sábado, 6 de octubre de 2012

CUENTOS DE LA ANGUSTIA. 9 TIEMPO Y ESPACIO

Ese día llegó tarde, como siempre. Entonces entendió. Todo vino a él como una revelación. Cada vez que tenía que salir de su casa para ir a cumplir una cita fijada a una hora exacta, se levantaba con el tiempo suficiente para bañarse con agua caliente y durar disfrutando de aquella sensación hasta que se hartaba. Luego se ponía la toalla en la cintura y dejaba orear su cuerpo mientras estaba tirado sobre la cama. Ya totalmente seco, se dedicaba a escoger cuidadosamente la ropa que iba a usar: tenía en cuenta el clima, su interés en la acción que iba a realizar y hasta su estado de ánimo, que generalmente era tranquilo. Ya vestido y acicalado se preparaba una buena comida, para luego sentarse a degustarla con calma. Entonces, a la hora exacta de la cita salía, es decir, si la cita era a las 9:00 a.m., a las 9:00 a.m. salía de su casa. Pero ese día lo entendió todo: al ir de un lugar a otro, no sólo se recorre una distancia espacial, también se recorre una distancia temporal.


El ya había oído hablar de cómo los descubrimientos científicos podían cambiar una sociedad, pero ahora era su vida, esa nueva forma de concebirlo todo no podía dejar intactas sus costumbres. Comenzó a sentir terror por el movimiento, y a pesar de que por un tiempo siguió trabajando en su local de manufacturas que quedaba a unas cuadras de su casa, la sensación de caminar se volvió totalmente fatigante, pues la idea de que recorría dos distancias a la vez, la del espacio y la del tiempo, no le permitía respirar bien.


Cuando avanzaba, y veía cómo se acortaba el camino por recorrer no había problema, pero caminar por el tiempo, cuan difícil le resultaba, sentía que estaba desaprovechando inútilmente sus energías. Al poco tiempo decidió trasladar su taller de manufacturas a su casa. Lo que hace un tiempo le resultaba totalmente inoportuno, ahora le resultaba muy adecuado, y se preguntaba por qué no lo había ideado antes, ¿para qué eso de pagar el alquiler del local, preocuparse por la seguridad de los equipos? y, sobre todo ¿por qué ese total desperdicio de energías trasladándose todos los días a su taller? 


Su único empleado no pareció mostrar mayor oposición a este cambio, así que se adecuó la sala para tal fin, y todo resultó bien por un tiempo, pero habían aún muchas funciones que necesitaban del movimiento para ser realizadas. Las relacionadas con las compras de los insumos para la fabricación de las manufacturas tenían un contrato con un proveedor que las llevaba hasta la misma sala, y si se tenía que reducir o aumentar material se acordaba allí mismo. Para la adquisición y manipulación de los bienes de primera necesidad contrató a un criado, el cual de paso servía de mensajero en casos eventuales, en especial los relacionados con compromisos legales que tenía el taller con tal o cual oficina. 


Pero para las funciones biológicas no había nadie que pudiera resolverle el problema, así que decidió acomodar el taller de forma que su silla quedara a unos pocos pasos de la tasa del baño, y así mismo a la ducha. La misma mesa que le servía para trabajar era usada para comer, y la silla se convertía en una apenas confortable cama para descansar en las noches. Acomodó el armario con su ropa junto a la pared del baño, y así él dormía entre la tasa y el armario, a su espalda quedaba la ducha y frente a él estaba la mesa, que quedaba justo fuera del baño. El lavamanos estaba en la misma pared de la tasa entre esta y la mesa.


En un principio, el criado tenía la tarea de alcanzarle cualquier cosa que necesitara, pero este no podía estar presente todo el tiempo, así que él dedicó toda su creatividad para diseñar una serie de aparatos que dejaban a su alcance todos los instrumentos tanto de su trabajo como de la vida cotidiana, sin que se creara un caos por la acumulación de dichos instrumentos. Así pues, podía acceder tanto al cepillo de dientes como a un destornillador casi sin mover sus brazos y sin que los objetos terminaran estorbándose mutuamente.


Cuando el criado realizaba el aseo de la casa, cada vez en menor tiempo a medida que se iban clausurando cuartos y corredores, trataba de ignorar el baño hasta que se hacía inevitable. Ese día tenía el criado que hacer mil contorsiones para limpiar los pisos y las paredes sin mover ni uno sólo de los muebles colocados allí, además, el dueño de casa ni siquiera para estas labores de aseo abandonaba su posición en el baño, así que el criado debía pasar baldes y esponjas por sobre la cabeza de su amo intentando por todos los medios no humedecer la mesa de trabajo, o lo que sería peor, al mismo amo.


El único empleado del taller andaba todo el día por la casa casi desocupado, trabajaba muy poco, sólo lo necesario para que no se notara claramente su holgazanería. En ocasiones se sentaba frente a su jefe, al lado opuesto de la mesa, y trataba de hacer la conversación, pero se aburría rápidamente pues su jefe se quedaba callado, asintiendo la mayor parte del tiempo, y sólo hablaba de lo que había escuchado en el pequeño radio que tenía colocado junto a la tasa, no hacía más que repetir lo dicho por los locutores que leían tan fluidamente su libreto. En esos casos, el empleado trataba de seguir discutiendo sobre tal o cual noticia, pero el jefe perdía el interés y volvía a callar de nuevo asintiendo con la cabeza a las palabras de su empleado, o en el mejor de los casos decía: Yo sólo sé lo que oí, mostrando una total apatía. A decir verdad, a él le importunaba terriblemente su empleado y evitaba a toda costa esas charlas, incluso había pensado en despedirlo, pero sabía que necesitaba el trabajo, así que lo dejaba en el empleo, esperando que un día el empleado se fuera por su propia cuenta.


Un amigo suyo fue un día a visitarlo y no pudo contener la risa al ver la adecuación del baño. Esta risa, más que disgusto, generó en él una profunda curiosidad, sin embargo no dijo nada. Su amigo pareció sentirse en la obligación de explicar el motivo de su risa, y dijo que le recordaba una escena de una película de Chaplin llamada Tiempos modernos. Esto nada le dijo a él, por lo que el amigo sintió la necesidad de seguir explicando, dijo que en dicha película a un trabajador de una fábrica le trataban de imponer un dispositivo que le permitía realizar todas sus acciones diarias y tan vitales como comer sin que abandonara su repetitivo trabajo. Después de esta explicación el amigo calló, y él pensó, mientras asentía con la cabeza, que su amigo era una persona muy superficial, que no lograba ver las verdaderas razones, ni la dimensión del asunto. Su diferencia con Chaplin era abismal, sobre todo por algo que no había reflexionado hasta ese momento, y no lo hubiese hecho si su amigo no hiciera esa tonta comparación. En la película le imponían el mecanismo al trabajador, mientras que él lo había diseñado para sí mismo y lo usaba por decisión propia.

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