miércoles, 3 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 7 LA LLAMADA

 

Cerró la puerta después de despedirse de la última persona que trabajaba esa noche en la fábrica. Se fue caminando por los enredados pasillos mientras prendía todas las luces que encontraba a su paso y que los trabajadores habían apagado antes de irse porque las creían ya inútiles. Luego fue y se sentó en su silla predilecta junto a la ventana. Revisó muy bien que la cortina no dejara ningún orificio por el que la gente de afuera pudiera mirar al interior de la fábrica y espiarlo, posibilidad que le causaba mucho pánico. Esta noche había olvidado servirse su primer gran pocillo de tinto antes de sentarse por primera vez y esto le generó una gran incomodidad, tuvo que levantarse y caminar mientras escuchaba sus pasos retumbando por el lugar.


Ya con el aroma del tinto entre sus manos se sentó definitivamente y se puso los audífonos del walkman a todo volumen. 


El máximo volumen era algo completamente necesario. La función de la música era ocultar todos los sonidos de la fábrica, hasta los más fuertes, no debía quedar espacio para interpretaciones ni conjeturas. Por ejemplo, el alboroto creado en la soledad de la noche por algún objeto que un trabajador hubiera dejado en alguna posición poco estable, y que al fin por la insistencia de la gravedad se viniera al suelo, no debería por ningún motivo ser percibido, pues podría ser interpretado de forma equivocada, logrando de esa forma una sensación de intranquilidad que se extendería por toda la noche. El walkman era un arma de doble filo, puede distraer de los pequeños ruidos, pero también puede convertir la percepción de algún estruendo en cualquier cosa, en pasos, pedradas, detonaciones o hasta en una voz. Por eso era imprescindible que el volumen de la música no lo dejara escuchar ni el más fuerte estallido, como por ejemplo un trueno en las noches lluviosas tan frecuentes en la ciudad.


Todo estaba listo, sólo había que dejar que una canción llevara a la otra y así el tiempo se pasara sin ser notado como tal, ya no era tiempo en segundos minutos horas, sino en número de canciones, cuenta que jamás llevaba para no tener un cálculo preciso de las canciones necesarias para que llegara el amanecer, lo que también se convertiría en un conteo insoportable. Las canciones únicamente serían interrumpidas cada cierto tiempo para servirse otro tinto, actividad desagradable, pero el gusto que le daba el pocillo de tinto le resultaba suficiente compensación.


No se había servido el segundo pocillo de la noche y ya sentía que se había pasado más de la mitad de la noche, así que no aguantó las ganas de ir por otro tinto. Se levantó y caminó por los pasillos iluminados y le entró una idea bastante fuera de lo normal. Ese día había almorzado muy temprano y su digestión ya estaba demasiado avanzada, por lo que sin meditarlo mucho entró al baño de la primera planta, se sentó en la tasa y prendió un cigarrillo, cosa que nunca había hecho antes, pues no estaba permitido fumar en el lugar en el que siempre pasaba las noches, donde era más caliente, pero era precisamente el lugar más caliente porque era el más encerrado, además tenía tapete y cortinas, lo que haría que quedara totalmente impregnado con el olor del cigarrillo. Así que en caso de querer fumar lo tendría que hacer en otro lugar de la fábrica, y la verdad no le gustaba pasar mucho tiempo en parte distinta a su cálido rincón. Pero hoy, el estómago le había jugado una mala pasada y sentarse en la tasa sin encender un cigarrillo no le parecía adecuado.


La cuestión era si sería más recomendable cerrar la puerta del baño o no. Si la cerraba existían posibilidades verdaderamente siniestras, como que le apagaran la luz o alguien tocara a la puerta, pero si la dejaba abierta podía ver pasar a alguien rápidamente por el corredor. Dejó la puerta abierta. Al fin de cuentas, su cigarrillo se volvió un infierno y no disfrutó nada de lo que estaba haciendo. Se levantó y cuando ya caminaba para ir a sentarse nuevamente en su sitio habitual de espera recordó la verdadera razón que lo había hecho alejarse de la seguridad, dio media vuelta y en ese preciso instante el teléfono sonó.


