Toda temporada del año es buena
para visitar las estatuas de la región. Son muy antiguas y ahí esta su
atractivo.
Mi trabajo es custodiarlas sin
ser notado por el visitante, que crea que está en total libertad, y sólo si
quiere tocarlas yo lo reconvengo para que no lo haga.
Las estatuas son muy antiguas y
por eso no deben ser tocadas.
Los extranjeros no saben apreciar
verdaderamente las estatuas. Uno de ellos, hace poco, parecía estar embrujado
por el encanto de una de las estatuas en particular, la que queda en lo alto de
la montaña y que da al abismo del río.
El extranjero se acercaba todos
los días a la estatua y la contemplaba por varios minutos, luego se iba,
satisfecho.
Casi se podían suponer las
reflexiones que generaba la estatua en el extranjero, su sentido oculto, la
dificultad para elaborarla y transportarla con equipos y maquinarias tan
rudimentarios, el contenido sagrado que aún se hacía sentir. Bueno, todo eso.
Cuando supuse que el extranjero
no volvería más a visitar la estatua me acerque sutilmente y le dije que yo
también la encontraba asombrosa y trate de explicarle mis razones, su
antigüedad…
El extranjero me miró sonriente y
señalo alto, muy alto, mucho más alto que el lugar en el que estaba la estatua.
Yo levanté mi vista y vi que sobre la estatua volaba un chulo.
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