En el instante que salimos de
casa empezamos a padecer y se vuelve la alimentación una tortura. Debemos
calcular cuanto tiempo podemos estar sin comer y cuanta mala comida podemos
consumir para mantenernos de pie. Cuando llega un tiempo de paz, de alimentos
nutritivos, nuestra alma descansa, pensamos que todo va a estar bien.
Entonces aparece la otra cuestión
que debemos evitar mencionar en conversaciones con desconocidos: la lejanía del
baño es una desgracia que nos atormenta. ¿Cuántos días podemos pasar
mintiéndonos sobre la irrefutable verdad de que una buena digestión es un
elemento casi reprimido de la felicidad?
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