Sabía que no debía contestar, una llamada a esa hora estaba más que por fuera de lo normal. Era la primera vez que el teléfono sonaba desde que el trabajaba en la noche, ya no le parecía posible que alguien llamara, pero ahora el teléfono repicaba insistentemente, y aunque estaba convencido de que lo mejor sería no contestar y que incluso debería desconectar el teléfono, la insistencia del timbre le preocupaba. Parecía como si la impaciencia del que estaba al otro lado de la línea se manifestara en el aumento de la intensidad del repiquetear del timbre, sonaba casi enfadado, como una voz de alguien que gritaba cada vez más fuerte para lograr ser escuchado, así que no le quedó de otra y tuvo que contestar.


—Aló.

—Buenas noches, vecino (voz diplomática de hombre que a continuación pasara a hacer un reclamo).

—Buenas noches.

—Vecino, era para pedirle un favor. (Ya va a explotar, se contiene, pero va  a explotar).

—Dígame.

—Si le podría bajar el volumen a la música.

—¿Música?

—Sí, además podrían gritar menos, necesitamos dormir.

—Perdón, señor, pero está equivocado.

—¡Ay, vecino! No se ponga con eso.

—No, es en serio, aquí no hay ninguna fiesta, debe estar equivocado, ¿a qué número está marcando?

—Vecino, no se ponga a jugar, por favor no haga más bulla que necesitamos dormir.

—Señor, esto es una fábrica y no hay nadie aparte de mí.

—No me obligue a llamar a la policía, no son horas de hacer tanto ruido y menos de estarme tomando el pelo.

—Señor, le repito que está equivocado. ¿En qué barrio está?

—¡No más! ¡Bájele ya al ruido o llamo a la policía!

—Señor, piense un poco ¿Está escuchando el ruido en este momento?...

—¡Ay!, no me trate de bruto, que puede salir perdiendo.

—No, espere, sólo quiero que vea que aquí no hay ruido, y en la casa de su vecino aún se escucha…

—¡Me cansé, o le baja y dejan la gritería o la policía va para allá!


El pánico se apodero de él, ya no podía soportar más esta situación. Miles de ideas comenzaron a pasar por su cabeza, y entre eufórico y nervioso soltó una retahíla de groserías que no iban precisamente dirigidas al tipo al otro lado del teléfono, sino a la situación en sí, y después le colgó. Las ideas que pasaron por su cabeza en desbandada, y que lo habían hecho reaccionar de tal forma, comenzaron a salir de la bruma y a concretarse frente a él. Era obvio que el tipo estaba equivocado, ¿pero si no? Y si sí era un hombre que vivía en una casa aledaña a la fábrica, y efectivamente estaba escuchando una bulla que provenía de ahí, entonces la fábrica estaba poblada por seres que él no podía ver ni escuchar, pero que habían estado ahí toda la noche, obviamente no antes, pues nunca había recibido una llamada similar, así que esta era la primera vez que esos seres habitaban la fábrica, pero no, pensándolo bien, era la primera vez que hacían demasiado ruido, tal vez habían estado calmados y esta noche tenían alguna celebración o algo así, y ahora vagabundeaban por ahí borrachos, lascivos, tropezándose contra todo en busca de los rezagos de la fiesta.


Salió apresurado hasta su silla, el lugar en la fábrica que le parecía más seguro en ese momento, pero no podía ponerse el walkman a todo volumen, esa no era una opción ahora, se sentía obligado a rastrear cualquier rezago del imperceptible ruido, la posibilidad de escuchar una risa o un canto desencajado le producía unos escalofríos insoportables, pero le resultaba más desesperado que aquel ruido llegara a él y no lo escuchara, así que lo acechaba, como puede acechar una gacela a un felino cazador para saber si su muerte está cerca. Quería ver una sombra, una silueta que se asomara por el borde de la puerta, pero no porque quisiera verla en sí, sino porque buscarla y no encontrarla era lo más parecido a la tranquilidad en ese momento.


Y el teléfono volvió a sonar.


Debía contestar, sus posibilidades se habían reducido al máximo, sólo le quedaba recorrer nuevamente los corredores de la fábrica y levantar el teléfono para comprobar que no era el tipo el que estaba llamando nuevamente, aunque estuviera seguro que sí era él.


—Aló.

—Vecino, ¿no le va a bajar a la música?

—Señor, ya le he dicho…

—¡Mire, la policía va para allá!


