No tengo recuerdos de mi
infancia. Creo que nací hace unos pocos días, no estoy seguro cuántos, mi
memoria no llega hasta allá.
Alguien que conozco me aseguró que recordaba unas pocas cosas de su infancia. Una de ellas se refiere al
extrañamiento que le producía su reflejo en un espejo. No creía ser él, pensaba
en un ente con existencia independiente. Poco a poco descubrió que la
existencia de este ente dependía profundamente de él, era su imitador.
Este imitador que cada uno tiene
puede quedar sin oficio por largas temporadas. Hoy en día hay reflejos por
todas partes en las ciudades, pero si pensamos en una larga estadía en la
montaña vemos como el imitador queda sin oficio.
¿Qué hará nuestro reflejo cuando
huimos de él?
En todo caso, por más que nuestra
apariencia cambie, que nos hagamos extraños frente a nosotros mismos, siempre
nuestro hábil imitador estará allí esperándonos para mostrarnos esas supuestas
transformaciones. Ya no nos asombramos de su presencia, decimos: ah, sí, así
debo verme ahora —y nos lavamos la cara.
No hay comentarios:
Publicar un comentario