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miércoles, 22 de agosto de 2012

CUENTOS DE ANIMALES. 5 LAS HORMIGAS (primera versión)


Cuando era niño disfrutaba viendo la hilera de hormigas que atravesaba el pequeño solar que tenía mi casa, ellas cargaban solemnemente las migas del ponqué que yo dejaba intencionalmente sobre el suelo. Siempre guardaba un poco del postre que mi mamá nos daba después de comer si yo o mi hermano nos habíamos comportado bien ese día.

Mi hermano disfrutaba aplastando una a una las hormigas que atravesaban el solar en ese ritual laborioso. Con sus dedos o con la suela de las chanclas destruía el orden y creaba un caos en ese mundo de organización. Yo sufría mucho, y con lágrimas en los ojos le suplicaba  que se detuviera, él me consolaba diciendo: Tranquilo, esas hormigas son insignificantes, así mueran mil, la vida continúa sin ninguna perdida, todo sigue igual.

Ayer murió mi hermano. Tuve que regresar al pueblo en el que transcurrió mi infancia, y volví a esa vieja y enorme casa. Veo como inevitablemente las hormigas siguen marchando en el solar de aquella casa que ya no habito. Veo como todo sigue igual, sin ninguna perdida aparente.

CUENTOS DE ANIMALES. 4 LAS HORMIGAS

 
Cuando era niño me entretenía con la hilera de hormigas que atravesaba el pequeño solar que tenía mi casa. Ellas cargaban solemnemente las migas del ponqué que yo dejaba intencionalmente sobre el suelo. Siempre guardaba un poco del postre que mi mamá nos daba después de comer, si mi hermano o yo no teníamos alguna culpa por pagar, y lo disponía para tal fin.

Mi hermano disfrutaba aplastando una a una las hormigas que atravesaban el solar en ese ritual laborioso. Con sus dedos o con la suela de las chanclas, destruía el orden y armaba la barahúnda en el hormiguero. Yo sufría mucho, y con lágrimas en los ojos le suplicaba  que se detuviera. Él trataba de tranquilizarme cuando ya veía que mi tristeza era demasiada: Tranquilo —decía—, no pasa nada, mañana van a haber más, las hormigas nunca se acaban, no importa cuantas aplaste. traiga otro pedacito de galleta.

Ayer murió mi hermano. Tuve que regresar al pueblo en el que transcurrió mi infancia —que a pesar de algunas transformaciones se aparece ante mi con las mismas escenas que dejé hace décadas—, y vuelvo a esa vieja y enorme casa que en su aspecto ruinoso me recuerda que lo mío es un regreso; la recorro sin un propósito evidente, a lo mejor espero alguna bienvenida de familiares lejanos que aún vivan. Atravieso el zaguán y el comedor, llego al abandonado solar guiado por la luz del día. Veo como las hormigas, inmutables, siguen marchando trabajosas en largas hileras tal como profetizó mi hermano.

martes, 21 de agosto de 2012

CUENTOS DE ANIMALES. 3 LAS SARDINAS Y EL PEZ HEROICO

 
La sardina es un animal estúpido. En los grandes manglares que cubrían la tierra hace unos años, las aguas se agitaban por la presencia masiva de estos peces. Detectar su presencia era realmente fácil; sólo bastaba encontrarse con el gran alboroto que producían sobre la superficie del agua.

Las sardinas andaban en grupo y creían que esta era su fortaleza, pero los pescadores sabían que esa era su debilidad. Cualquier trampa o truco ideado por los pescadores atraía a millones de sardinas que no descubrían el engaño, seguían a las otras sardinas sin saber hacia dónde. Todo el cardumen era atrapado por la red sin mayor dificultad.

Después las sardinas —encerradas en latas de aluminio, bañadas en salsa de tomate— no eran conscientes de su situación, y al verse rodeadas por otras compañeras, creían nadar en un agua muy turbia, lo que las preocupaba un poco, pero esperaban llegar algún día a un manglar de mejores condiciones.

Digo que las sardinas son estúpidas porque no todos los peces son de la misma naturaleza. Existía también por esa época un pez solitario y difícil de capturar. No es que fuera más rápido o más hábil, ni siquiera más inteligente, simplemente huía del ruido, de las aguas oscuras, de los rezagos tóxicos. Recorría largas distancias sin reparar en nada más.

