Caminando por la calle
descubrí,
sin darme cuenta
y sin saber por qué,
que estaba en ella.
Y cruzando por entre
los automóviles,
fui consciente
de mi mortalidad
y temí por mi persona.
Pero luego comenzó a llover
y mientras los demás transeúntes
(que por no saber que son mortales, no lo son)
se escondían,
yo corrí por las calles
enloquecido
como un buen mortal.
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