Todo aquel que ha atravesado un
vasto camino y se encuentra con una pequeña población de costumbres
desconocidas, espera que a su encuentro salgan personas sonrientes que lo
auxilien y orienten.
Podría este recién llegado
suponer que después de lo incierto y hostil del camino, ahora está en un lugar
de confianza en donde podría encontrar una cama y un plato de comida. Tal vez
un transporte que lo lleve a su destino final. Y sin embargo, este sería un
error radical.
No hay razón verdadera para
esperar hospitalidad. Más bien deberíamos esconder cuidadosamente la bolsa del
dinero y pasar la noche en vela con un cuchillo en la mano.
El hombre que no sabe esto podría ser estafado diez veces de la misma forma y aún seguir confiando. Creo
haber escuchado un caso de ese talante. Es una historia muy graciosa de contar,
pero sobre todo muy educativa, ya que un hombre de tamaña estupidez no debería
nunca salir de su casa.
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