Esto  no quiere decir que aquel pez no pudiera caer en la trampa de algún pescador, más cuando estos usan carnadas brillantes tan atractivas para este tipo de peces. Así que un día, y aunque nadie quisiera saber esto, aquel pez cayó en el engaño de un experto pescador y mordió el anzuelo.

El pez inmediatamente notó su error y trato de soltarse: era demasiado tarde, el anzuelo se había enganchado en su mandíbula inferior y lo conducía inevitablemente hacia la superficie.

¿Por qué inevitable? Nada de eso, el pez decidió combatir contra su destino, tirar su cuerpo hacia abajo tratando de desprenderse del anzuelo. Puso en juego todas sus fuerzas, todo su empeño, caería muerto de cansancio antes que ser llevado en contra de su voluntad a la superficie.

Tanta energía puso en esta lucha que desgarró su mandíbula inferior logrando desprenderse del anzuelo. Sin darse respiro empezó a nadar muy rápido, más rápido que antes, más rápido que nunca; todo para alejarse de ese lugar, huyendo hacia un mar más silencioso, más pacífico, más remoto.

Mientras nadaba notó que sus fuerzas se agotaban, no sólo por el gran esfuerzo que había realizado, sino porque sangraba por la herida en su mandíbula. Quiso descansar un rato, quiso comer algo para recargar fuerzas.

Resultó que ahora le era imposible comer, su boca había sido destrozada de tal forma que no podía ingerir los alimentos. Supo que estaba perdido. ¿Qué podía hacer ahora? Nadar, atravesar una larga distancia buscando esas aguas mejores.

domingo, 19 de agosto de 2012

CUENTOS DE ANIMALES. 2 EL MONO CULTO

 
Anualmente, en la selva tropical, existe un día de fiesta en el que se reúnen todos los animales para pasar un buen rato y reencontrarse con amigos que han tomado los más diversos rumbos. 

El día había llegado, y el lugar de encuentro tradicional comenzó a verse poblado por variados grupos de animales. No sería apropiado dar cuenta exhaustiva de los asistentes, basta con decir que Noé no vio jamás ni la mitad de la fauna que ahora se hallaba reunida.

Y así como sucede con las fiestas que son entre compañeros sinceros, la diversión comenzó a verse por doquier sin que nadie le hubiese hecho una invitación solemne.

Cuando ya llegó la hora en la que ya no se espera que llegaran más animales, apareció el mono. A medida que los pasos del mono avanzaban por el claro de selva en el que se realizaba el encuentro, y saludaba a los grupos de los animales que iba encontrando a su paso, el rumor sobre la cultura del mono que acababa de llegar crecía.

Muchos sabían de este famoso mono, que por su largo contacto con los humanos, había aprendido mucho de sus costumbres, lo que le daba un aire de superioridad respecto a los demás animales más salvajes que él.

Obviamente, a pesar de que no oía bien lo que decían los murmullos que crecían a su espalda, el mono sabía que hablaban de él, y esto lo llenaba de orgullo, así que decidió tener una participación más activa en la fiesta. El mono se acerco a un grupo de variados animales que hacían bromas sobre las curiosas costumbres de los elefantes.

—Tienen el rabo donde debería estar la nariz y, además, ni comen carne — decía un león.

Todos reían, cuando una jirafa, como haciéndose la boba, dijo:

—Sí, sí, ni comen carne, y también son orejones.

Los animales la miraron con un gesto de maligna lástima, y luego se rieron de la estupidez de la jirafa. Esta por su parte se sintió satisfecha por el efecto de su comentario.

El mono aprovechó el instante en que las risas comenzaban a desvanecerse en resoplidos para hablar:

—Yo les tengo un chiste buenísimo.

Los animales lo miraron intrigados.

—Había una vez —y el mono comenzó a hablar que de franceses, nazis y judíos, que aviones, que paracaídas; y terminó su narración absolutamente satisfecho de sí mismo, con una orgullosa sonrisa en los labios.
 
Tras el cuento, los animales no habían entendido ni papa. Todos guardaron silencio, se miraron entre ellos confundidos. Después de unos segundos, en los que se mantuvo el incómodo silencio, la conversación volvió a surgir, olvidando rápidamente el incidente. El mono, herido en su alta dignidad, se alejó de allí refunfuñando para sí, quejándose de la ignorancia y vulgaridad de los salvajes animales.