La sardina es un animal estúpido.
En los grandes manglares que cubrían la tierra hace unos años, las aguas se
agitaban por la presencia masiva de estos peces. Detectar su presencia era
realmente fácil; sólo bastaba encontrarse con el gran alboroto que producían
sobre la superficie del agua.
Las sardinas andaban en grupo y
creían que esta era su fortaleza, pero los pescadores sabían que esa era su
debilidad. Cualquier trampa o truco ideado por los pescadores atraía a
millones de sardinas que no descubrían el engaño,
seguían a las otras sardinas sin saber hacia dónde. Todo el cardumen era atrapado por la red sin mayor dificultad.
Después las sardinas —encerradas
en latas de aluminio, bañadas en salsa de tomate— no eran conscientes de su
situación, y al verse rodeadas por otras compañeras, creían nadar en un agua muy
turbia, lo que las preocupaba un poco, pero esperaban llegar algún día a un
manglar de mejores condiciones.
Digo que las sardinas son
estúpidas porque no todos los peces son de la misma naturaleza. Existía también
por esa época un pez solitario y difícil de capturar. No es que fuera más
rápido o más hábil, ni siquiera más inteligente, simplemente huía del ruido, de
las aguas oscuras, de los rezagos tóxicos. Recorría largas distancias sin
reparar en nada más.
Esto no quiere decir que aquel pez no pudiera caer en la trampa
de algún pescador, más cuando estos usan carnadas brillantes tan atractivas
para este tipo de peces. Así que un día, y aunque nadie quisiera saber esto,
aquel pez cayó en el engaño de un experto pescador y mordió el anzuelo.
El pez inmediatamente notó su
error y trato de soltarse: era demasiado tarde, el anzuelo se había enganchado
en su mandíbula inferior y lo conducía inevitablemente hacia la superficie.
¿Por qué inevitable? Nada de eso,
el pez decidió combatir contra su destino, tirar su cuerpo hacia abajo tratando
de desprenderse del anzuelo. Puso en juego todas sus fuerzas, todo su empeño,
caería muerto de cansancio antes que ser llevado en contra de su voluntad a la
superficie.
Tanta energía puso en esta lucha
que desgarró su mandíbula inferior logrando desprenderse del anzuelo. Sin darse
respiro empezó a nadar muy rápido, más rápido que antes, más rápido que nunca;
todo para alejarse de ese lugar, huyendo hacia un mar más silencioso, más
pacífico, más remoto.
Mientras nadaba notó que sus
fuerzas se agotaban, no sólo por el gran esfuerzo que había realizado, sino
porque sangraba por la herida en su mandíbula. Quiso descansar un rato, quiso
comer algo para recargar fuerzas.
Resultó que ahora le era
imposible comer, su boca había sido destrozada de tal forma que no podía
ingerir los alimentos. Supo que estaba perdido. ¿Qué podía hacer ahora? Nadar,
atravesar una larga distancia buscando esas aguas mejores.
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