jueves, 4 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 8 UNA LIVIANA DAMA SE CONVIERTE EN PESADILLA O UN HERMOSO DEMONIO O MI SOLEDAD

 

Ya sabía yo que los extraños acontecimientos que han trastornado por completo mi vida en estos últimos días iban a tener un desenlace tan peculiar y más que eso aterrador.


Hace poco más de una semana que tuve ese sueño. Estaba con un grupo de gente en un lugar desconocido y siniestro. A mí en particular no me causaba más que indiferencia, pero al parecer encerraba muchos misterios amenazantes, pues toda la gente me recomendaba, que al igual que ellos, me guardara en el único lugar en el que estaría seguro, que consistía en una olla inmensa en cuyo interior se hallaban unos garbanzos cocinados y unas patas de pollo. Esto despertaba una gran repugnancia en mí, así que me fue imposible entrar allí, y decidí quedarme afuera. De repente me vi solo, en la mitad de un lugar que prometía algo maligno, pero mi temor no era muy grande.


Mi inquietud fue creciendo. Vi caminar a un anciano de apariencia repugnante hacia mí, no pude sino fijarme en sus dientes, que se asomaban entre una débil sonrisa, estaban deshechos y podridos, luego llevé mis ojos a una hermosa niña que andaba cogida de la mano del anciano. Caí en pánico, y con una decisión nerviosa les decía que se alejaran de mí, cada vez repetía aléjense, aléjense, con más furia y terror. A medida que se acercaban veía mejor al anciano, y noté que su sonrisa era acompañada por una mirada de angustiosa melancolía, pero no, se fue acercando y no era melancolía, cuando ya casi me tocaba noté que era un temor reprimido lo que denunciaba su rostro ¿Me temía a mí? ¿Temía por él o por aquello que me ocurriría a mí?. Entonces gire apresuradamente mi cabeza hacia la niña y comprendí todo. Ella era un demonio. 


Desperté con la imagen del rostro de ese ser infernal. Una absoluta ternura, ausencia de algún tipo de expresión, y aun así sentía que sus ojos encerraban la maldad. Eran apenas las tres de la madrugada y yo tenía todas las luces del apartamento encendidas. Tenía el televisor a todo volumen y evitaba a toda costa percatarme de cualquier cosa que sucediera por fuera de la pantalla, ni siquiera el vuelo de una mosca. Ese mismo día, apenas amaneció, ya estaba en la calle, caminando en los lugares en donde más gente hallara, hasta que llegó la hora de ir al trabajo. Durante todo el día volvía a mí la última imagen del sueño, como un relámpago, de manera involuntaria. Contarle el sueño a alguien me resultaba necesario para tratar de exorcizar mi sufrimiento, pero nadie me escucharía, y al finalizar la jornada laboral me di cuenta de que no podría dormir esa noche en mi apartamento.


Pensé que no visitaba a mi hermano hacía tiempo, así que decidí que este sería un buen momento para hacerlo. Mi hermano y su novia me recibieron con agrado, y aunque disimulé perfectamente con ella el motivo de mi visita, cuando por fin se fue a dormir y nos quedamos mi hermano y yo, le conté todo lo sucedido. Al final de mi relato él soltó una carcajada, así lo esperaba, pero ya está acostumbrado a mis ocurrencias, como él mismo dijo, por lo que no se sorprendió de mi forma un poco infantil de reaccionar a un sueño y me permitió, sin ninguna aparente molestia, quedarme a dormir en su apartamento. 


Desocupamos una habitación llena de cajas cuyo contenido posiblemente fuera desconocido para mi hermano y su novia. Allí acondicionamos mi cama con una colchoneta en el suelo y un par de cobijas.  


Todo parecía estar calmado, mi terror desaparecería con una noche de buen sueño, y tal vez al día siguiente podría regresar a mi apartamento. A eso de las once de la noche, mi hermano me llamó. Yo fui a su habitación aún en un estado híbrido entre la vigilia y el sueño, él me pasó la bocina del teléfono mientras me decía en tono de cordial reproche: Qué horas de llamar las de su amiguita. Recibí la bocina y, algo amodorrado, me la llevé a la oreja mientras pensaba en quién podría ser, entonces, un segundo antes de poder oír la comunicación me sacudí las ideas de sopetón y desperté, un momento, nadie sabe que estoy aquí, pensé, e inmediatamente oí una delicada y enfadada voz femenina al otro lado del auricular que me decía: ¿Por qué no has llegado a casa?, te estoy esperando.


Dejé caer la bocina al piso y los ojos se nublaron por las lágrimas nerviosas, sentí como si esas palabras fuesen dedos helados que tocaran el pabellón de mi oído en un cuarto oscuro en el que se supone que estoy solo. Mi hermano saltó de la cama y prendió la luz del cuarto, al ver la expresión de mi rostro me preguntó con la mayor seriedad: ¿Qué pasó? ¿Qué le dijeron?.


