Babel no era un lugar agradable,
digo, después de lo de los idiomas. Tantas voces disonantes, tantos acentos, la
completa separación entre vecinos. Como vivir en un lugar turístico.
Y ahora, para conmemorar la
destrucción de Babel, gente de todas partes del mundo se reúne y trata de
fraternizar. Aparentemente la pasan estupendo y muchos celebran alegremente que
coexistan tantas lenguas en un mismo lugar.
Tal vez en Babel, si se hubieran
dado un tiempo, habrían descubierto que tenían todos algo en común. Pero eso
que tenían todos en común no era algo necesariamente agradable.
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