Colgó.


Y si el tipo era un loco, y ahora estaba merodeando los alrededores de la fábrica, tratando de ver por las ventanas para encontrarse el rostro del que no había querido bajarle a una música que sólo estaba en su cabeza. Tal vez trataría de entrar, acompañado de unos policías que sólo él veía, o que a lo mejor eran también espectros de la misma clase de aquellos que festejaban a rabiar en la fábrica. No, se sacudió la cabeza y vio que estaba perdiendo toda perspectiva del asunto. Pero el tipo sí podía ser un desequilibrado, y ahora estaría buscándolo, tal vez escucharía sus gritos que lo llamaban desde afuera –vecino, vecino –y su voz sonaría como el aullido del lobo, imaginaba los rasgos del tipo como los de esos cuadros llenos de claroscuros que resaltan las arrugas de la piel y vuelven los ojos profundos, llenos de maldad y de locura. No se iría en toda la noche y sólo la luz podría espantarlo como a los hombres lobos que la mañana convierte en ciudadanos de bien.


Se sentó nuevamente en su silla a esperar la madrugada, que todavía debía estar muy lejos, más aún cuando sentía que la noche en lugar de acercarse a su fin se alargaba, como esas melcochas de sabor demasiado empalagoso que queremos acabar rápido para no hacer sentir mal a la persona que nos la invitó, pero que a cada mordisco se alarga más y se nos embadurna en los dedos, hasta que notamos que la melcocha ya no tiene fin.


Tenía pánico, y por eso sentía los segundos uno a uno, eso es lo que pasa con el dolor, el hambre, las ganas de orinar: se siente el tiempo. Las infinitas posibilidades terroríficas se aparecían una tras de otra en sus reflexiones, de las que no huía, sino que las trataba de poner en fila para pasarles revista una a una como mecanismo de defensa. Podía estar la fábrica habitada por seres incomprensibles, que aunque jamás se manifestaran y no le hicieran ningún daño, le harían imposible volver a pasar una noche en ese lugar. Podía escuchar en cualquier momento la desgarradora voz de un tipo que le llamara vecino, como ese espanto del mito que regresa a buscar a la mujer que le había sacado las tripas de su cadáver para cocinar unas asaduras, lo que le daba miedo de esa historia no era que el espanto asesinara a la mujer, sino la idea de escuchar su nombre en mitad de la noche dicho por una voz de ultratumba que no tendría porque saberlo. Y existía una posibilidad que no sabía por qué le causaba más miedo que las otras. Esa era que llegara la policía, pues confirmaría que el tipo no es un loco, o al menos no uno tan peligroso, lo haría pensar que sí había una bulla insoportable en la fábrica, bulla que él no tendría como explicar a la policía ni explicarse a sí mismo y por eso todas las posibilidades quedarían latentes, y es más, lo que hasta ahora veía en el fondo como ensoñación, como desvarío de un hombre con poco temple, se convertiría en realidad, o al menos en algo que sí estaba sucediendo fuera de él. Ya no podría creer que la policía estuviera efectivamente frente a él, esperaría uno de esos giros inesperados en el que el salvador resulta siendo el criminal, o en el que descubre que el oficial que trata de ayudarlo tiene una hilera de cucarachas saliendo de su pantalón.


Era tanta su conmoción que no había notado que el silencio era demasiado intenso, tan intenso que sólo podía ser la antesala de un ruido espeluznante. Y entonces, cantó un gallo. Él se estremeció en su silla, se puso de pie por reflejo y escuchó la chapa de la puerta principal abrirse. Anonadado vio como un cuerpo entraba tranquilamente con la luz de la mañana en su espalda, y de entre la luz surgieron muchos cuerpos más, todos ellos con caras conocidas. En pocos segundos el lugar se hallaba inundado de trabajadores que comentaban sobre lo frío de la madrugada y los últimos acontecimientos de un programa de televisión que era de interés general.


Él tomó rápidamente todas sus pertenencias y salió del lugar sin despedirse de nadie. La mañana le agradaba sobremanera, y aunque no era hermosa, él la sentía  demasiado clara. Se fue alejando de la fábrica, mientras un borracho se tambaleaba por la acera y un perro lo miraba como queriendo morderlo.


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