ahora? Nadar, atravesar una larga distancia buscando esas aguas mejores.

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