Enteré a mi hermano y a su novia, que con el desorden se había despertado, sobre lo sucedido. Mi hermano trataba de razonar al respecto, proponía que tal vez fuera la broma de una amiga, pero eso no tenía ningún sentido, mi contacto con las mujeres hacía tiempo que era bastante limitado, así que con ellas no existía más que una relación laboral que no sobrepasaba el saludo y una que otra indicación sobre algún aspecto del trabajo en el que necesitaran mi ayuda, incluso muchas de ellas, a pesar de haber acudido a mí para una consulta, no conocían mi nombre, mucho menos donde vivía. Nadie en el trabajo sabía de la existencia de mi hermano y por ende, resultaría inverosímil siquiera creer que tuvieran el número de su teléfono. Debo reconocer que para ese momento no contaba con ningún amigo, hombre o mujer, que supiera lo suficiente de mi vida como para hacerme una broma, así que en medio de mi confusión tenía la certeza de que no habían sospechosos posibles detrás de la llamada.


Sin embargo, como es de imaginar, eso lo expongo claramente ahora, pues en ese momento sólo pude, mientras tomaba tembloroso una tasa de té, explicar confusamente que nadie podía hacer esa llamada, lo que no dejó muy satisfecho a mi hermano que se mostraba alterado e inconforme por mi estado y por mi voz trémula, casi al borde del llanto. No quise reflexionar sobre lo que él pensaba. No tenía yo ninguna razón para mentir, así que sólo quedaba la posibilidad de la locura.


Mis nervios se mostraron realmente perturbados en los días siguientes. Me llevaba a un estado similar al de la visión de un ser sobrenatural la sola presencia de cualquier mujer que me resultara hermosa o que me cruzara una mirada. Seguí quedándome en la casa de mi hermano sin discutir con él su aprobación, asistía al trabajo sólo para tratar de sacudirme un poco de tantos pensamientos sobre el terrible suceso, y evitaba al máximo cualquier momento de silencio, pues esa voz parecía haber quedado estampada en el aire callado, su eco rebotaba, sutil pero inagotable, en las cavidades de mi oreja.


A los cinco días de la infernal llamada, mi hermano volvió a tocar el tema. Como ya era su costumbre desde que éramos niños, salió en mi defensa sin importarle cuan justa o injusta era mi causa. Después de una corta conversación en la que poco participé, él me dijo que si iba a pasar unos días en su apartamento era recomendable que fuera por algunos de mis objetos personales, pues sería más fácil nuestra convivencia si yo no usaba su ropa, su cuchilla de afeitar, su cepillo de dientes y otras cosillas por ahí. 


Al día siguiente fui a trabajar, pero sólo podía preocuparme por la excursión de esa tarde a mi apartamento. Apenas terminé mi jornada salí lo más rápido que pude hacia allí para evitar que llegara la tarde estando aún en ese lugar. Lo más difícil era lograr abrir la puerta, pues lo que pudiera estar esperándome, tal vez sentado en la sala tomándose un café o algo así, en la posición más natural y cotidiana, era lo que más me aterraba.


Duré un largo instante parado frente a la puerta, pero la sensación que en cualquier momento podía escuchar algún ruido al otro lado me obligó a abrir la puerta rápidamente. Nada estaba del otro lado. Entré y dejé la puerta abierta, pero después recapacité y decidí cerrarla, pues si nada estaba adentro era mejor evitar cualquier visita inoportuna que alterara mis nervios. Inmediatamente corrí al cuarto, saqué una maleta del armario y comencé a llenarla con el más absoluto caos de las cosas que se me cruzaban en el camino y que rápidamente consideraba iban a serme necesarias. En este proceso evitaba mirar a las ventanas o a los espejos, por precaución, cualquier figura medianamente humana que apareciera me sería en extremo desagradable. Incluso mi reflejo podría sobresaltarme.


Estaba en esa tarea cuando involuntariamente fijé mi vista en un cuadro de Jesucristo que me regaló mi madre cuando decidí irme a vivir solo. Sentí que el cuadro me miraba, lo cual me había sucedido ya otras veces, pero en esa situación resultaba totalmente agresivo, ¿cómo se le ocurría mirarme en el estado en el que se encontraban mis nervios en ese momento? Bajé la mirada, pero tras unos segundos volví a dirigir mis ojos hacía el cuadro. Ahora el cuadro me miró con una expresión totalmente viva, y no sólo eso, su cara giró un poco para mirarme totalmente de frente. Su expresión se tornaba cada vez más malvada y parecía adelantarse por fuera del cuadro. Salí corriendo, pero era necesario pasar muy cerca del Jesucristo para abandonar el apartamento, por lo que alcancé a sentir el roce con su cuerpo. Abrí la puerta y huí mientras escuchaba una voz que me decía, llena de odio, espera.


Cuando estuve varias cuadras lejos del edificio paré mi carrera desenfrenada. Debo haber parecido un loco, estaba tan desencajado que no recuerdo si iba gritando. Después de respirar unos segundos noté que al huir había soltado la maleta dejándola abandonada en el corredor repleta con mis pertenencias y que, además, la puerta quedó abierta, pero no tenía la menor intención de regresar, eso ni se dudaba.


