Caminar por las calles de una
ciudad desconocida es un placer desviado, enfermo, aberrado, es desear la
muerte.
El fantasma que deambula no se
puede rozar con nadie, no puede escuchar las voces ni ver los aparadores. Las
puertas, todas, le son vedadas. Si toma un bus es a ninguna parte y traiciona
su misión.
Tantea en su bolsillo unas
monedas inútiles y absurdas que bien podría arrojar a las ruedas de los veloces
autos, podría arrojarse a sí mismo y ver la ciudad desde abajo.
Ahora mismo sé de alguien que
camina por las calles de una ciudad desconocida. Es una historia hermosa de
contar. Llegó allí huyendo, única razón del viaje, y no sabe como poner un pie
frente al otro, ni como detenerse, pero hace ambas cosas. Lee el nombre de cada
calle que recorre y trata de enamorarse, de decir: —esta es mi calle—, pero pasa
a la siguiente.
Al fin la ciudad terminará y
vendrá el campo, sin nombres, ni calles. Aún no llega ese momento, así que no
hay final para esa historia, que cuento muy por encima, por ser hermosa.
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