En la parte inferior de mi escritorio de madera ha comenzado a aparecer un personaje. Lo primero que vi fue la boca. Ese día mi novia había quedado de encontrarse con un amigo del pasado al que parecía tenerle mucho cariño. Desde que me levanté en la mañana sentí un malestar sobre ese encuentro, duré todo el día esperando a que al menos me llamara, pero como no lo hizo, y tratando de subestimar aquel detalle como un simple acto de despreocupación, decidí llamarla, pero no contestaba. Pasé toda la tarde deambulando por el apartamento, tratando de encontrar una distracción que me apartara de esas negativas ideas que me atormentaban, pero nada lograba ese efecto: arrojé varias veces un libro para jóvenes, única lectura que creía poder consumir en ese estado; la televisión me resultaba más irritante que de costumbre, sobre todo el noticiero, cada frase de cajón, cada nota positiva, cada mentira, las sentía como una agresión. Entre actividad fallida y actividad fallida, volvía a llamarla, pero nunca contestó, por lo que supuse que aquel encuentro terminó muy tarde y posiblemente con algo de cerveza de por medio. En un momento de la tarde me tumbé sobre la cama con mi nariz sobre la almohada, lo que hizo que tras unos segundos me sintiera asfixiado, por lo que giré mi cabeza hacia el lugar de mi habitación donde está el escritorio, y sin lugar a dudas había una ranura con forma de boca a unos centímetros del suelo sobre el gran cajón que conforma la parte baja del escritorio, en donde guardo todos los papeles del pasado.
En el siguiente encuentro con mi novia comenté que la había llamado esa tarde, y como siempre, hice como si no me generara mayor preocupación. Ella se limitó a dar alguna respuesta neutra y luego cambió el tema, nunca me habló de lo que había hecho esa tarde, por lo que supuse que mis sospechas más terribles podían ser adecuadas, pero disimulé todo el tiempo, y no llegué ni a insinuar un reproche. Sin embargo, ya había visto la boca y nada cambiaría eso.
En días posteriores, seguí observando desde mi cama a aquel personaje que brotaba de la madera. Prontamente noté que una veta más oscura en la madera era claramente una nariz. Eso ya sugería un rostro, que paso a paso iba tomando su expresión, no era de enfado, pero sí parecía como si estuviese haciendo fuerza. Ahora no podía sentarme a leer en la cama sin quedarme contemplando un largo rato ese rostro esforzado y con las cuencas vacías. En la oscuridad, antes de dormir, trataba de distinguir los rasgos que a la luz ya se me hacían tan familiares. Fue justamente a oscuras que por primera vez me pareció sentir que aquel personaje tenía una mirada. Me lo imagine entonces atrapado en el cajón, tratando de abrirse paso entre los arrumes de papeles viejos, logrando sólo asomar los bordes de su cara, haciéndose evidente una gran preocupación, una total impotencia.
Al día siguiente me resultó necesario ordenar mi escritorio, que más bien parecía los últimos vestigios de una civilización en ruinas. En una bolsa negra empecé a acumular muchos objetos inservibles, algunos recuerdos que ya no me recordaban nada, y encontré muchas cartas del pasado. Con cuánta vergüenza leí algunas líneas escritas con tanto sentimiento en otro tiempo. Cuántos nombre, cuántas promesas, cuántas frases, todo era inútil. Sin embargo, ya no estaba seguro de querer abrirle el paso a aquel personaje.
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