Ya en la noche, llegué al apartamento de mi hermano, pero no dije nada de lo sucedido, sólo me disculpe de no haber ido al apartamento por mis cosas argumentando que estuve muy ocupado en el trabajo y se me había hecho de noche. A pesar que mi mentira había sido recibida sin reproches ni dudas, yo no podía prolongar por tiempo indefinido esa situación. Obviamente sería más fácil enfrentarme a mi hermano que regresar a buscar la maleta, pero preferí esperar a que nos quedáramos solos.


Sin embargo, no llegué a decirle nada a mi hermano aunque tuve toda la noche para hacerlo, pues después de que su novia se fue a dormir y cuando él ya se estaba disponiendo para lo mismo, yo forcé una conversación sobre cosas de la niñez que luego se transformó en un diálogo fluido. Estuvimos hasta el amanecer recordando cosas del pasado e incluso quedamos en la promesa de visitar la tumba de nuestra madre. Mi hermano seguramente sospechaba que algo raro estaba pasándome, pero parecía no querer enfrentarlo, incluso ni ante él mismo, así que mostró mucha discreción, evitando hacerme preguntas incómodas y no hizo más que seguirme la cuerda.


Apenas clareaba el día y yo estaba ya en la calle. Fui caminando hasta el trabajo, evitando mirar a las personas de frente, soportando difícilmente la visión de los pies de aquellos desgraciados que transitaban por la acera, alejándome sobresaltado cada vez que sentía que algunos pasos se encaminaban hacia mí, más aún si eran pies femeninos.


Llegué al trabajo bastante temprano. Siempre uso las escaleras para subir al piso en el que se encuentra mi oficina, pero ante la soledad en la que se encontraban, preferí usar el ascensor. Ya en mi oficina, me dediqué a mis tareas diarias con bastante dedicación, recapacitando cada cierto tiempo en la necesidad de confesarle a mi hermano mi real situación. Mentalmente redactaba el discurso para exponerle el caso, de forma que causara en él la menor impresión y así reducir su preocupación, lo que al final de cuentas sería prácticamente imposible. Comencé a sentir, con gran desasosiego, que se volvía impensable regresar con mi hermano en esa situación.


A la hora del almuerzo decidí ir a un restaurante que es de mi entero agrado, en donde trabajan muchas caras que me eran conocidas y amistosas, lo cual era justo lo que necesitaba en ese momento. Volví a usar el ascensor para descender, pues las escaleras estaban solas casi a cualquier hora del día, mientras que el ascensor, sobre todo a la hora del almuerzo, se hallaba atestado de gente. No podía mirar a nadie, pero me reconfortaba el que estuvieran allí. Entré difícilmente al ascensor, pero me logré colocar en la parte del fondo, pues no podía soportar la idea de tener una mirada desconocida por encima del hombro.

 

El ascensor se detuvo en un piso inesperado y la gente comenzó a abandonarlo masivamente. Cuando la puerta del ascensor se cerró nuevamente, sólo quedamos en su interior yo y una mujer que estaba parada junto a los botones de control, de espaldas a mí. Comencé a sudar frío, sentí una sensación de irrealidad, ¿qué rayos estaba pasando?, esto no es normal, quise huir, pero no podía hacerlo sin tener que toparme con la mujer, incluso tendría que tocarla y llegar a verle la cara, eso no me era posible. El ascensor parecía estacionado, no había movimiento alguno. 


Con el tiempo comencé a sentir que la mujer sabía que pensaba en ella y le temía, por lo que tendría una sonrisa en sus labios, me pareció oír una suave risa. Si esa mujer se giraba a mirarme la mataría, juro que si ella se atrevía a mirarme con una sonrisa yo me lanzaría sobre ella y la ahorcaría.


El ascensor por fin se abrió y salí disparado de allí, no corría, pero caminé sin detenerme siquiera a pensar hacia dónde iba. Cuando desperté, recordé que deseaba ir a aquel restaurante. Pensándolo con cabeza fría, concluí que nada grave había ocurrido, todo era producto de mis nervios alterados, por lo que no consideré necesario cambiar mis planes originarios.


Llegué al restaurante e inmediatamente me recibió uno de los meseros conocidos que me entretuvo un rato hablándome de lo arduo de su labor de ese día, pero que, como él lo dijo, no había que quejarse porque con esta situación hay que dar gracias a Dios por el trabajo, y acto seguido pronunció las palabras que más podrían sacarme de quicio en ese momento: Siga por aquí, en esa mesa lo espera una dama.


Miré completamente alterado y fuera de mí hacia el lugar que señalaba el mesero, reconocí a la mujer del ascensor, que estaba sentada de espaldas. Mi reacción fue darle un empujón al mesero, que me conducía hacia la mesa colocando suavemente su mano sobre mi espalda, y salí corriendo de allí.


¿A dónde iría? No podía volver a mi apartamento, ella sabía dónde trabajaba, incluso en casa de mi hermano podía ubicarme, y ahora me esperaba en los lugares como si se adelantara a mis actos. No podía sentirme más indefenso, más desterrado de todo lo familiar. Estaba en la ciudad, evitando a las personas, alejándome de los lugares conocidos, no tenía ya nada seguro, me encontraba completamente solo.








No hay comentarios:

Publicar un comentario